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Al margen

Publicado: 12/4/2008 10:47:42 AM Por: Carlos A. Sourdis Pinedo

Sobre los amos del mundo y las hienas


“Dadme la posibilidad de emitir la moneda de un país, y no me importará quien haga sus leyes”. (Nathan Rothschild)



Son los amos del mundo, pero nadie los conoce. Porque no salen en las portadas de los diarios ni en los noticieros de televisión.

Los que sí salen, los presidentes, los primeros ministros, los tiranos y dictadores, o los representantes de las Naciones Unidas, de la banca internacional y prácticamente de todas las organizaciones mundiales, hasta Greenpeace, no serían más que títeres que bailan al son de la música que ponen los señores ocultos, los que manejan desde la sombra los hilos del poder verdadero, ya sea que se les llame Illuminati, Skull and Bones, Grupo de Bilderberg o la Santa Sociedad Secreta de la Madre Que los Parió.

Son, en pocas palabras, un club muy selecto, cuyos miembros pueden sentarse todos a cenar langosta y beber champaña ante una mesa para trazar indolentemente desde su tranquilo anonimato las políticas y las alianzas, las guerras y las invasiones, las “burbujas” y las crisis que a largo plazo favorecerán su esquema de dominio mundial absoluto.

La actual crisis económica mundial no sería más que otra de sus jugarretas financieras, una cruel farsa interpretada en el tablado internacional con el fin de crear el terrorismo social necesario para acorralar a las masas de manera que acepten la implantación de un gobierno único en el planeta, cuando terminen de vendernos la idea de que ésta será la única manera de evitar futuras debacles económicas y detener las guerras de una vez por todas.

Y ésta puede parecer una meta noble, un gran ideal, crear un mundo unido y sin divisiones fronterizas, con absoluta libertad de circulación para los seres que finalmente comenzarían a percibirse a sí mismos como ciudadanos del planeta, más que como suecos, indios, colombianos, marroquíes, venezolanos, chinos, mexicanos o estadounidenses.

Pero la meta que persiguen los que mueven los hilos de este programa no es precisamente la versión del mundo soñada por John Lennon.

No. Su dominio mundial centralizado no tendría otro propósito que el de perpetuar el esquema clasista, la esclavitud económica que permite al 25 por ciento de los más ricos consumir el 80 por ciento de los recursos disponibles, mientras que casi dos mil millones de personas subsisten bajo la línea de pobreza. Y el de que ellos, los poderosísimos, sigan gozando de la comodidad que proporciona estar precisamente en la estrecha cima de ese 25 por ciento, ser contabilizado en el sistema social y financiero como parte de esa ínfima minoría que estadísticamente sólo es posible encontrar varios ceros más allá de la coma decimal.

Estas son al menos algunas de las teorías que circulan por internet sobre el estado actual de las cosas en el mundo. Van desde las que están redactadas en un tono tremendista, muy parecido al de los panfletos religiosos distribuidos puerta a puerta, hasta las de carácter más serio, apoyadas por bibliografías muy completas y con un análisis desapasionado de la evolución de ciertos factores políticos, económicos y sociales de la actualidad que podrían hacer factible una conjura mundial como la anteriormente descrita.

Sean o no sean verdaderas estas teorías conspiracionistas, las mismas no resultan necesarias para darse cuenta de lo poco que ha evolucionado la humanidad si comparamos la actitud egoísta de sus miembros económicamente más poderosos con la que adoptan las hienas líderes de la manada cuando celebran un festín sobre el cadáver de una presa, un sistema en el que el más fuerte es quien come más, obviamente, pero los humanos hemos conseguido llevar al terreno de la deformación más degradada y abyecta este principio básico de la selección natural.

Porque el verdadero progreso de la evolución humana ya no se puede medir de acuerdo con ese criterio salvaje que hay detrás de considerar normal que el más fuerte sea el que inevitablemente come más, a costa del más débil, sino todo lo contrario: se debe considerar más fuerte al que más alimenta, al que más nutre a los demás.

Y, bajo esta óptica, aquellos a quienes consideramos los más poderosos parecen ser precisamente los más débiles, los menos evolucionados.



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Carlos A. Sourdis Pinedo

Periodista barranquillero, residente en Madrid, interesado en temas internacionales y en la relación que estos guardan (o no guardan) con nuestro país, con nuestra ciudad. También en temas relativos al Medio Ambiente, la Cultura y la Ciencia.

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