Uno no habita un país, uno habita un lenguaje. Ese es nuestro país, nuestra tierra paterna, y no otro. - Emil M. Cioran (1911 – 1995)
El diccionario de la Real Academia Española nos dice que “ajá” es una interjección usada para denotar satisfacción, aprobación o sorpresa.
Me parece que el diccionario se queda corto. Porque (¡ajá!) seguro que los gramáticos y lingüistas encargados de elaborarlo y actualizarlo no habrán tenido mucho en cuenta las variadas connotaciones que esta palabrita de tres letras adquiere en el caribe colombiano, especialmente en Barranquilla.
En donde también puede usarse para expresar resignación (“¡ajá!, ¿qué se le va a hacer?”), indiferencia (ídem) , indignación ("¡ajá!, ¿te vas a quedar con el vuelto?"), acusación (“¡ajá!, te pillé”), a manera de interrogación (“¡ajá!, ¿vienes o no?”), e incluso para remplazar a toda una argumentación explicativa, como cuando un empleado admite ante su jefe que sí, que es cierto que ha llegado tarde a trabajar, y a continuación lo justifica diciendo que fue porque “ajá”.
¿“Ajá”, qué? ¿Lo dejó el bus? ¿No sonó el despertador? ¿Se le varó el carro? ¿Tuvo que devolverse a buscar la billetera? ¿Se le murió algún pariente cercano? ¿Lo detuvo un terremoto? ¿O simplemente le dio la gana de llegar tarde a pesar de haberse levantado temprano ese día?
Respuesta: Quizá cualquiera de las anteriores.
Su empleo como partícula autoexculpatoria puede resultar muy irritante, como cuando aquel que nos debe dinero reconoce que se ha atrasado en el pago de sus obligaciones, porque “ajá”, o peor aún si dice: “pero es que, ajá, tu sabes…”, dejando a nuestra imaginación cualquier posible manera de concluir esta respuesta.
Es igualmente enojosa cuando se usa para exculpar a terceros, como cuando alguien comenta los procedimientos torcidos de algún político o gobernante diciendo que “fulanito roba, pero ajá”, como si esta fórmula justificara el hecho de que una y otra vez se deposite el voto por el funcionario reconocidamente corrupto en las urnas electorales.
Este comodín lingüístico también sirve para identificar, cuando se está en el extranjero, a aquel que procede de la misma región del Caribe que uno, tal como sucede en el caso de las expresiones “no joda”, y “eeché”, tan típicas de la costa norte colombiana.
Resulta fascinante imaginar la evolución antropológica y lingüística que pudo parir a esta palabra, la historia nunca escrita de este gesto vocalizado, y especular sobre las causas ancestrales que llevaron a un pueblo a adoptar en su lenguaje una partícula tan útil para decir nada e implicarlo todo.
Esta peculiar manera de articular la lengua de Cervantes debe estar íntimamente ligada a cosas como la idiosincracia, al temperamento colectivo que marca a los habitantes de la región. Su resultado final no es sólo producto de un cruce de lenguas sino de sangres, de genéticas variadas, la india, la negra y la blanca, conjugadas con los procesos biológicos naturales y las características geográficas del territorio.
Es posible entonces imaginar que su origen tiene algo que ver con ese pintoresco carácter, desenfadado y mamagallístico, que suele atribuírsele al nacido en el caribe.
¿Estará entonces emparentado su empleo con la plaga de la indiferencia que admite y permite tanta vagabundería entre quienes llevan los asuntos y el presupuesto públicos, con esa actitud indolente que tanto favorece la destrucción y el atraso de nuestro patrimonio material e inmaterial?
¿O es más justo asociarlo con una sabia y filosófica postura para apreciar la vida?
Pido disculpas a los lectores, sé que esta entrada de blog convertida en reflexión semántica puede resultar particularmente aburrida, pero ¡ajá!...
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Periodista barranquillero, residente en Madrid, interesado en temas internacionales y en la relación que estos guardan (o no guardan) con nuestro país, con nuestra ciudad. También en temas relacionados con el Medio Ambiente, la Cultura y la Ciencia.