Descubridores y descubiertos: dos desfiles en contravía
El domingo 12 de Octubre se llevaron a cabo, tal como se ha acostumbrado durante los últimos años, dos desfiles en Madrid.
Por un lado, el de los latinoamericanos. Inmigrantes de Perú, Colombia, República Dominicana, Ecuador, Venezuela, México, entre otros países, asistieron como integrantes del desfile o como espectadores, vestidos con trajes típicos, entre los que se destacaban los de los pueblos indígenas. Muchos ondeaban las banderas de sus respectivos países, todos animados por sus agrupaciones folclóricas y por sus grupos musicales.
Por otra avenida, el tradicional desfile de las fuerzas armadas españolas, que marcharon ante la plaza consagrada a Cristóbal Colón saludando a los reyes de España y al presidente del gobierno y a toda la plana mayor.
Es irónico. Mientras los primeros desfilan para celebrar el acercamiento cultural entre dos mundos (a pesar de las terribles implicaciones que ese acercamiento tuvo para sus antepasados y sigue teniendo para muchos de ellos), los segundos marchan para conmemorar la supremacía militar que permitió a uno de esos mundos aplastar al otro.
Para los inmigrantes se trata del Día de la Raza o del Idioma, y para los españoles es el de las Fuerzas Militares.
Resultaría equitativo que se hicieran esfuerzos institucionales a favor de promover una visión más acorde con el espíritu de confraternidad, de “perdón y de olvido” que contiene la conmemoración hecha en esa misma fecha por los históricamente agraviados, los pueblos indígenas.
Pero, sobre todo, sería más acorde con la misma constitución española, que ha convertido ese perdón y ese olvido en una obligación mediante una ley que ordena retirar de toda la geografía española las abundantes placas conmemorativas, las numerosas estatuas, los monumentos y los nombres de plazas y calles que glorifiquen las victorias del franquismo sobre los republicanos durante la Guerra Civil Española.
El argumento del Partido Socialista Obrero Español para sacar adelante esta ley, a pesar del fuerte rechazo manifestado por la oposición derechista, no podría sonar más humano: los socialistas alegan que esos nombres, símbolos y monumentos resultan ofensivos para los españoles descendientes de aquellos que fueron agraviados por el régimen franquista.
Pues bien, entonces todo es cuestión de aplicar hacia fuera de las fronteras nacionales lo mismo que se preconiza hacia adentro de ellas.
Pero ya sabemos que abundan ejemplos mucho más dramáticos para demostrar lo fácil que resulta hacer precisamente lo contrario. Algunos lo llaman hipocresía, otros “política internacional”. Lo que se pretende perdonar y olvidar en España es un conflicto partidista, una afrenta de cincuenta años y no de quinientos; es decir, una nimiedad, si se lo compara con el robo de tierras, la esclavización y la eliminación sistemáticas de pueblos enteros y de prácticamente todo su legado cultural.
En fin, aparte de los argumentos humanistas, debería bastar con recordar lo fastidiosos, ridículos y aburridos que son los desfiles militares, y el primitivo impulso que los justifica: la exhibición del poder mortífero, de la capacidad de destruir, un gesto no muy distinto ni lejano del realizado por el cavernícola cuando blande su garrote en lo alto para demostrar que está dispuesto a matar.
No en vano, Albert Einstein comentó que “aquellas personas capaces de encontrarse a gusto en un desfile militar, han recibido el cerebro tan sólo por error: les hubiera bastado con la médula espinal”.
Curiosamente, estas palabras del sabio judío dejan bien parado, al menos en lo personal, al líder político de la oposición española, Mariano Rajoy, quien a pesar de haber hecho el año pasado ante los micrófonos un llamamiento institucional para que el pueblo asistiera masivamente a presenciar el desfile militar del 12 de Octubre, no pudo impedir que otro micrófono le jugara una mala pasada al recoger su verdadera opinión sobre estos eventos, el sábado pasado, cuando Rajoy, creyendo apagado el micrófono, le comentaba a un copartidario durante un acto público:
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Periodista barranquillero, residente en Madrid, interesado en temas internacionales y en la relación que estos guardan (o no guardan) con nuestro país, con nuestra ciudad.