"La vida es un proceso. Nosotros somos un proceso. El universo es un proceso". (Anne Wilson Schaef, escritora estadounidense)
Me acaban de enviar por correo, cortesía de la filial española de una popular marca japonesa fabricante de motos y automóviles, un regalo que ha logrado sumirme en meditabundas cavilaciones. Se trata de una ecoesfera. Como no tenía ni idea de lo qué es una ecoesfera, me leí todo el prospecto que venía con el presente dentro de una caja, acolchada para evitar la rotura del contenido, que consiste, a primera vista, en una especie de esfera de diez centímetros de diámetro con una base plana, y rellena casi toda de agua. Sólo entonces, al leer, me di cuenta de que no se trataba de uno de esos souvenirs que reproducen en miniatura algún edificio o estatua sumergida en agua, a los que uno pone de cabeza y viceversa para remover el sedimento blanco del fondo e imitar la caída de la nieve cuando dicho sedimento se vuelve a depositar lentamente, tal como yo había venido haciéndolo con la ecoesfera desde que la desempaqué al notar los globulitos blancos que reposaban en el fondo de la misma, tomándolos por la mencionada falsa nieve, a pesar de que me pareció extraño que en vez del edificio Empire State, la Torre de Eiffel o la Estatua de la Libertad en miniatura el recipiente de cristal sólo contuviera, aparentemente, aparte de los mencionados glóbulos, que son como piedrecillas blancas, una raíz de color marrón con tonos rojizos. Y también sólo entonces advertí que, tal como lo aseguraba el prospecto, mi ecoesfera contiene además a dos seres vivos, diminutos aunque pertenecientes, como yo, al reino animal, es decir: un par de minúsculos camarones rojos (especie de crustáceos decápodos especialmente seleccionada debido a la escasa agresividad que demuestran entre ellos sus especímenes), de no más de medio centímetro de longitud cada uno, que, ahora que los he dejado en reposo con su hábitat esférico sobre una estantería en donde libros y discos de video cohabitan con un par de pequeños cactus candelabro plantados en sus respectivas macetitas, parecen no querer dedicarse a otra cosa que a nadar sin reposo, describiendo obligadas circunferencias o semicircunferencias en su transparente y esférico cautiverio, como si quisieran escapar. Y como si no fuera ya suficiente la culpabilidad que me produce el verlos encerrados herméticamente en su esfera de cristal (o el saber que ese inocente par de bichos permanecieron atrapados en una caja oscura y sometidos al zarandeo que sin duda implicó el trámite de haber sido enviados por el servicio postal hasta mi piso), el prospecto me advierte acusadoramente, además, que mantener la ecoesfera con el grado de temperatura e iluminación adecuadas resulta fundamental para conservar a los camarones con vida. Un exceso de luz hará que el alga, llamada gargonia (que yo había tomado por una raíz), de la que se alimentan los camarones y a la que ellos nutren a su vez con sus microscópicos excrementos, crezca más allá de lo conveniente, lo que a su vez hará que el agua se convierta en veneno para los bichos, ya que la proliferación del alga sería causa de que el factor pH del líquido alcance niveles de acicidad letales para ellos. Lo contrario, muy poca luz, haría la gargonia involucione, disminuya de tamaño, dejando sin fuente de nutrición al par de prisioneros. Este tipo de obsequio me recuerda de manera inevitable a otro tipo de juguetes modernos en los que la manipulación de la vida se ha convertido en ingrediente de diversión y entretenimiento, como, por ejemplo, alterar los genes de un pez (o de cualquier otro animal de esos que el Homo Sapiens suele adoptar como mascotas domésticas), para que su piel escamada fosforesca decorativamente en la oscuridad, en una ociosa demostración de absoluta indolencia y ausencia de respeto por la vida, manifestadas ambas, la indolencia y la ausencia, en un grado de refinamiento científico sumamente repugnante. Pero, ya convertido (involuntariamente) en responsable de la mísera existencia de ambos seres (y de la gargonia), he tomado todas las medidas para garantizar en lo posible su supervivencia, que puede extenderse por un periodo de entre cinco y doce años, siempre y cuando luz y temperatura etcétera. También es posible que se apareen y tengan crías, aunque esto último, según lo dice el ya muy mencionado prospecto, resulta bastante improbable. Improbabilidad que aparentemente se ve confirmada por el hecho de que estos camarones no dan muestras de estar muy por la labor reproductiva, ya que se mantienen más bien todo lo apartados que pueden estar entre ellos dentro de su minúsculo hábitat, descrito en el texto como “un ecosistema cerrado, completo y autosuficiente”, lo que significa que su dios (es decir, yo) no tiene que preocuparse en absoluto por suministrarles alimentación, tal como ha ocurrido en el caso del planeta Tierra salvo por rarísimas excepciones, como cuando Yahvé sintió la necesidad de alimentar al pueblo hebreo con el maná que llovió del cielo sobre el desierto en el que este pueblo se vio obligado a errar durante cuarenta años. Y aquí quería llegar, dos puntos: ¿que tal que el planeta que habitamos no sea más que una entretención para dicho Dios, que todas nuestras guerras, terremotos y maremotos, nuestras angustias y sufrimientos, no tengan otro propósito que el de divertirle ociosamente? Me imagino que, de ser así, el prospecto de la Tierra le habrá advertido a Él sobre la posibilidad de que la industriosa conducta de sus de sus más ¿inteligentes? habitantes haga ascender la temperatura del planeta hasta grados intolerables para la vida de muchas especies, o de que su belicosidad congénita los lleve a desarrollar armas atómicas con las que autodestruirse. Y tal vez esto sea lo más divertido de todo, y la espectacular conclusión de todo el proyecto evolutivo sea verlo volar en pedazos, convirtiéndose en un segundo cinturón de asteroides, tal como el que ya existe entre las órbitas de Júpiter y Marte, desapareciendo la humanidad y todas las demás especies terráqueas, para siempre, de este universo predador.
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Periodista barranquillero, residente en Madrid, interesado en temas internacionales y en la relación que estos guardan (o no guardan) con nuestro país, con nuestra ciudad. También en temas relacionados con el Medio Ambiente, la Cultura y la Ciencia.