Del deporte al culto, pasando por el fenómeno (o al revés)
“En este partido puede pasar, incluso, cualquier cosa”, (dicho como comentarista de RTVE por José Miguel González Martín del Campo, ‘Míchel’, ese futbolista español retirado y famoso por tocarle los testículos al Pibe).
No sé si sea cierto eso de que de cada tres conversaciones que se sostienen durante cualquier momento en el mundo, una es sobre fútbol.
Lo escuche hace unos años en la redacción de El Heraldo. Pero, buscando datos en la web que le prestaran siquiera el más leve carácter científico a esta afirmación, lo que encontré hace unos días fue otro dato según el cual dos de cada tres conversaciones que se sostienen en el lugar de trabajo contienen alguna mentira.
Precisamente por eso ahora pienso que a lo mejor el primer dato (ese según el cual una tercera parte del desperdicio mundial de saliva humana corre por cuenta de los aficionados al fútbol) pudo haber sido parte de esas mentiras, falsedades y exageraciones estadísticamente asociadas a las charlas en el lugar de trabajo, según lo afirma el dato encontrado a cambio del primero.
Pero, incluso aunque éste no sea del todo exacto (sobre todo por lo exagerado), me parece que sí puede haber algo de cierto en eso de que el fútbol es, en un porcentaje muy insoportable de veces, el tema de conversación al que más se recurre planetariamente cuando entre dos o más personas ya no queda más nada interesante que decirse, motivo por el cual he considerado (hasta este momento) la posibilidad de cancelar la idea de escribir esta entrada de blog, simplemente para no infligirle un peso aún mayor a este mundo ya bastante sobrecargado por esos numerosos prójimos que han hecho del comentar el fútbol su oficio, su afición o simplemente su manera favorita de perder el tiempo.
Sí, de acuerdo, es posible que mi antipatía a este deporte provenga del hecho de que nunca fui admitido, las pocas veces que lo intenté, a vincularme al equipo de fútbol cuando yo asistía como alumno a la primaria del Liceo de Cervantes, siendo en cambio relegado a eso que por entonces llamaban “La categoría C”, nombre que servía para referirse a ese conjunto de alumnos de cada grado excluidos de antemano del campeonato intercurso anual de fútbol, debido a las nulas aptitudes que demostrábamos para este deporte sus integrantes.
Como si el fútbol fuera el único deporte digno de ser practicado por un estudiante cervantino. Mientras tanto, mis verdaderas predilecciones deportivas, el patinaje, la natación y el ciclismo, eran relegados en esa atmósfera escolar a mucho menos que un segundo plano: a un plano inexistente, al menos hasta que tuve la suerte de poder proseguir (y concluir) la segunda parte de mi educación escolar en el mucho más liberal y permisivo ambiente del glorioso Instituto Barlovento.
En este plantel estudiantil no existía ni siquiera una cancha de microfútbol cuando yo ingresé, sólo una de bola de trapo que hacía también las veces de cancha de basketball, auditorio y patio de formación y de recreo. Pero los deportes alternativos como la escalada de montaña se practicaban por iniciativa propia del alumnado, llegando a sobresalir uno de sus estudiantes como miembro de la primera expedición colombiana en alcanzar la cima del Monte Everest, Fernando González- Rubio, a quien tuve la oportunidad de acompañar durante sus primeras prácticas de escalador cuando nos echábamos la leva a la hora del recreo, escapando (para horror o rabia de los vecinos) sobre paredillas, tejados y árboles de los patios en las viviendas de la manzana del barrio Boston, donde tuvo su (hoy tristemente desaparecida) sede el Instituto Barlovento.
Y con el tiempo, creo que ya provisto de una mayor capacidad de raciocinio y discernimiento, comencé a sentirme asqueado del omnipresente fútbol no sólo por el retraso que éste le ha impuesto a la práctica de tantos otros deportes en nuestro país (que también merecerían ser popularizados y difundidos), sino porque cada vez fue quedando para mí más claro que no se trata ya de una actividad inspirada por ese llamado (de manera cada vez más eufemística) “espíritu deportivo” (el cual brilla notoriamente por su ausencia en este deporte), sino más bien prostituida al negocio que representa transar con las pautas publicitarias. Por no extendernos sobre los escandalosos contratos que firman esos figurones elevados a la categoría de héroes gracias el obtuso sentimiento de orgullo local o patrio que el fútbol consigue despertar.
Sumémosle a lo anterior la vomitiva descarga de verborrea absurda y redundante que el fútbol le ha introducido a mi profesión (al periodismo). Y el desproporcionado horario o espacio que se les concede a los periodistas deportivos para atragantarnos con un abrumador caudal de informaciones insulsas, transmitiéndonos como si fueran vitales esas entrevistas con jugadores que utilizan al dar sus respuestas expresiones de un vocabulario cómicamente rebuscado para justificar sus errores. Florituras tales como “deficiente gestión del esférico” o “desencuentro físico estructural”, expresiones con las que, básicamente, quieren decirnos que durante un partido patearon mal la bola y que una gripa no les permitió jugar bien.
(Debo aquí aclarar que respeto mucho el digno y profesional trabajo que cumplen mis colegas deportivos. Ellos se limitan a cubrir las incidencias de que lo que sin duda es un rico y variado fenómeno, social e informativamente relevante desde un punto de vista urbantropológico).
Pero, como al que no quiere caldo se le dan dos, y hasta cuatro tazas, mi fastidio hacia el fútbol tuvo la increíble e irónica oportunidad de crecer hace pocos años, desempeñándome como reportero gráfico, cuando era mi deber pasar varios domingos al año agachado en uno de los extremos de la cancha del Metropolitano (yo, que prácticamente nunca había puesto un pie en un estadio de fútbol), para hacer fotografías de los encuentros que el Junior jugaba en Barranquilla.
Esto implicaba sostener un teleobjetivo con una cámara que pesaban juntos unos cuatro kilos o más, durante las dos tandas de cuarenta y cinco minutos de cada partido, y muchas veces a pleno sol.
Pero fue una experiencia enriquecedora. Porque tuve entonces la oportunidad de ver también por primera vez, de cerca, no en los telediarios, la patética y violenta alienación que el fútbol induce entre la masa de sus más descerebrados aficionados, esos orgullosos miembros de las “barras bravas”, muchos de cuyos integrantes seguramente estarían más que dispuestos a atacarme (en grupo, eso sí) para reventarme el cráneo, los dientes, y molerme a palos o a pegarme unos cuantos tiros porque no profeso ese mismo sentimiento alimentado con trapo hervido y cuero (en vez de las lentejuelas de Silvio Rodríguez) que tanto sirve para estupidizar y distraer la atención del pueblo de la necesidad de resolver sus propios problemas, sus verdaderos problemas; canalizando el gregarismo y la militancia hacia un vandalismo improductivo, convirtiéndolo en fanatismo ciego, bobo e “inofensivo”, dispersando así miserablemente, en una simiesca actitud matona, las energías que se precisan para emprender cualquier posible cambio social.
“Pero es que el fútbol es un fenómeno, un culto”, dicen algunos de sus numerosos y acérrimos defensores. Y en eso estoy totalmente de acuerdo.
Si fuera menos “culto” y menos “fenómeno”, menos hipnosis colectiva y más deporte, entonces no tendría razón para haber escrito esta entrada de blog.
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Periodista barranquillero, residente en Madrid, interesado en temas internacionales y en la relación que estos guardan (o no guardan) con nuestro país, con nuestra ciudad. También en temas relativos al Medio Ambiente, la Cultura y la Ciencia.