“La probabilidad de éxito es difícil de estimar; pero si nunca buscamos, la oportunidad de lograr algún hallazgo es de cero” - Philip Morrison (Profesor Emérito de Física para el Instituto de Tecnología de Massachussets -MIT) – 1915 – 2005
“I want to believe”, era la leyenda del póster pegado a una de las paredes de la oficina del agente Mulder, en la popular serie de televisión Los Expedientes X.
Arriba de la leyenda, se veía la imagen de un ovni en forma de platillo volador, suspendido sobre un grupo de árboles, imagen que parece pertenecer a la ya clásica serie de fotos y filmaciones de supuestas naves extraterrestres captadas en Estados Unidos por las lentes del polaco George Adamski entre los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado.
“Yo quiero creer”. Ese es el mismo mensaje que lanzan millones de personas alrededor del mundo cuando se trata de atreverse a creer que no representamos el único síntoma de vida inteligente en la inmensidad del Universo; atreverse a creer que esas misteriosas y fugaces apariciones y extraños avistamientos reportados en todo el mundo pueden ser la prueba de que no sólo no estamos solos, sino de que además nos observan y visitan.
Pero muchos, para atreverse, parecen necesitar recibir primero el permiso de sus respectivos gobiernos, la admisión oficial y definitiva de que nos han estado ocultando las pruebas de la vida y la presencia extraterrestres; negándonos la evidencia de que por ahí andan rondando, medio ocultos, nuestros parientes estelares.
¿Y por qué se ocultan?, podría preguntarse uno.
¿Será quizá porque se trata precisamente de representantes de eso que llamamos vida inteligente?
Nada hace pensar que a la parentela estelar le demos un tratamiento más amable que el que le damos a nuestros prójimos o a nuestros parientes terráqueos, valga decir: todas esas especies a las que ponemos en peligro de extincióno que ya hemos extinguido, por no hablar del trato que le damos a esas que multiplicamos artificialmente en forma de ganados, o en estanques y galpones, o a las que damos caza y pescamos para satisfacer nuestro voraz apetito por las calorías. O hasta por simple diversión.
Así las cosas, cualquiera sabrá que puede resultar prudente no inmiscuirse de manera muy visible en los asuntos del Homo Sapiens, ese espécimen desquiciado y autodestructivo, ese ser desequilibrado que apunta furiosa y suicidamente a su propia sien con todo el poderío de su cultivado arsenal atómico.
Según el investigador y escritor Frank C. Feschino, Jr, un oficial de la Fuerza Aérea gringa le reveló que en 1952 (año en que se registró un inusitado aumento en el número de reportes sobre avistamientos de ovni en los Estados Unidos), en lo concerniente a naves extraterrestres, “los pilotos militares tenían la orden de derribarlos a disparos en caso de que no pudieran convencerlos de aterrizar”, en la versión militar de lo que se puede considerar, literalmente, una calida bienvenida .
Pero al margen de lo que les convenga o no a los extraterrestres fisgones, o de cuáles puedan ser sus intenciones, las voces de quienes claman en la Tierra por una mayor apertura y transparencia de parte de sus gobiernos en torno al tema de la vida extraplanetaria (y el de sus aparentemente frecuentes intromisiones en el espacio aéreo terráqueo) parecen ganar fuerza con el reciente pronunciamiento de Edgar Mitchell.
Él coronel (r) Mitchell es una de las pocas personas que ha puesto pie sobre un astro distinto a la Tierra. Fue en 1971, cuando dio un paseito de nueve horas por la planicie del Fra Mauro (que no es sólo un monje cartógrafo veneciano del siglo XV sino también el nombre de un cráter de noventa y cinco kilómetros de diámetro en la Luna), cuando formó parte de la tripulación del Apolo XIV.
Sexto astronauta en pisar el satélite blanco, no ingresa al hall de la fama astronáutica solamente al mantener vigente durante casi cuarenta años el récord de haber dado la caminata más larga en su superficie. Ya había tenido el privilegio de conducir un vehículo sobre ella, el Moon Rover, cuando formó parte de la misión Apolo X.
