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Al margen

Publicado: 12/6/2008 7:49:31 PM Por: Carlos A. Sourdis Pinedo

Cibernáutas, los herederos de Babel


“¡Ea!, edifiquemos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo”. (Génesis, 11)

“Locura, s. Ese “don y divina facultad” cuya energía creadora y ordenadora inspira el espíritu del hombre, guía sus actos y adorna su vida”. (Ambrose Bierce, Diccionario del Diablo, 1911)



A pesar de mi convicción antimonárquica, siento una gran simpatía por el Rey Nemrod.

Fue un mortal que consiguió inquietar al mismísimo Dios, a Yahvé, al emprender uno de los proyectos de ingeniería más bellos y ambiciosos que haya conocido jamás la humanidad, la construcción de la Torre de Babel.

Esta inverosímil estructura, mitológica o real, es protagonista de uno de los capítulos más atractivos y curiosos de lo más antiguo de la Historia Sagrada, esa que narra los acontecimientos de antes de que esta tradición escrita asumiera definitivamente la forma de relato casi exclusivamente dedicado a las talmúdicas peripecias del pueblo hebreo.

Proyecto espectacularmente ambicioso, fabuloso, por el reto que plantearía a sus entusiastas arquitectos y obreros la tarea de diseñar y construir la descomunal estructura que pretendieron elevar como un puente desde las llanuras babilónicas hasta los confines del Cielo.

Bello, porque logró unir como nunca antes a la humanidad en torno a un propósito común, por muy desquiciadas que estuvieran las mentes que concibieron la posibilidad de tomar por asalto el Paraíso, conquistar el Jardín del Edén a punta de ladrillos, una empresa que merece el aplauso eterno de la humanidad agradecida, aunque sea sólo por haberlo intentado.

De acuerdo con la tradición, la construcción se inició apenas trescientos cincuenta años después de La Creación.

Ya sabemos entonces que ni los chibchas ni los japoneses ni los esquimales ni muchos otros pueblos pudieron haber tomado parte en aquella loca aventura, por evidentes razones geográficas e históricas (tal vez ni siquiera sus ancestros existían), pero con el proyecto de la Torre se fermentó una solidaridad sin precedentes entre pueblos que por aquel entonces creían conformar la totalidad de la raza humana, y más bien dados a guerrear entre ellos.

Y eso que, según nos cuenta Herodoto, historiador notable por sus imprecisiones, no todos los que participaron en el proyecto tenían las mismas intenciones al emprenderlo.

Unos, los más bravos, querían ir a darle un golpe de estado a Yahvé, quitarle el mando a la brava y remplazar por su propia autoridad la de Creador del Universo.

Otros, los más flojos, veían el cielo como una especie de penthouse para coronar su torre. Lo que querían éstos era acceder por anticipado a las mieles del paraíso, gozar de unas vacaciones eternas en el mejor resort del cosmos, amparados por una especie de fuero sindical celeste.

Un tercer grupo, el de los más lagartos (y a todas luces precursores del político moderno), sólo buscaban una audiencia con la gerencia. Y aburrir inmortalmente al Creador exponiéndole algunos problemas con sus tierritas. Querrían pedir la ayuda divina en asuntos como, por ejemplo, suprimir los terremotos y otros desastres naturales, corregir un poquito el curso del Tigris o del Éufrates, apenas lo justo para que los ríos mesopotámicos no anegaran las cosechas anuales. ¿Y qué tal si de paso se podía hacer algo por las gallinas que ponían pocos huevos?

Creo que eran más bien los de este último grupo (los partidarios de construir semejante torre nada más que para celebrar en el cielo un consejo de barrio al estilo Uribe), a los que el Señor se refería sobre todo cuando dijo, tal vez desesperado: “han levantado esta fábrica y no desistirán de sus ideas hasta llevarlas a cabo. Descendamos pues a confundir su lenguaje de manera que uno no entienda al otro”.

Y Santo Remedio. Todos fueron convertidos automáticamente en mudos y sordos, porque no se podían entender ya entre ellos, y cuando un obrero le pedía a otro el martillo lo que éste le pasaba era el balde o el azadón, o le mentaba la madre al pensar que el otro lo había hecho primero. Y ahí comenzaron los malentendidos.

Por cierto, hablando de herramientas y de malentendidos, podría pensarse que un buen ejemplo de las secuelas perdurables de aquel castigo divino lo vemos frecuentemente en el Congreso de la República, donde difícilmente se ponen de acuerdo en cuanto a la interpretación de las leyes.

