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Al margen

Publicado: 2/9/2009 9:04:14 PM Por: Carlos A. Sourdis Pinedo

La máquina de los 100 millones de muertos


“Sólo una humanidad para la que la muerte se ha convertido en algo tan indiferente como sus propios miembros, que ha muerto ella misma, puede infligirle la muerte administrativamente a una cantidad incalculable de gente”. (Theodor Adorno, filósofo, musicólogo, sociólogo y compositor alemán, 1903 - 1969)



Es como una trágica lotería mundial a la que todos jugamos, comprándola o no, y hasta la fecha más de 100 millones de personas hubieran tenido la mala suerte de ganar el sorteo.

Es decir, han muerto.

Esa es la cifra en vidas, o en muertes, que la humanidad ha pagado hasta ahora por una de sus más queridas máquinas, el automóvil.

Más que en las dos guerras mundiales, que costaron 77 millones de vidas humanas.

O sea que es una verdadera masacre, y crece sin parar.

Mal contados, un millón doscientos mil prójimos nos abandonan cada año por conducir, ir a bordo o ser atropellados por un carro.

Los heridos triplican estas cifras.

Y la OMS calcula (calcula) en 13 millones por año el ritmo actual de muertes debidas a la contaminación del medio ambiente provocada por el consumo de combustibles fósiles. El parque automotor aporta el 80% del veneno.

Son datos numéricos sólo de las muertes humanas, no de otras especies. Estos cálculos tampoco incluyen el porcentaje de bajas que el cambio climático ya está causando en los dos reinos orgánicos de la naturaleza.

Hay otros costos ambientales. También debemos ceder con absoluta sumisión e impunidad la mayor parte del espacio vital de nuestras ciudades a esta máquina homicida por excelencia, sobre la superficie y bajo ella.

El grueso del gasto en “mejoras urbanas” se destina a construir y mantener infraestructura para cederles el paso, mientras el vulgar peatón se ve cada vez más acorralado.

Dinero y esfuerzo en muchos casos malgastados. En Madrid, capital que junto a Bangkok fue durante la última década a la cabeza del mundo en cuanto a este tipo de gastos, no se ha logrado aumentar ni un ápice el promedio metros recorridos por minuto al circular en automóvil.

¿Asombra entonces que a través de los medios de comunicación, especialmente el cine y la televisión, se gasten tantos recursos en programar una vasta campaña de hipnosis colectiva diseñada para generar y promover la “automovilfilia” en la humanidad?

¿Cuántos guiones de películas y series de televisión (que hasta hubieran podido ser buenas) se echan a perder cuando la vida y la muerte dependen de llegar a tiempo hasta un carro, de que el carro encienda o no, o de las habilidades para conducir que posean los protagonistas?

No sabemos el número, pero deben ser casi tantas como cuando ambas, vida y muerte, dependen de llegar a tiempo hasta un arma de fuego, de que el arma esté cargada o no, o de la destreza de sus protagonistas para repartir tiros a diestra y siniestra.

¿Cuántos anuncios de televisión nos recuerdan lo atractivos, populares, exitosos, realizados, seductores y felices que seremos por comprar una de esas máquinas que tanto incrementan las posibilidades de abandonar este mundo prematuramente?

Como Albert Camus, Roland Barthes, Pierre Curie, Jackson Pollock, Antonio Gaudí, Linda Lovelace, la princesa Diana, James Dean, el general George S. Patton, Gonzalo Arango, Lisa Lopes, la princesa Grace, Margaret Mitchell, Jayne Mansfield, Eddie Cochran, Isadora Duncan, Nino Bravo, Carlos Monzón, que son los nombres de los que me acuerdo, o que encuentro en internet bajo la categoría “celebridades muertas en accidentes automovilísticos”.

Me parece muy probable que cada lector sepa el nombre de alguien más, ya sea en el campo del deporte, las ciencias, el arte, la política o la farándula, nacionales o internacionales.

Y también de algún abuelo, tío, primo, hermano, madre, padre, hijo o hija que perdió la vida en un accidente automovilístico. Es una enorme lista de dramas anónimos que, sumados, configuran una tragedia planetaria de proporción descomunal y de efectos incalculables.

Pero es el precio que pagamos.



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Carlos A. Sourdis Pinedo

Periodista barranquillero, residente en Madrid, interesado en temas internacionales y en la relación que estos guardan (o no guardan) con nuestro país, con nuestra ciudad. También en temas relacionados con el Medio Ambiente, la Cultura y la Ciencia.

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