Los espantos de Barranquilla y otros espectros pre- macondianos
“Los pasos del caballo de San Martín, el diablo de La Ceiba de Rondón, el hombre sin cabeza que salía desde el Universal a Maturín, el grito solitario de la Llorona, la mala hora de la Calle Real, la bruja por el techo de las casonas robando los pelaos sin bautizar”, dice el coro de la canción Los espantos de Barranquilla, del cantautor venezolano Nelson Henríquez (¿o es de Estercita?).
Tal vez ya no quede mucha gente en la ciudad que recuerde el cuento existente detrás de cada uno de los casos sobrenaturales que el maestro venezolano menciona en su tema musical, pero parece demostrado que la imaginación popular no se detiene, y ante la pérdida colectiva de la memoria simplemente concibe nuevos espantos. O recicla los viejos.
Así parece recordárnoslo esa curiosa historia publicada en una edición de la semana pasada de El Heraldo sobre el supuesto avistamiento de La Novia Fantasma en la carretera de Puerto Colombia.
Este cuento lo escuché por primera en mi infancia, por allá en los setenta. Es una leyenda que, como dice Leonor De la Cruz en su nota periodística, “ha pasado de generación en generación”.
Y tampoco es exclusiva de nuestras tierras. No hay que buscar mucho en internet para darse cuenta del parecido que nuestro fantasma tiene con otros espectros femeninos, sobre los que se cuentan historias muy parecidas en México, Costa Rica, Chile y España, entre otros países, con algunas simples variaciones de argumento.
Pero de una cosa sí podemos estar seguros, y es que su origen no puede remontarse hasta las generaciones que vivieron antes de que se inventara el automóvil.
¿O sí puede?
Pues parece que sí. De acuerdo con Wikipedia, la de la Autoestopista Fantasma “es una leyenda urbana. Al igual que la mayoría de estas historias, no tiene un origen definido y está dispersa por una extensa área geográfica (…) la leyenda circula desde hace siglos, y ha ido adaptándose a los cambios en el sistema de transporte. En las versiones más antiguas, la joven paraba a los jinetes para que la subieran al carruaje, o a la grupa de su caballo”.
Añade que algunos pretenden trazar su precedente más antiguo hasta la historia bíblica del quinto apóstol, Felipe, quien desaparece en el camino entre Jerusalén y Gaza después de bautizar a un eunuco que lo recoge en su carreta. “Y el eunuco no le vio más, y siguió gozoso su camino”, se lee en Hechos 8: 26-39.
Pero ni Felipe era una novia ni los testigos de las apariciones relatan haber experimentado nada parecido al gozo, sino más bien al terror y al pánico, cuando han tenido sus encuentros nocturnos con la fantasmal figura de la novia de la carretera.
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Periodista barranquillero, residente en Madrid, interesado en temas internacionales y en la relación que estos guardan (o no guardan) con nuestro país, con nuestra ciudad. También en temas relacionados con el Medio Ambiente, la Cultura y la Ciencia.