Pero una vez más la malicia indígena del cuerpo senatorial o parlamentario colombiano tiene de antemano resuelta cualquier barrera lingüística posible, al adoptar casi por unanimidad el lenguaje universal de su herramienta favorita, el serrucho, idioma en el que un leve gesto oscilatorio de la mano basta para pactar un miti- miti, rasurar la barba, asegurar una coima o colgar un mico.

Pero volviendo a la Babilonia bíblica, el hecho de que Yahvé se refiera a la torre como una “fábrica” puede obedecer a que en la traducción del texto original se toma esta palabra en el sentido de “edificio” (significado que también posee, según el Diccionario de la Real Academia Española, así como el de “fabricación”).

Aunque también es posible que Yahvé le molestara de manera especial la gran fábrica de ladrillos que Nemrod ordenó construir, donde se hacían ladrillos en hornos para levantar la torre, hasta con betún, ya que en Babilonia era notoria la ausencia de canteras rocosas, un detalle que le da una proporción aún más gigantesca al esfuerzo comunitario acometido en aquellas épocas ya tan lejanas.

Súbitamente privados de la capacidad de comunicarse entre ellos, los constructores abandonaron el proyecto, comprensiblemente asustados, “y se dispersaron por la faz de la Tierra”. Yahvé se encargó de destruir lo que quedó en pie de la torre mediante un terremoto y un incendio, para no dejar ninguna duda sobre Su Cólera, insensatamente despertada por los necios mortales.

En el momento de quedar paralizada la obra, ésta alcanzaba una altura de cien metros, si hemos de creer a Herodoto, quien asegura haber visitado sus ruinas. Lo que desmitificaría la creencia de que cualquier persona que contemplase estas ruinas olvidaba todo lo que sabía, y tal vez también esa otra según la cual era posible caminar durante tres días sin salir de la sombra de la torre.

La Torre de Babel es interpretada por la moral cristiana como un símbolo del castigo que merecen la soberbia y el orgullo de los insurrectos por atreverse a desafiar la autoridad divina, pretendiendo ingresar al cielo agachados, por la puerta trasera, sin haber adquirido las respectivas acciones de ese club.

Pero es más un monumento a la tenacidad de las tareas que la humanidad es capaz de acometer cuando depone su sectarismo, supera sus divisiones y deja atrás las guerras tribales para alcanzar una meta común, así se trate de algo tan demente y disparatado como tomar por asalto el Cielo.

Y han tenido que pasar milenios para que la humanidad recogiera el guante de aquella afrenta divina, hasta que se terminó de tender el primer cable submarino, a través del cual se consiguió transportar el lenguaje humano de un continente a otro, entre Londres y New York, el 16 de agosto de 1858.

El primer comunicado transoceánico fue un gracioso mensaje de fraternidad que Su Majestad Imperial transmitió desde Inglaterra al día siguiente, el 17 de agosto, a los súbditos perdidos por la corona unos siglos antes, del otro lado del océano.

Esta fecha debería conmemorarse como el día que nació la moderna era de las comunicaciones. Pero también como el día en que dimos el primer paso para liberarnos de la maldición lingüística impuesta por el antiguo castigo divino.

Porque a partir de aquel día nada detendría la evolución de la tecnología que ha permitido crear, junto con el desarrollo de la informática, una herramienta en torno a la cual existe un grado de entendimiento colectivo como tal vez no se veía desde los tiempos de la Torre de Babel: Internet.

Las herramientas de traducción de la web necesitan ser perfeccionadas, es cierto, pero eso es lo que está sucediendo ahora: cada vez son mejores, más inteligentes, intuitivas, y acercan más a los cibernautas a la posibilidad de comunicarse por encima de las barreras del idioma, recobrando aquel lenguaje mágico que hablaban todos los pueblos antes de que Yahve les confundiera.

Una vez superado este reto, quién sabe, tal vez hasta intentemos nuevamente conquistar el Cielo.



Imagen: La Torre de Babel. .(Pieter Bruegel El Viejo, 1563) - Kunsthistorisches Museum, Viena



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Carlos A. Sourdis Pinedo

Periodista barranquillero, residente en Madrid, interesado en temas internacionales y en la relación que estos guardan (o no guardan) con nuestro país, con nuestra ciudad. También en temas relativos al Medio Ambiente, la Ciencia y la Cultura.

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