“¡Ay! del que escandalizare a uno de estos pequeñuelos. Más le valdría atarse una rueda de molino al cuello y arrojarse al mar” – Jesús de Nazareth (0- 33)
“Dejad que los niños vengan a mí” pueden ser las palabras atribuidas a Jesús de Nazareth cuyo significado más han sabido retorcer tantos sacerdotes católicos, hasta el punto de dotarlas de un significado verdaderamente siniestro.
Miles de sacerdotes sexualmente abusadores de menores de ambos sexos han obligado a la Iglesia de Roma a desembolsar centenares de millones de dólares alrededor del planeta, dinero que, cuando no ha sido usado para pagar las indemnizaciones a las familias de los niños abusados, ha servido para comprar conciencias, para llegar a sucias conciliaciones celebradas con el fin de evitar las demandas penales, en un torpe intento por ocultar los escándalos.
Intento que se ha convertido, de por sí sólo, en otro vergonzoso escándalo de mayúsculas proporciones.
No puede uno dejar de preguntarse por lo que debía suceder en los tiempos en los que el poder de esta orgullosa iglesia no aceptaba las interferencias de la Ley ni del Estado.
Saber que la persona encargada de pilotar la nave ecuménica, el alemán Joseph Ratzinger, también conocido como Su Santidad el Papa Benedicto XVI, ha hecho todo lo posible por ocultar y proteger legalmente a los sacerdotes desviados, no contribuye mucho a engrandecer la fe de los creyentes ni la confianza que estos aún puedan tener en la administración del monolítico y prepotente aparato eclesiástico.
El Papa ha reconocido públicamente su “vergüenza” y la de la Iglesia ante estos sórdidos sucesos, pero poco más ha hecho.
Su benedicta pasividad ante estos crímenes puede interpretarse como una invitación abierta a todos esos potenciales abusadores de niños que demuestran una curiosa tendencia a matricularse en los seminarios para engrosar las cada vez más angostas filas del sacerdocio. ¿Así de mal andan por estos días las profesiones de fe y las vocaciones?
Un ejemplo de este tipo de ocultamiento de alto nivel y de abyecta protección lo practicó el Papa en el caso del fundador de la santurrona organización laica Legionarios de Cristo, el sacerdote el mexicano Marcial Macel, fallecido hace unos años sin haber respondido ni por uno solo de los cargos de corrupción de menores que se le imputaron, y a quien Benedicto XVI castigó, en plena tormenta mediática, prohibiéndole apenas que oficiara misa y que participara en actos públicos. Lo que, simbólicamente, equivalió a darle unas palmaditas en la mano.
Es algo digno de meditarse por parte de los fieles cada vez que depositan sus óbolos en el cepillo parroquial: ¿estarán mis monedas financiando la defensa en el proceso legal contra algún cura corrupto y violador de menores?
El anquilosado encostramiento del ala conservadora y derechista más radical de la Iglesia en los aposentos del poder eclesiástico romano, hace que sea muy ingenuo esperar un cambio de actitud en la Iglesia Católica frente a estos exabruptos protagonizados por los miembros degenerados de su curia.
El rígido silencio monacal que se impone en las filas de la Iglesia ante estos temas, silencio observado tanto por los curas perversos como por los inocentes, hace pensar que todavía está muy lejos la posibilidad de contar con un cuerpo de sacerdotes del que se puedan sentir verdaderamente orgullosos los bautizados en el catolicismo, o que cuando uno se topa con una sotana no vea también en quien la viste a un potencial pedófilo.
Evidentemente, el descontento entre las facciones honradas del clero por estas prácticas de sus compañeros de fe degenerados no ha alcanzado la masa crítica suficiente como para traducirse en un pronunciamiento, valiente, fuerte y honesto contra las prácticas de ocultamiento que promueven sus dirigentes episcopales. Y para cuando lo alcance, tal vez ya sea demasiado tarde.
No tengo hijos, pero si los tuviera estoy seguro de que no podría dejarlos a solas en compañía de un cura y sentirme tranquilo al mismo tiempo. Porque en este asunto, lamentable y literalmente, son los justos quienes pagan por los pecadores.
Millones y millones de dólares captados entre su feligresía por la Iglesia Católica, y posteriormente malgastados en responder por los abusos sacerdotales, así lo demuestran.
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Periodista barranquillero, residente en Madrid, interesado en temas internacionales y en la relación que estos guardan (o no guardan) con nuestro país, con nuestra ciudad. También en temas relacionados con el Medio Ambiente, la Cultura y la Ciencia.