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Al margen

Publicado: 3/30/2009 5:29:31 PM Por: Carlos A. Sourdis Pinedo

Los símbolos patrios


“Formémonos una patria a toda costa…”Simón Bolívar (1783 - 1830).



Camino al mediodía con mi esposa por un andén atestado de la Gran Vía de Madrid.

Al atravesar una de las calles trasversales pasa a mi izquierda y en sentido contrario un tipo de cabeza medio rapada, la piel cubierta de tatuajes, el corte punk y una colección de aretes en la nariz y las orejas. Tiene aspecto de acabar de salir de alguna fiesta y de ir todavía bajo los efectos de su sustancia favorita, avanzando con pronunciadas zancadas. Sin detenerse, dice: “oh, gloria inmarcesible”, con acento paisa.

Compatriota evidentemente, también mira hacia atrás, arriesgándose a chocar en medio de su viaje contra algún transeúnte, sólo por ver qué reacción causan sus palabras.

Mi desconcierto dura apenas un segundo al escuchar esta primera línea del himno nacional, hasta que recuerdo que llevo terciada mi mochila tayrona. “Eh, ave María”, le digo, imitando entonces su acento, mientras los tres sonreímos por ese inesperado instante de patriotismo colombiano en el centro de Madrid. “Dios los bendiga”, dice, y lanza con la mano un beso al aire antes mirar de nuevo hacia delante para perderse entre la multitud.

Algo parecido ocurrió al día siguiente de mi llegada a esta ciudad, hace ya casi tres años, cuando un peatón que pasaba por la Plaza de la Ópera gritó abruptamente, al cruzarse conmigo:“el propio pechi” , y prosiguió su camino sin mirar atrás.

Tardé un par de segundos en caer en cuenta que yo llevaba una camiseta estampada con la imagen del indio que identifica al cigarrillo Pielroja. La expresión “el pechi” es utilizada en cierto argot colombiano para referirse a esta marca de tabaco.

Estos elementales gestos de reconocimiento entre compatriotas cobran todo su significado en el extranjero, y algo tiene de divertido ver cómo la lejanía de la tierra natal rompe las barreras entre prójimos que tal vez ni se fijarían el uno en el otro si sus caminos se cruzaran nuevamente dentro de su propio país.

Tal vez guarden relación con la actitud de los pasajeros de un tren que, cuando va en movimiento, se sienten proclives a enviar fugaces saludos con la mano desde las ventanillas a cuanto prójimo divisan a un lado de la vía, tal vez afectados por esa ligereza, ese olvidarse de uno mismo y de todo, que Milan Kundera considera producto o consecuencia de la velocidad.

Nos detenemos o disminuimos el paso para recordar, para fijarnos, y en cierto modo avanzamos para olvidar, mientras más rápido mejor, según lo postula Kundera en su novela La lentitud. Es decir, resulta fácil, cómodo y hasta divertido, bajo el efecto de esa momentánea ligereza, saludar a un extraño del que sólo se sabe que muy posiblemente no volvamos a verlo en esta vida, y que pronto será olvidado.

No sería lo mismo, nos haría sentir intimidados o tal vez fastidiados, si ese extraño gozara de la libertad para abordar el tren y sentarse a nuestro lado para preguntarnos por el discurrir y las intimidades de nuestras vidas o para contarnos sobre sus penas y alegrías, y no sólo la de contestar o no al saludo que le dirigimos.

Es decir, si tuviera la libertad de hacernos recordar aquello de lo que nos alejamos, arruinando así la fugaz ilusión de fugarnos de los ajustados papeles que interpretamos en esta vida, devolviéndonos a la pesada realidad de la quietud, nuevamente expuestos a nuestra propia memoria, así bruscamente recobrada.

“Cuándo el tren está parado la gente no saluda, ¿verdad?”, reflexiona Álvaro Cepeda a través de un personaje de su novela La casa grande. Se trata de un soldado que nunca ha visto un tren de verdad en su vida aparte del de Puerto Colombia, “pero ese es chiquito y no le he visto andando”, comenta.

Y un compañero de armas, que sí ha visto otros trenes, le responde que no, que cuando el tren se detiene la gente no saluda, que entonces “mira nada más”.

La velocidad que permite mantener a raya al desconocido infunde la confianza necesaria para tener un breve gesto amistoso con éste, así como la lejanía del país natal la infunde para tenerlo también cuando se identifica a un compatriota en el extranjero.

Aunque no sea más que para reaccionar puerilmente ante esos símbolos patrios alternativos, el dibujo de un indio pielroja, una mochila tayrona….



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Carlos A. Sourdis Pinedo

Periodista barranquillero, residente en Madrid, interesado en temas internacionales y en la relación que estos guardan (o no guardan) con nuestro país, con nuestra ciudad. También en temas relacionados con el Medio Ambiente, la Cultura y la Ciencia.

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