Esta experiencia en asuntos extraterrestres, así como su conocimiento íntimo sobre los procedimientos a través de los cuales Washington oculta información, le hacen sentirse con la autoridad suficiente para tirar de las orejas de su propio gobierno y de sus ex jefes militares.
Un auténtico ‘roswelliano’
Además, este hombre pasó su infancia en Roswell, ciudad, o más bien pueblo grande (de 45.000 habs.), en el desierto de Nuevo México, que se ha convertido en una especie de meca para los ufólogos desde que fuera retratado como escenario de la colisión de una defectuosa nave extraterrestre, cuyos tripulantes, ya cadáveres, permanecerían congelados desde 1947, hace más de medio siglo, en algún oscuro frigorífico de un laboratorio oficial, tras haber sido sometidos a autopsia por científicos estadounidenses.
Pues bien, Mitchell ha asegurado esta semana en una conferencia que el caso de su pueblo natal es uno de los más descarados en materia de negación y ocultamiento gubernamentales.
Exige que se diga la verdad en torno a la investigación adelantada después de aquel aparente accidente extraterrestre, así como que se les pida disculpas oficiales a los habitantes del pueblo amenazados por la Fuerza Aérea y los servicios de inteligencia para que guardaran silencio en torno a lo ocurrido la noche del 7 de julio de aquel año.
Explica que conoce de fuentes fidedignas detalles sobre este abuso, pues obtuvo la información de los granjeros que vivían en aquel pueblo y sus alrededores cuando tuvo lugar el Incidente Roswell.
“Mis padres también eran granjeros, como los testigos de la colisión, que eran amigos de mis padres, y yo tuve la oportunidad de escuchar lo que decían los viejos”, relata.
Es decir, su información no proviene de esa feria estrafalaria en que se convirtió el pueblo cuando comenzó la invasión de “toda esa basura extraterrestre ” –como él la define- , que ahora representa un jugoso dividendo para quienes venden camisetas y chucherías a los miles de turistas que visitan Roswell cada año, exclusivamente debido al impactante ingreso de este pueblo a esa curiosa cultura popular alienígena que tanta pasión infantil despierta entre los norteamericanos.
Confidentes “del más alto nivel”
También afirma Mitchell que por su condición de astronauta y de oficial de la Armada de los Estados Unidos pudo convertirse en confidente de otros oficiales “del más alto nivel”, de su país y de otros países, tanto militares como de los servicios de inteligencia, quienes “quisieron transmitir sus historias antes de morir, y yo fui escogido para eso”, dice Mitchell.
Sostiene que por lo menos tres de estos oficiales le confesaron haber tenido contacto personal con seres extraterrestres.
Estas historias, asegura él (aunque no entra en detalles), confirman su creencia de que Roswell fue efectivamente escenario de un accidente sufrido por una nave extraterrestre, y de que probablemente el gobierno estadounidense haya sacado provecho de la tecnología e ingeniería que se pudo rescatar de entre los restos de la nave malograda.
Su postura en torno al tema ovni no es nueva. La deja en claro a través de sus obras La Exploración psíquica: un reto para la ciencia, El Camino del explorador: el viaje de un astronauta del Apolo a través de los mundos material y místico, y Platillos voladores, un científico investiga el misterio de los ovni: viajes interestelares, colisiones y encubrimientos gubernamentales, así como también por medio de la campaña de denuncia que ha adelantado a través de los medios de comunicación desde los años ochenta, exigiendo de su gobierno respeto y honestidad con el pueblo norteamericano, y por extensión, con el mundo entero.
Edgar Mitchell asegura que está “en un 90 por ciento seguro de que muchos de los miles de objetos voladores no identificados, registrados desde 1940, pertenecen a visitantes de otros planetas”.
