“Mientras más incrementas el miedo hacia las drogas y el crimen, hacia las madres que viven de la caridad, hacia los inmigrantes y los extranjeros, más controlas a la gente”(Noam Chomsky, filósofo, lingüista, escritor, periodista, activista político, profesor universitario y conferencista estadounidense, 1928 - ).
El jefe de estado se prepara para su tercer asalto contra El Mal.
Montado en su caballito de la defensa del tejido social colombiano, Uribe Vélez intenta otra vez hacer que la corte constitucional endurezca las penas legales contra el consumo de marihuana.
Mientras tanto, las fuerzas militares y policiales protagonizan escandalosos y sangrientos casos de corrupción; uno de cada cuatro niños colombianos está desnutrido. Miles de compatriotas permanecen en poder de la guerrilla, encadenados en la selva; el paramilitarismo demuestra cada vez con mayor claridad que la desmovilización es una farsa, aumentando de paso la notoriedad de sus vínculos con la Casa de Nariño y con otras esferas políticas; el fraude, público y privado, florece de manera rampante.
Pero el presidente de la república ha decidido asestar su astuto golpe para proteger a los colombianos y mejorar su calidad de vida a través de la criminalización de la marihuana y su consumo, dotando así a nuestros policías de un nuevo y jugoso elemento para dejarse sobornar o elevar el precio de los sobornos que algunos cobran cuando un cristiano es sorprendido en la calle con el bareto en la mano.
También habrá ganancias para los traficantes ilegales, en caso de que se apruebe el proyecto legal de Uribe Vélez. Está más que demostrado que la prohibición es la principal aliada de las mafias que han tomado en sus ensangrentadas manos el control de la producción y distribución narcóticos. La prohibición es, de hecho, la principal razón de que existan.
Así como también está más que demostrado,
tal como lo denuncia Chomsky, que la engañosamente llamada Guerra contra las Drogas sólo engorda las cuentas y bolsillos de quienes suministran la costosísima tecnología empleada en esta malograda “guerra”, la cual se libra principalmente contra Colombia, contra sus recursos económicos, contra sus suelos y contra sus habitantes.
Tampoco existe ninguna evidencia de que el consumo haya aumentado en los países donde la marihuana ha sido finalmente legalizada.
Si la política de Uribe estuviera respaldada por estudios científicos, en vez de estarlo por ese discurso moralista, hipócrita y anacrónico de satanización de la marihuana, orquestado desde la década de los cuarenta por el lobby que conforman ciertas empresas para las que la legalización y utilización industrial de este vegetal representaría un fuerte revés económico (poderosas empresas de algodón y de otros textiles, de fertilizantes, de pesticidas, de nutrición y de farmacéutica, entre otras), si estos estudios se hicieran, decía, se llegaría rápidamente a la conclusión de que hemos estado desperdiciando durante décadas uno de nuestros más útiles tesoros naturales: el cáñamo.
Y estos estudios también revelarían el bajo riesgo de enfermedad y el nulo riesgo de muerte que representa su consumo con fines recreativos o espirituales, sobre todo si se comparan sus efectos con el daño para la salud personal y pública, para la productividad y para la convivencia familiar que representa el consumo de los venenos socialmente aceptados: el alcohol, en primer lugar, pero también el tabaco, la coca cola y las comidas rápidas, por poner algunos ejemplos.
La marihuana no conduce a su consumidor a coger a patadas a su mujer embarazada. El alcohol, por otra parte, es la principal causa de justificación para la mayor parte de los maltratadores conyugales, de los embrutecidos protagonistas de la violencia intrafamiliar.
“Es que yo estaba borracho”. Esta puede ser la excusa más empleada por aquellos hombres que han matado o herido a sus parejas, después de una golpiza exacerbada por el consumo de licor.
Por no hablar de los millones de personas que mueren o quedan heridas al mezclar el licor con el volante.
Si tanto le interesa la salud, nuestra salud y la del tejido social colombiano, debería comenzar por hacer algo para disminuir este auténtico flagelo, señor presidente. No enfilarla contra los burritos del parque.
Y si tanto le importan la moral y las buenas costumbres, tendría que actuar tajantemente contra la hipocresía que existe detrás de la llamada Guerra contra las Drogas, hacer algo para que el país deje de ser la principal víctima de esta siniestra estrategia económica y de dominio, que ya ha sido sostenida a nivel internacional por oscuros intereses financieros durante demasiados años. Una guerra que, como tantas otras, ha costado muchos más muertos y sufrimientos de los que ha evitado.
La limpieza debe comenzar por casa, o por Palacio, no por los parques de la patria, señor presidente.
Mientras los esfuerzos y el dinero público se desperdician de esta manera, mientras se pretende saturar con una carga injustificada de trabajo al ya de por sí bastante colapsado sistema judicial colombiano, en los Estados Unidos el presidente Barack Hussein Obama confiesa haberse fumado al menos un joint (y haber aspirado el humo, no como Clinton) y admite que es necesario darle “un nuevo enfoque” a la política antidrogas, empezando por reconocer claramente la diferencia que existe entre un adicto al basuco o a la heroína y un usuario de la marihuana.
Imagen: Afiche promocional de la película Reefer Madness, de 1936, film que formó parte de una estrategia para desprestigiar y satanizar el uso de la marihuana en los Estados Unidos. Según su ridículo argumento, los protagonistas cometen suicidios, violaciones, asesinatos o terminan recluidos en manicomios por fumar marihuana.
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Periodista barranquillero, residente en Madrid, interesado en temas internacionales y en la relación que estos guardan (o no guardan) con nuestro país, con nuestra ciudad. También en temas relacionados con el Medio Ambiente, la Cultura y la Ciencia.