“La imaginación es más importante que el conocimiento” – Albert Einstein (1879 - 1955).
En medio de toda la bulla que se ha armado en torno al tema de la clonación de seres humanos, parece que una sola cosa queda clara por ahora: nadie va a detener este proceso.
No sólo porque nuestros dirigentes quizá no quieran detenerlo (a pesar de en público muchos aparenten una hipócrita moralidad religiosa frente a este decisivo avance científico, y lo condenen como un crimen) sino también porque ya ha quedado demostrado que a los científicos rebeldes (aquellos que han seguido experimentando con los aspectos más osados de la ingeniería genética a pesar de las prohibiciones legales internacionales) les importa un bledo el discurso moralista o religioso de quienes se dan golpes de pecho y denuncian que se está cometiendo un atentado contra la vida y la dignidad humanas.
Así, una vez más, la imposición de mecanismos de prohibición podrán empujar el control de la vanguardia en este tipo de técnicas hacia las manos de un mercado negro, que este caso no tendrá otro marco regulatorio distinto al interés monetario, generando abusos sobre los que las leyes estatales parecen resultar ineficaces.
No es tan fantasioso imaginar que estas polémicas técnicas reproductivas sean no sólo aceptadas a corto plazo, sino consideradas indispensables. Los padres pudientes de niños no modificados genéticamente podrían ser vistos en un futuro cercano como irresponsables, que nunca se preocuparon por la futura salud de sus hijos.
Tal como sucede actualmente con los progenitores que no hacen algo tan elemental como vacunarlos contra la poliomelitis.
Parece una casualidad afortunada que estas revolucionarias técnicas alcancen niveles de desarrollo nunca antes soñados precisamente ahora, cuando se comienza a plantear la necesidad de utilizarlas para introducir en el viejo Homo Sapiens las modificaciones genéticas que le permitan subsistir en entornos diferentes al del planeta Tierra.
Y parece apenas elemental, básico (parte del ABC de la evolución), que tarde o temprano el ser humano descubriera la manera de perfeccionar su patrimonio genético, comenzando por la introducción de mejoras en su sistema inmunológico para vencer enfermedades ante las que hoy la ciencia es totalmente impotente, y terminando con hacer los cambios biológicos necesarios para abandonar definitivamente un planeta que, en la práctica, ya no debe ser considerado como nuestro único hogar posible.
La nanoingeniería ya nos permite soñar con la posibilidad de modificar las tóxicas atmósferas de los planetas vecinos (como Marte y Mercurio) para hacerlas respirables, capaces de recibir y darle sustento también a una vida semejante a la existente en la Tierra.
Ya se ha planteado la posibilidad de modificar la genética de los futuros exploradores espaciales, para que sus organismos soporten niveles de concentraciones más altos o más bajos de ciertos componentes químicos que proliferan o escasean en el vasto entorno extraterrestre. O para adaptarse a la vida en gravedades y bajo presiones barométricas diferentes a las de nuestro propio planeta.
Ya esto no es ciencia ficción. Es, simplemente, ciencia. ¿Acaso todos los grandes logros hoy conquistados por la humanidad no fueron alguna vez más que sueños?
Pero no todo será color rosa en la exploración genética.
Es previsible que se cometerán errores y abusos, en muchos casos dolorosos, irreparables, pero tan pronto empiecen a nacer niños con organismos incapaces de contraer caries, sarampión, rubéola, paperas, o incluso males mas serios como el de parkinson, alzheimer o san filipo, libres del miedo al cáncer, o al sida y al ébola y a otros malignos retrovirus, los padres de los niños que hoy llamamos normales comenzarán a sentir que han sido estafados.
Porque sus hijos normales vendrán al mundo en desventaja, con un diseño genético de segunda, obsoleto y defectuoso, proclive a contraer tanto las viejas como las nuevas enfermedades mencionadas. Y muchas más.
Resulta perverso que, una vez más (tal como suele suceder en nuestro retorcido sistema social), las élites adineradas serán las que tengan exclusivamente al alcance la posibilidad de acceder a esta tecnología casi mágica, a esta genética superior, ahondando la brecha entre ricos y pobres hasta profundidades antes poco imaginadas.
Se ve entonces que no es la ciencia, sino nuestra mezquindad al administrar sus portentosos recursos lo que puede sentar las bases para crear ese sistema de pesadilla que imaginó el británico Aldous Huxley al escribir su novela Un mundo feliz (originalmente: A brave new world).
En esta novela, toda la sociedad de un planeta ultraglobalizado, nuestro planeta, está compuesta por castas genéticas pre- determinadas in vitro; una sociedad en la que todos los seres humanos son cncebidos como bebés probetas y paridos por matrices artificiales. Así, el sexo queda finalmente relegado a una mera actividad social recreativa, tras perder su tradicional función reproductiva.
Pero también se han puesto los cimientos para permitirle al ser humano trascender antiquísimas barreras que por ahora le sigue imponiendo su propia biología, dándonos la posibilidad de traspasar fronteras que antes nos podían parecer inviolables.
Y esto representa un paso vital para la humanidad. Ni el Papa ni todos sus retrógrados obispos cantando a coro lo pueden negar.
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Periodista barranquillero, residente en Madrid, interesado en temas internacionales y en la relación que estos guardan (o no guardan) con nuestro país, con nuestra ciudad. También en temas relacionados con el medio ambiente, la ciencia y la cultura.