“Dios mío, si tú hubieras sido hombre /hoy sabrías ser dios, pero tú, /que estuviste siempre bien, /no sientes nada de tu creación/ Y el hombre sí te sufre, el dios es él!” - Los dados eternos – César Vallejo, poeta peruano (1892 – 1938).
en memoria de Jaime Garzón
Judas Iscariote era no sólo un buen tipo sino además el mejor y el favorito entre los doce discípulos de Jesús de Galilea.
Por amor a Jesús, él se echó encima la carga más pesada de todas: ser recordado como un miserable traidor, mientras los demás apóstoles ya se vestían con sus túnicas de gloria santurrona en los camerinos de la posteridad.
Y así aceptó pasar a la historia como un corrupto, capaz de vender su propia conciencia y a su maestro por unas cuantas monedas de plata.
Pero Jesús no sólo ya sabía de la supuesta traición, sino que fue él mismo quien la planeó, y le pidió al apóstol que cerrara el trato con aquellas autoridades judías que querían darle captura y entregarle al tribunal romano del prefecto Poncio Pilatos.
Al menos así se lee en la traducción al inglés del Evangelio de Judas, que ahora es posible consultar online gracias al trabajo de restauración y traducción de un códice compuesto por antiguos papiros descubiertos cerca al puerto de El Minya, Egipto.
Esta traducción fue posible gracias a la labor de los más prestigiosos expertos en la historia, lengua y escritura del antiguo cristianismo copto, contratados para este trabajo por la Sociedad National Geographic.
Según el texto, Jesús también sabía, y se lo dijo a Judas, que a éste le esperaba el ingreso a la galería de la infamia mundial, que Judas sería recordado durante muchísimas generaciones como el gran traidor.
¿Cuántas personas aceptarían una carga así? No debe ser nada fácil saber que tu memoria y tu nombre serán maldecidos y despreciados por tu raza durante siglos, dizque por haber traicionado a Dios, cuando en realidad tú eres Su más fiel sirviente.
Puede haber asuntos más importantes en la vida que querer y ser querido, que amar y ser amado, pero el deseo de ser apreciado, aprobado, estimado y valorado por nuestros prójimos juega hoy en día un papel vital en la psicología del ser humano, y no existen motivos para creer que hace dos mil años no sucediera exactamente lo mismo.
Pero volviendo a Judas, llama la atención de su versión del Evangelio la frecuencia con la que en este corto texto se menciona la risa de Jesús, una risa que debía ser fuerte, quizá hasta burlona, porque en más de una ocasión el maestro consigue causar el enfado o el desconcierto de sus discípulos cuando éstos le oyen reír.
Tanto les exaspera u ofende esta risa, que entonces ellos "blasfeman en sus corazónes contra él", escribe Judas.
La cuestión de si Jesús reía o no reía parece no tener especial importancia (simplemente por lo ridículo que resulta suponerle incapaz de hacerlo), pero lo cierto es que este detalle ha sido objeto de controversia entre doctores del catolicismo.
Su importancia es tema central de la obra El Nombre de la Rosa, de Umberto Eco, aunque el argumento de la versión cinematográfica de esta novela haga mayor énfasis en la parte detectivesca del relato.
Por asegurar que, en efecto, Jesús sí reía, se podía llegar a sentir los rigores de la Santa Inquisición.
Terminar encarcelado o sometido al interés malsano de una autoridad que podía enviarte al potro de los tormentos para que te arrancaran pedazos de tu cuerpo con pinzas, o te quemaran con hierros al rojo vivo, todo por creer en un Jesús risueño, es un magnífico ejemplo del absurdo horror que abunda por las páginas de nuestra historia, sagrada o no.
Llama también la atención que en el evangelio canónico, ese núcleo de las escrituras del Nuevo Testamento compuesto por las versiones de Mateo, Marcos, Lucas y el intrigante Pablo (páginas declaradas sagradas y profusamente manoseadas por la Iglesia Católica durante siglos), no se mencione en ninguna ocasión esta risa.
A pesar de que para Judas fuera tan visible, tan audible, hasta el punto de mencionarla tres veces en unos pocos párrafos.
No se escuchan risas en las páginas de la Biblia oficial, ni siquiera hay sonrisas.
La intención parece ser endilgarle a Jesús la maldición de haber sido incapaz de reír, empeñados en difundir la imagen de un estreñido impotente no sólo para el amor carnal sino hasta para tener uno de los gestos más humanos que puedan existir, la risa.
“La risa es un viento diabólico, que deforma las facciones y hace que los hombres parezcan monos”, dice un anciano monje benedictino, personaje de la novela de Eco.
Craso error, despojan así a la divinidad de su humanidad, de esa humanidad que la misma divinidad quiso experimentar y conocer a fondo al encarnarse como hijo de mujer, según lo afirman los mismos textos que pretenden sustentar su fe.
