“Retaguardia, s. En doctrina militar norteamericana, parte expuesta del ejército que se encuentra más cerca del Congreso” - Diccionario del Diablo – Ambrose Bierce, periodista y escritor estadounidense(1842 – 191?)
Los maniacos que aparentemente están al control de este mundo, sus gobernantes, gastan más de 800.000 millones de dólares cada año en la compra de armas, según la Agencia para el Control de Armamentos y el Desarme.
O sea, unos 2.500 millones de dólares cada día. Más de un millón de dólares cada hora. Más de 16.000 dólares cada minuto.
Jeffrey Sachs, experto economista, director del Instituto de la Tierra y asesor de Kofi Anan cuando éste era presidente de la ONU, escribe que unos “8 millones de seres humanos mueren todos los años en este mundo porque son demasiado pobres para sobrevivir”.
Más de 20.000 cada día. Más de 900 cada hora. Más de 15 cada minuto.
Dividiendo la cifra anual de dólares gastados en armas entre el número de personas muertas por el hambre y sus males derivados (así: 800.000.000.000 / 8.000.000), se obtiene que por cada uno de estos muertos la industria armamentística hace ventas por 100.000 mil dólares cada año.
Eso sin contar las cifras de lo que se gastan en I+D para hacer cada vez más potente y veloz su armamento, más mortífero.
Aritmética canalla. Si tan siquiera una mínima parte de toda esa fortuna fuera invertida de otra manera, hasta sobraría para que coman también aquellos a los que el hambre no mata, pero los acompaña toda su vida.
Estados Unidos, potencia de potencias y campeón de la libertad y de los derechos humanos, suministra el 46%, casi la mitad, del material con el que todos van reventándose, agujereándose y destripándose unos a otros por ahí.
Lo irónico es que las armas son dizque para defendernos.
¿Para defendernos de quién?
¿De los hambrientos?
Esos no cuentan, no producen income. Se les dispara cuando asaltan la tienda, y ya está. Poca bala que vender. Ya morirán de hambre. Además, pueden intentar dar su golpe a punta de cuchillo. Es un mundo ingrato.
Entonces, ¿para defendernos de nosotros mismos?
La noción de “defendernos de nosotros mismos” está estrechamente ligada al concepto que muchos tienen del poder otorgado por el gobierno, y suele ser la mejor manera de justificar el gasto en armamento y tecnología bélica.
Un ejemplo: un Congreso de la República decidido a secundar el nuevo zarpazo que desea asestarle a La Libertad el presidente Álvaro Uribe, tumbando y aplastando la figura legal de la dosis personal de marihuana, la dosis mínima, empeñado como está el presidente en sostener la noción de que los colombianos no son lo suficientemente maduros ni autónomos para embriagarse con la sustancia de su preferencia.
Para que sea legal (o para al menos para que no sea ilegal), el presidente quiere que lo hagamos con Chivas Regal. O aguardientico antioqueño.
O pasiflorina, maranguango del que el presidente habrá tomado hectolitros, de gotita en gotita, durante esos consejos barriales tan útiles para su estrategia reeleccionista.
La marihuana es así convertida en otra de tantas buenas maneras de justificar las facturas generadas por la compra de armas, si se la incluye a decretazo de aplanadora uribista (esa temible y bien aceitada máquina de engranajes dictatoriales) en el mismo paquete que a los narcóticos duros, inmiscuyéndola aún más en la rentable guerra contra las drogas.
Se desconocen las estadísticas asociadas a la pasiflorina, pero este extracto floral debe ser de efectos tan inocuos desde el punto de vista de la generación de muerte y de violencia como lo es la marihuana, que nunca ha matado a nadie.
La ridícula movida leguleya contra el poderío narco sólo puede gozar de aprecio entre todos los cultivadores y traficantes de hierba, al elevar la cotización de su producción en el mercado negro.
Y entre los vendedores de armas.
Para que el electorado o esa cosa deforme y movediza que llaman opinión pública no chille de asco cuando en un país como Colombia (por ejemplo) --con uno de cada 4 niños desnutridos—se dilapida el 5, el 6 o el 7 por ciento del presupuesto nacional en comprarle armamento al principal distribuidor del género y a algunos vendedores secundarios, es necesario fabricar muchos diablos, demonios imaginarios o verdaderos.
Y en Colombia, país premiado en esta diablogénesis, se trata de demonios imaginarios, como la marihuana, y de los reales y peligrosísimos, dedicados a romper sus costosos juguetes para comprar más enseguida, en una guerra que resulta ingenuo llamar demente ante la fría deliberación que hay en su origen.
Al que no quiere caldo se le dan tres tazas. Narcotráfico, guerrilla y paramilitarismo. Algo así como un caldo trifásico para los exploradores de mercado de la muerte.
Y aunque carteras como Irak y Afganistán podrán dar rápidos dividendos, es justo también reconocerlo: pocos campos en este planeta tan abnegadamente fieles y siempre fértiles durante las últimas décadas como el territorio colombiano; tan estable y tan seguro para los señores inversionistas, esos que facturan armas por 2.500 millones de dólares cada día mientras más de 20.000 prójimos mueren de hambre ese mismo día.
Por conductos encubiertos o manifiestos, sus armas terminan en manos de todos los bandos, en un democrático ejemplo de aplicación del principio de igualdad al estilo del libre comercio.
Ese libre comercio que, como consuelo, también permite que las potencias adquieran algunos artículos producidos por sus fieles clientes, a pesar de la maraña de barreras proteccionistas impuestas por el norte cuando le compra al sur.
Pero, eso sí, a través de un proceso de intercambio, entre ese norte y ese sur, que el escritor uruguayo Eduardo Galeano (una de las voces vivas más honestas de la conciencia de la humanidad) define en su Diccionario del Nuevo Orden Mundial , así:
“Mecanismo que permite a los países pobres pagar cuando compran y cuando venden también. Una computadora cuesta, hoy día, tres veces más café y cuatro veces más cacao que hace cinco años (Banco Mundial, cifras de 1991).”
Esta máquina de generar pobreza e ignorancia protege las futuras inversiones, manteniendo abiertos los nichos de mercado.
Y así sucede por todo el mundo.
Este tipo de delincuencia es tan común como la común.
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Periodista barranquillero, residente en Madrid, interesado en temas internacionales y en la relación que estos guardan (o no guardan) con nuestro país, con nuestra ciudad. También en temas relacionados con el medio ambiente, la ciencia y la cultura.