“Si el ciego conduce al ciego, ambos caerán al abismo”. (Mateo 15: 14)
África tiene 25 millones de personas infectadas por el sida (el 60% de la población infectada del mundo entero). Uno de los factores que más a contribuido en este continente a alcanzar un porcentaje comparativamente tan elevado de morbilidad ha sido la ignorancia en cuanto a los mecanismos de propagación del virus del vih, así como de los medios para evitar esta propagación.
Cientos, cuando no miles de ONG han realizado y realizan esfuerzos ingentes para educar a la población africana mediante campañas pedagógicas que promueven conductas sexuales seguras (como evitar la promiscuidad), y otros asuntos tan básicos como no compartir las agujas hipodérmicas.
Increíblemente, los médicos y expertos en salud epidemiológica han tenido que incluir ahora una recomendación muy especial como parte de sus campañas educativas: “no hacerle caso al Papa”.
Y, por supuesto, se refieren a las malignas (más que desacertadas) afirmaciones que Benedicto XVI hizo sobre el uso del condón durante su visita a Camerún, país que escogió como etapa inicial de su primera visita a África, continente al que el pontífice romano ha llegado más que dispuesto a destruir los resultados del esfuerzo pedagógico que realizan los trabajadores de salud para atajar el progreso del mortal sida.
Lo más aberrante de las declaraciones papales es que sus ataques contra una de las prácticas anticonceptivas más efectivas, seguras y profilácticas, el uso del condón, pretenden basarse en argumentos científicos, y no ya solamente en ese discurso pseudomoralista, obsoleto y anacrónico que ha esgrimido la Iglesia Católica como estrategia para evitar que los creyentes puedan gozar sanamente del sexo sin poblar aún más este mundo demográficamente ya bastante fuera de control.
Que diga que el simple y exclusivo uso del condón no va a acabar con el flagelo que supone esta enfermedad, vaya y venga. Pero que a renglón seguido asegure que emplear el condón en las relaciones sexuales es un factor de riesgo para incrementar aún más la propagación del virus, es francamente canallesco.
No en balde, las insólitas declaraciones de Benedicto XVI han despertado encendidas voces de protesta, no sólo de las ONG que dedican sus nobles esfuerzos a proteger la salud de los africanos (sobre todo de la mísera África negra), sino además hasta de gobiernos derechistas y generalmente alineados con las posturas del Vaticano, como el presidido en Francia por Nicolás Sarkozy.
De esta manera el Papa pone mucho más que un grano de arena para que los 130 millones de católicos que viven en África (y los del todo el mundo) se conviertan en una población con alto riesgo de contraer el sida por el simple hecho de practicar a rajatabla la religión en la que fueron bautizados.
De todas las dictaduras que en este momento proliferan en el planeta, la del Vaticano se convierte así en una de las más peligrosas, ya que los efectos de sus desacertadas acciones y decisiones no sólo afectan al conglomerado de religiosos y religiosas que constituyen su sector poblacional más nutrido, los que habitan en las inmediaciones de la Santa Sede, sino que además tienen la triste particularidad de traspasar fronteras, llevando la ignorancia, el sufrimiento y la peste hasta los últimos confines del globo.
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Periodista barranquillero, residente en Madrid, interesado en temas internacionales y en la relación que estos guardan (o no guardan) con nuestro país, con nuestra ciudad. También en temas relacionados con el Medio Ambiente, la Cultura y la Ciencia.