Por esto prevalece la figura del penitente envarado, serio, encolerizado. La del Jesús martirizado, flagelado, incomprendido, traicionado, torturado, lacerado y crucificado.
Jodido y resignado, se podría decir en buen cristiano. Ese lema que la religión --utilizada como consuelo para las masas empobrecidas y convertida en rigurosa administradora del ingreso de las almas al paraíso-- tanto promovió durante siglos.
No creo que Judas tuviera ningún motivo para mentir sobre la risa de Jesús.
Aún suponiendo que su evangelio no sea más que un intento de restaurar su propia imagen, y una manera de buscar el perdón y la absolución exponiendo su versión del caso ante el tribunal de la historia, no tendría motivo para inventarse esa risa.
Ni tendrían tampoco motivo alguno sus condiscípulos para no haberla mencionado, omisión en la que incurren las sospechosas versiones que hoy se nos permite leer sobre aquellos lejanos tiempos.
Pero sí es fácil imaginar que cualquier risa, sonrisa o carcajada del Nazareno pudo haber sido sometida a censura por aquellos que durante tanto tiempo se erigieron en guardianes de la historia, esa misma autoridad censora que al confeccionar la Biblia prescindió de los evangelios escritos por otros apóstoles, como Bernabé o Felipe (quien menciona en su texto que María Magdalena era más que una amiga para Jesús), o por Santiago, hermano de Jesús..
Porque si Jesús ríe, ¿quién podría llorar?
Un Jesús que ríe no es respetuoso con los trabajos que se tomarían y los sufrimientos que padecerían los abnegados y las abnegadas mártires del santoral para predicar Su palabra durante los siglos venideros.
Ninguna risa puede ser entonces más escandalosa, más subversiva que la de Jesús, figúrate tú, un Jesús muerto pero de la risa.
O llorando pero a carcajadas. Un Jesús humano, en fin.
El problema de las autoridades canónicas con el buen humor del Hijo de Dios radica también en que una vez aceptado que Jesús gozara de la función orgánica de reír, se podría caer en atribuirle cada vez más funciones humanas y menos divinas.
Funciones tales como tener sed, hambre, dormir, respirar, toser, sudar, eructar, salivar (y sabemos que al menos esto último lo admiten los doctores, aunque sólo sea porque con Su saliva los ciegos recobraban la vista), miccionar, defecar (funciones aparentemente menos milagrosas pero vaya usted y pregúntele a un estítico o a un paciente de próstata para que vea), en vez de otras consideradas más católicas, como orar, meditar, sanar enfermos, azotar comerciantes, aplacar tormentas, multiplicar panes, peces, expulsar demonios y caminar sobre las aguas.
O convertirlas en vino.
Este último es el más simpático entre todos los milagros mencionados por la historia sagrada, convertir agua en vino, aunque puedan recordarse otros quizá más bellos o conmovedores. Es más travesura que milagro.
Con este ejemplo enseña que detentar el poder heredado por ser el ser Hijo de Dios sirve hasta para hacer algo tan vulgarmente divino, tan irresponsable como violar las leyes de la física, que también son divinas, para transformar agua virtuosa en pecaminoso alcohol con el fin de evitar que se eche a perder una fiesta, y para que los asistentes a esa fiesta tengan por fin la oportunidad de probar un vino milagroso, que debía estar muy bueno. No lo cambiaría ni por el agua más bendita.
Es posible imaginar al Mesías tan ebrio como generoso al ejecutar este acto de prodigalidad divina, este acto de magia, casi un truco de prestidigitador, y mucho más acorde con la imagen risueña del Jesús revelado por Judas en su evangelio extracanónico que con la afectada gravedad dibujada por el catolicismo tradicional.
Vender estampitas de Jesús sonriendo, bebiendo y brindando (no en la lúgubre Última Cena) sería mal negocio en esa Semana Santa que para algunos insensatos marca la hora de salir por las calles a flagelarse, para los patológicos penitentes, ignorantes de que Jesús tal vez hubiera preferido ser recordado por su capacidad de reír antes que por la industria de sufrimiento y martirio, o por ese sórdido comercio de culpas y castigos que prevalece hoy.
Incluso aunque se demostrara más allá de toda posible duda la autenticidad del texto evangélico atribuido a Judas, y la veracidad de sus palabras, no sería muy probable que a estas alturas del partido los administradores de la fe cristiana, católica o no, aceptaran revisar la historia que han declarado oficial, ni que le concedieran a Judas Iscariote ese papel heroico, o ese reconocimiento que podría muy justamente merecer.
Aunque sólo sea por habernos recordado a los torturados cristianos que Jesús reía, como tú, como yo.
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Periodista barranquillero, residente en Madrid, interesado en temas internacionales y en la relación que estos guardan (o no guardan) con nuestro país, con nuestra ciudad. También en temas relacionados con el medio ambiente, la ciencia y la cultura.