El silencio de Obama ante la matanza de palestinos
“Bajo el yugo de la barbarie uno no debe mantenerse callado; uno debe luchar. Cualquiera que calle en tales momentos es un traidor para la humanidad” - (Stefan Zweig, 1881-1942)
Mientras la cifra de muertos (y quién sabe cuántos más gravemente heridos y mutilados) llega a más de ochocientos palestinos en Gaza, Obama calla.
Insiste en que no puede pronunciarse hasta el 20 de enero, día de su posesión, repitiendo su mantra de “un solo presidente a la vez” al recordar que Bush es el comandante en jefe hasta esa fecha.
Pero tanto los detractores de la política genocida de Israel como el poderoso lobby prozionita critican este silencio. Los unos porque no condena la matanza, y los otros porque no reconoce abiertamente el derecho a cometerla del gobierno de Israel.
Y desde la presión ejercida en estas orillas opuestas de la opinión pública internacional se utiliza el mismo argumento contra el silencio de Obama: “Pero si viene actuando como presidente desde que fue electo, al menos en lo que tiene que ver con la economía nacional, ¿o no?” , escribe un periodista israelí.
Otro, árabe, comenta que “tampoco se ha puesto a gritar: ‘es que debe haber un solo presidente’ cuando se ha referido al paquete de estímulo económico”.
Así como no tuvo reparos, ya como presidente electo, en dar a conocer los detalles sobre su plan para desmontar el campo ilegal de concentración de Guantánamo, ni el progresivo retiro de las tropas gringas de Irak.
Entonces, why so silent, mr. Obama?
Este pusilánime mutismo puede convertirse en la primera decepción para la multitud de sus electores y de sus admiradores alrededor del mundo, aquellos que repitieron a coro, esperanzados y emocionados, ese otro mantra de Obama que hizo tanta carrera durante su campaña presidencial, y que él pronunciaba triunfalmente cada vez que hablaba de las posibilidades de dar un cambio radical a la política estadounidense (incluyendo a la internacional).
Ese famoso “yes, we can”.
Está bien, fue Bush quien por infinitagésima vez movió los hilos para que el gobierno de los Estados Unidos usara su poder de veto, la semana pasada, al anular una resolución de condena de la ONU contra Israel, esta vez relativa a la última barbarie genocida que el mundo contempla en estos días atónito, ante la cual los gobiernos más influyentes adoptan en general un discreto silencio, como si los palestinos masacrados fueran de una especie sub- humana.
Pero aunque este infame veto fuera una decisión por ahora inapelable de Bush, lo menos que se esperaba de Obama era que hiciera un llamado urgente para que las partes involucradas en el asimétrico combate del Medio Oriente iniciaran un acercamiento que condujera a un alto al fuego inmediato.
Sí. “Yes, we can”, era el lema. Pero Barack Obama ahora es incapaz de usar ese supuesto poder, que tanto cacareó, para dar una muestra, siquiera una muestra de que de verdad algunas cosas podrían cambiar durante los próximos cuatro años, y de que este cambio no se limitará a una mera modificación cromática en la pigmentación cutánea del nuevo inquilino de la Casa Blanca.
Puede parecer cada vez más difícil ser optimista sobre eso que llaman “el estado mundial de las cosas” en estos tiempos que corren.
Y quizá para conservar de todos modos algo de optimismo (a pesar de los pésimos pronósticos políticos, económicos, ambientales y sociales que hacen los expertos, los especialistas y los gurús para los años venideros) es necesario atribuir este inapropiado e incómodo silencio de Obama a un infortunado síntoma momentáneo de excesiva prudencia, acaso producto de la inexperiencia propia del novato presidencial.
Aunque ésta sea una actitud peligrosa e inquietamente tímida, que discrepa radicalmente con la del candidato incisivo y combativo que proyectó, al menos de labios para fuera, cuando lideró sus arrolladoras campañas contra Clinton y McCain.
En todo caso, no habrá que esperar ya mucho tiempo (sólo falta una semana larga hasta el 20 de enero) para empezar a distinguir cada vez con mayor claridad el tipo de piel que se oculta bajo la lana de la oveja, si es realmente piel de oveja, o si nos encontramos ante otro de esos casos de licantropía ovina, tan frecuentes entre ciertos personajes que pululan en el bestiario de la política mundial.
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Periodista barranquillero, residente en Madrid, interesado en temas internacionales y en la relación que estos guardan (o no guardan) con nuestro país, con nuestra ciudad. También en temas relativos al Medio Ambiente, la Cultura y la Ciencia.