Advierte que “con nuestro planeta enfrentando presiones poblacionales y cuestiones críticas de tipo ambiental y de sostenibilidad de energía, la necesidad de revelar la información acerca del envolvimiento extraterrestre con la Tierra es crítica”.
Confía en que el impacto de esta noticia genere la mentalidad necesaria para emprender acciones decididas a favor de la salud de este planeta, y de nuestros prójimos más necesitados, sobreponiéndonos a la trágica fragmentación y al sangriento enfrentamiento cultural que hoy se impone; a la indiferencia social.
Obama, ¿una apertura al tema ovni?
Los esfuerzos ahora redoblados del ex astronauta para presionar al gobierno parecen inspirados por la llegada de Barack Hussein Obama a la presidencia, tal vez fundamentados en la esperanza de que así como éste ha abierto los pestilentes archivos de Guantánamo, mostrándole al mundo las porquerías institucionales que el ser humano es capaz de infligirle al ser humano incluso en países que tenemos por ser de los más civilizados, deponga también esa actitud medieval que prevalece en torno a considerar la posibilidad de que no seamos la única manifestación aparentemente inteligente y sensible que parió la evolución; la posibilidad de que esa evolución sea más fabulosa, vasta, compleja e infinita de lo que podíamos soñar.
Nos permitiría reescribir incontables páginas de nuestra ciencia y de nuestro conocimiento, y escribir algunos capítulos nuevos.
La llegada de los demócratas al poder presidencial puede verse como algo alentador también para los ufólogos porque fue un demócrata, John Podesta, quien dijo, cuando se desempeñaba en la Casa Blanca como consejero del Bill Clinton: “ya es hora de que el gobierno desclasifique archivos que tienen más de veinticinco años y de que suministre a los científicos la información que les ayude a determinar la naturaleza real de estos fenómenos”.
Este personaje, conocido por haber sido el único jefe de equipo presidencial que ha aparecido en un programa del canal Sci Fi (entrevistado acerca de su entusiasmo en torno al tema de los ovni), ha sido mencionado así en el New York Times: “Si alguien sabe la verdad acerca de Roswell, ese es Mr. Podesta”. Actualmente es el presidente y jefe ejecutivo del Centro para el Progreso Americano, ONG que se autodefine como “un tanque de pensamiento dedicado a mejorar las vidas de los americanos a través de ideas y acciones”. Este organismo es descrito por el mismo diario como “un gobierno en el exilio para los demócratas”. Podesta también fue el jefe del equipo escogido por Obama para llevar a cabo la transición entre su gobierno y el de George W. Bush.
Pero, por ahora, todo lo que Obama ha dicho al respecto del tema de los extraterrestres es que él prefiere dedicar sus energías a resolver los problemas aquí en la Tierra, antes que a especular sobre la posible presencia de forasteros espaciales.
Bonitas palabras, pero sólo a los representantes de un reduccionismo obtusamente conservador y oscurantista puede ocurrírseles la idea de mantener por más tiempo en secreto algo tan descomunalmente importante como la parentela estelar, si es que la tenemos (y si es que algo de parentesco existe), oculta como algo incómodo en el clóset de los secretos, y de no aceptar ni permitir la asimilación de todo lo que implicaría admitirla
El gobierno británico y también el mexicano han dado ejemplos de esta acertada apertura del conocimiento, desclasificando y haciendo públicos archivos de texto y de video en los que se registran las experiencias que han tenido en esta materia pilotos civiles y militares, agentes de policía, o simples ciudadanos; casos que se suman a una larga lista de reportes anuales no investigados, tal como se menciona en otra entrada de este blog.
Y hasta ahora no se ha producido, como sucede en la paranóica obra de Orson Wells La guerra de los mundos, ninguna oleada de histeria colectiva.
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Periodista barranquillero, residente en Madrid, interesado en temas internacionales y en la relación que estos guardan (o no guardan) con nuestro país, con nuestra ciudad. También en temas relacionados con el medio ambiente, la ciencia y la cultura.