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Al margen

Publicado: 4/24/2009 4:44:56 PM Por: Carlos A. Sourdis Pinedo

El atractivo necrológico de un 901 (*)


“La vida, como un niño, sonríe, agitando su cascabel de muerte mientras corre” - Rabindranath Tagore, poeta bengalí, artista visual, libretista, novelista y compositor (1861–1901).



De pasar más de cinco años de mi vida contemplando tan de cerca la muerte en sus más variadas manifestaciones, como reportero de judiciales, convertido en integrante de esa parafernalia que rodea la escena de un homicidio, ya fuera para tomar notas tras interrogar a los parientes del muerto y a los policías o para hacer fotografías, siempre me llamó la atención un detalle antropológica y enfermizamente interesante: la expresión facial de quienes se agolpan en los alrededores para mirar el cadáver, sumidos en una especie de fascinación hipnótica al ver al prójimo abatido.

Decir que sólo van a mirar es quedarse en la superficie. Porque parecen estar ahí más que todo como participando en una ceremonia social para constatar que la muerte no se los llevó ese día a ellos por delante, que hoy fue el turno de otro, como si esa desgraciada otredad convertida en cadáver les sirviera a los testigos para sentirse más vivos.

Es como un recreo para la barriada, que respira aliviada al saber al sicario ya lejos, y la excusa perfecta para salir de casa, para abandonar por unos minutos las aburridas labores domésticas, dejando de lado la cocina, la limpieza, la costura, los niños, e ir a descubrir entonces cómo luce el vecino tirado en mitad de la calle y con cinco impactos de bala en su cuerpo inmóvil, a comprobar que su sangre, aunque ya más fría, sigue siendo tan chillona y tan roja como la que todavía se mantiene dentro de los aparatos circulatorios aún latentes de quienes, gracias a este vital detalle, podrán seguir por otro tiempo vivos.

La chiquillada, macabramente alborozada, se introduce entre las piernas de los mayores fisgones, se sube a sus hombros, o trepa a las ramas de los árboles, a los tejados y paredillas, con tal de gozar de un palco improvisado en el teatro fúnebre callejero.

Algunos, niños o adultos, intentan por todos los medios ponerse frente a los lentes de los fotógrafos o camarógrafos para aparecer en la escena del crimen; en el telenoticiero mejor que en el diario, y aún mejor si es junto al cadáver.

De poco sirve blandir bolillos ante las rodillas de los vecinos para que abran espacio, para que se dispersen y vuelvan a sus asuntos. Retroceden apenas un par de pasos para evitar un golpe en la canilla cuando los agentes de servicio pretenden facilitar así las labores forenses propias de la diligencia posterior a un presunto 901 (*) -el levantamiento de un cadáver-. Y vuelven a recobrar el terreno perdido apenas el policía de turno da media vuelta, generalmente cuando éste va a ocuparse de que la multitud apiñada no traspase por otro lado esa barrera consistente en sólo una banda de tela plástica amarilla con negro, precaria delimitación del área de trabajo para las autoridades policiales en la escena del crimen.

Mientras tanto, detrás de este cordón policial, se interpreta una sórdida pantomima post- mortem que incluye trazar círculos de tiza alrededor de casquillos cobrizos o niquelados que antes contuvieron el plomo homicida --conservado ahora en forma de fatales incrustaciones metálicas por el cuerpo del occiso--, interrogar a los posibles testigos, si es que los hubo y quieren hablar, a los parientes del muerto, si es que los tiene y están a la mano, extraerle de algún bolsillo de la ropa los documentos de identidad, si es que lleva documentos y ropa, y tomar fotos y medidas. Eso, medirlo todo, fingir que así se atan cabos, pretender que este ritual garantiza que ya la investigación para esclarecer el hecho comienza a andar por buen camino.

Los vecinos saben que no es cierto, desde luego. Pero ellos no van allí a evaluar ni a juzgar el trabajo de los expertos de criminalística, ni a comprobar que se cumplan según manual los procedimientos forenses. Por lo general, ni siquiera lo hacen para reclamar que se capture y se castigue a los culpables del crimen, materiales o intelectuales (por cierto, nunca antes hubo tanto intelecto en el país).

Sólo quieren satisfacer un incontenible y atávico apetito funerario, una filia casi necrófaga, y regodearse pensando que mucho mejor él que yo, mucho mejor él que nosotros.

Sí, nosotros, porque también se detecta en tales ocasiones un repentino compadrazgo, una comunión silenciosa pero casi tangible entre los que siguen vivos ante el cadáver de alguien con quien no guardan ningún grado de parentesco o amistad, un desconocido, en suma, o sólo conocido a fuerza de haberlo visto cuando tomaba cervezas en una de las tienda del barrio, o cuando jugaba billar o dominó en cierta esquina, pero del que tal vez apenas se sabe cómo le dicen o se llama.

Y sí, hay cierta complicidad vergonzante y vergonzosa asomada a esas miradas, como si sus portadores supieran algo de lo que no se habla. Parecen recordarse silenciosa y mutuamente lo vivo que se veía el muerto cuando estaba vivo, tan vivo como cualquiera de ellos, que ahora asisten en directo al inicio del proceso de putrefacción de sus restos mortales.

El morbo contenido en contemplar las muestras del dolor de las personas cercanas al finado también parece ser parte significativa de este apetito malsano, ver a la madre arrancándose sus cabellos, el padre gritando, los hermanos que juran venganza e insultan a los policías, los niños llorando, la familia despedazada por la tristeza, y sentirse secretamente afortunado una vez más por no habitar en el pellejo ajeno, recordando quizá con súbito cariño esas cosas cotidianas que todavía aguardan en casa cuando la partida del vehículo de medicina legal (la paletera) ponga fin al espectáculo grotesco y gratuito del día, , apreciando más que nunca esas cosas, la cocina, la limpieza, la costura, los niños; a pesar de la permanente llevadera y de las cuentas no pagadas, de los servicios cortados, de que todavía no hay empleo; a pesar de que por ahí, en las calles, en los despachos, sigan sentados o merodeando a sus anchas los asesinos, los materiales y los intelectuales.

El hombre de la moto puede volver por la noche, o mañana.

¿Quién será el próximo?



(*) Clave numérica empleada por la fuerza policial para referirse a un homicidio.



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Carlos A. Sourdis Pinedo

Periodista barranquillero, residente en Madrid, interesado en temas internacionales y en la relación que estos guardan (o no guardan) con nuestro país, con nuestra ciudad. También en temas relacionados con el medio ambiente, la ciencia y la cultura.

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