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Al margen

Publicado: 12/31/2008 6:09:08 PM Por: Carlos A. Sourdis Pinedo

El culto de Richie, el hígado de Rafael y el nombre secreto de Mongo


“Todos somos tontos de remate al menos durante cinco minutos al día. La sabiduría consiste en no superar ese límite” (Elbert Green Hubbard, escritor y filósofo estadounidense, 1856 – 1915)



Allí estaba en persona frente ante mí, en la sala redacción, una de las leyendas de la salsa, el mismísimo Richie Ray. Pero yo no lo sabía.

Más bien bajito y regordete, sudaba de lo lindo bajo efectos de la canícula cartagenera.

Iba vestido con una chillona camisa hawaiana, bluejeans, y en una mano sujetaba las gafas oscuras que se había quitado al entrar a la casona colonial en la esquina de la Calle Larga de Getsemaní, donde tenía su sede El Tiempo. En la otra mano llevaba un casete de video.

Al verle, pensé que era un vendedor, de los que tanto se colaban a la redacción por la puerta siempre abierta del Callejón Vargas para ofrecernos café tinto, pan de bono, pan de yuca, butifarras, lotería, lustradas de calzado. A veces hasta entraba una de esas negras bellas que van por Cartagena preguntándote que si quieres hacerte las trencitas.

Y mis sospechas se vieron falsamente confirmadas cuando, sin prestarle mucha atención a lo que el hombre decía (yo estaba ocupado redactando una nota solicitada con carácter urgente por un editor bogotano), me pareció entender que me decía algo sobre Richie Ray mientras levantaba la mano en la que sostenía el casete de video.

“No, gracias”, le dije sin dejar de teclear, concentrado en la pantalla del computador. Aunque respeto mucho la salsa y en ocasiones la disfruto, no es un género del que sepa ni coleccione mucho.

Pero noté, de reojo, que el tipo no se marchaba. Se quedó allí parado por un instante, como sorprendido. Entonces me dijo, tal vez un tanto ofendido: “yo no vengo a venderte nada”, y me informó que el video era gratuito, un adelanto para la prensa de lo que sería el concierto de salsa instrumental que Richie Ray daría al día siguiente en el auditorio del hotel Hilton.

Entonces le pregunté que si él era represente de Richie Ray, como para terminar de…, de demostrarle mi ignorancia..

“No. Yo soy Richie Ray” , me contestó con mucha sencillez, y no en el tono presumido que uno quizá podría esperar en semejante situación.

En ese momento, al mismo tiempo que me levantaba de mi silla para pedirle disculpas, llamándole “maestro”, lamenté encontrarme a solas con aquel personaje de imagen legendaria en los fervorosos círculos de La Troja, La 100, la Gran Vía, El Ypacarai y tantos otros santuarios de la geografía salsómana Caribe.

Es que no tengo ni idea de salsa.

¿Y ahora qué le pregunto?, me preguntaba yo, mientras estrechaba la mano de unos de los creadores de la Bomba Camará, consciente de que resultaba imprescindible hacerle una entrevista.

Si hubiera estado ahí Manuel Pedraza, veterano reportero gráfico nacido en Buga, subsede de la capital salsera de Colombia, me hubiera sacado del apuro, y no hubiera sido más que dejarlo conversar a él para que le hiciera las preguntas pertinentes al artista, limitarme entonces a meter un poco la cucharada de vez en cuando y a tomar notas. Pero Mañe había salido.

Después de hacer que Richie se sentara y de servirle una taza de café negro, me senté yo frente a él y le pregunté que si el concierto estaría marcado por esa transformación religiosa experimentada por el artista , pues, a pesar de mi ignorancia en el tema, recordaba haber escuchado las protestas de algunos asistentes al día siguiente de un concierto que Ray dio con su socio Bobby Cruz en el Amira De la Rosa, protestas en el sentido de que el espectáculo no tuvo mucha diferencia con un culto evangélico, entre otras cosas porque adulteraron el famoso coro de Bomba Camará, cantándolo como “Cristo Llegará”.

Entonces Richie Ray abrió bien por primera vez sus ojos, que son un poco saltones. “Nada de eso”, me advirtió, al tiempo que meneaba enfáticamente su mano de un lado a otro, con un dedo índice levantado frente a mi rostro, y añadió: “lo que va a haber mañana por la noche en el Hilton es una autentica descarga de salsa, ¡de salsa brava!”.

Me pidió que fuera muy claro en esto al redactar mi nota, y pronunció a continuación esa frase que los periodistas suelen rastrear en las respuestas de un entrevistado para darle título a la entrevista que hacen: “No vengo a predicar la palabra”.

Aquella vez pude salvar decentemente la situación y escribir una nota pasable para la edición caribe del periódico, pero de algunos breves encuentros con otros artistas no he salido tan bien librado, como cuando le pregunté al cantante español Rafael a su llegada al aeropuerto Ernesto Cortizzos “¿qué sientes al cantar con un órgano nuevo?”, después de que Marta Guarín me pidiera por el celular que además de hacerle fotografías le preguntara al artista algo que sirviera para utilizarse en una nota de preámbulo al concierto que el artista daría en Barranquilla al día siguiente.

También me dijo a continuación (como dato que tal vez podría serme útil) que el cantante había sido receptor de un transplante de hígado unos meses atrás.

Rafael se detuvo sólo un segundo para responderme, exclamando: “Joder, macho, ¡vaya pregunta!”, al tiempo que me dirigía una mirada no precisamente cargada de afecto, y dio media vuelta, dándome la espalda para subir al carro que lo transportaría hasta su hotel.

La verdad es que se veía bien. A pesar de las evidentes cirugías plásticas. Y de la del hígado.

También para mi indescriptible vergüenza, en otra ocasión llamé Mingo al consagrado percusionista y compositor de latin jazz afrocubano Mongo Santamaría en la redacción de El Heraldo mientras Laurian Puerta lo entrevistaba, lo que confirma mi imperdonable ignorancia en materia de varios importantes aspectos musicales de la Cultura del Caribe.

Al menos de aquella ocasión obtuve una explicación muy interesante de parte del hoy ya fallecido Mongo, quien me dijo, como disculpándome por mi error (mucho más paciente y comprensivo que Rafael), que aquel tampoco era su verdadero nombre, que él en realidad se llamaba Amancio.

“Pero este tampoco es ni nombre verdadero. Mi nombre de verdad, el que me dio mi babalawo, ese no se lo digo ni a mi esposa”, añadió Mongo, fiel creyente de la santería, culto en el que se le atribuye mucho poder al nombre que uno lleve, hasta el punto de que sus practicantes utilizan públicamente otro distinto, para no dar papaya.



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Carlos A. Sourdis Pinedo

Periodista barranquillero, residente en Madrid, interesado en temas internacionales y en la relación que estos guardan (o no guardan) con nuestro país, con nuestra ciudad. También en remas relativos al Medio Ambiente, la Cultura y la Ciencia.

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