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Al margen

Publicado: 11/19/2008 3:29:21 PM Por: Carlos A. Sourdis Pinedo

Del lunatismo, la ignorancia y la estupidez


La asociación que popularmente se hace entre la Luna y la locura no es gratuita. El influjo ejercido por el satélite plateado sobre el sistema nervioso y la conducta de los animales, humanos o no, está más que demostrado por estudiosos de varias ramas o especialidades de la ciencia, desde la psicología hasta la estadística.

Estos últimos (los estadísticos) han comparado los índices de violencia y criminalidad que se registran durante las distintas fases lunares, comprobando, entre otras cosas, que durante la fase llena hay más trabajo en las comisarías de policía y en los hospitales mentales.

Nada nuevo. Se sabía desde la antigüedad, como se ha redescubierto hoy, que también nuestro cabello crece más rápido, que a los bares les va mejor, y que las salas de maternidad están más ocupadas durante las noches de este periodo lunar, por no profundizar en la íntima coincidencia existente entre el periodo menstrual y el ciclo selenita.

Es una de las demostraciones más evidentes de las sutiles relaciones cósmicas (‘cosmos’: orden) estudiadas y descritas por ese antiguo cúmulo de conocimientos llamado astrología, rama del saber tan ridiculizada y distorsionada hoy en día debido a las vulgares interpretaciones que suelen hacerse de ella.

La influencia del Sol y de la Luna sobre la vida de todos los seres en la Tierra, sobre su comportamiento, es la más observable, pero las particulares radiaciones que emite cada planeta del sistema solar (esos magnetos vecinos) y cada estrella de acuerdo con su composición química, mineral y metalúrgica, también bombardean nuestro planeta. Sólo hasta hace unas décadas esto pudo demostrarse gracias a la invención del radiotelescopio.

Pero esto ya lo sabían desde hace tres mil años los astrólogos o astrónomos (entonces eran lo mismo) caldeos: que cada astro emite una particular frecuencia lumínica y sonora, entre otras vibraciones electromagnéticas que chocan contra la Tierra y que surcan todo el Universo.

La iglesia se aprovechó de la vulgarización que se hizo de ese conocimiento para desfigurar los principios de aquella temprana ciencia bajo el disfraz de mitos paganos, asociados a dioses que se identificaban con los nombres de los astros, para luego condenar la astrología como un culto idólatra, satánico, hasta el punto de llevar a la hoguera a quienes la enseñaban o investigaban, acusándolos de practicar la brujería.

Hubo que esperar a que se cerrara un paréntesis de milenios para que se reiniciaran los estudios científicos al respecto, hasta que el gobierno soviético condujera la primera investigación oficial bajo los criterios de la ciencia moderna, ceñida al método del laboratorio, lo que les llevó a realizar descubrimientos (o, más bien, confirmaciones) sobre la relación existente entre las posiciones y movimientos de los astros y la vida de los seres en la Tierra.

Para denominar estos estudios, los científicos soviéticos prefirieron acogerse al término (tal vez más apropiado hoy en día) de cosmobiología, acuñado en 1940 por el astrónomo alemán Reinhold Ebertin para darle así un nombre nuevo a una antigua asignatura, a la astrología, cosa de despojarla de su sombrío tinte de ocultismo y ajustarla a los rígidos parámetros de la dialéctica materialista.

Pero, ¿por qué se despreció durante miles de años un conocimiento que de alguna inexplicable manera ya los antiguos dominaban hasta cierto punto?

Por eso mismo: debido al temor y el rechazo que produce lo inexplicable en algunas mentes retrógradas, en vez de servirles como estímulo para acometer una investigación objetiva, o por lo menos una aproximación libre de prejuicios a eso que carece de explicación, en una actitud librepensadora que resulta tan diametralmente opuesta a ese corrosivo fanatismo que suele vestir de risas a la ignorancia o encender las hogueras de las modernas inquisiciones: la burla social y el escarnio público.

Si los pioneros, descubridores, pensadores, innovadores, investigadores, inventores o creadores que han cambiado el modo en que percibimos y nos relacionamos con nuestro mundo, con el Universo y entre nosotros mismos, hubieran sufrido de complejos que comprometieran su autoestima, si hubieran refrenado el desarrollo de sus talentos para evitar ser llamados locos o lunáticos o dementes, tal vez todavía estuviéramos preguntándonos cómo hacer fuego y luchando por nuestro alimento contra las fieras salvajes.

Y no es posible imaginarse el grado de desarrollo que la ciencia, la cultura y la tecnología tendrían en este momento si no hubieran sido tan constreñidas, condenadas, retorcidas, aplastadas, distorsionadas, perseguidas, difamadas, proscritas, satanizadas o excomulgadas por esas autoridades religiosas que se erigieron como guías absolutistas de lo que se podía saber, pero sobre todo de lo que no se debía saber, montados en la prédica hipócrita de una moralidad profundamente amoral para desplegar desde el púlpito una maquinaria dedicada a esparcir la superstición y la ignorancia de la manera más amplia y profusa.

Deja de parecer paradójico que durante esos mismos siglos el aparato eclesiástico fuera el encargado de difundir la educación cuando se entiende que su labor no era tanto en realidad la de ilustrar a las masas sino la de administrar mezquinamente el conocimiento, reduciéndolo al dominio de una élite, convirtiéndolo en un instrumento de dominio, no en un vehículo de progreso.

En cierta manera, podría definirse el progreso como el grado de conocimiento y de aplicación de ese conocimiento que hemos logrado a pesar de todos los esfuerzos que desde la tenebrosa oscuridad del fanatismo se hicieron para impedir que lo lográramos.

Ya tan temprano como en el año 79 Plinio El Viejo aseguraba que “no hay nada nuevo salvo lo que hemos olvidado”.

Y yo añadiría: “Y salvo lo que hemos (estúpidamente) despreciado”.

No se trata de tragar entero. Conviene tener un ánimo crítico, desde luego, pero acompañado de una mente abierta, no predispuesta a desechar de antemano como absurdo todo aquello que no entendemos.

La actitud contraria ya nos ha costado muy cara. Son la estupidez y el fanatismo (no el lunatismo) los que deben inspirarnos miedo.



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Carlos A. Sourdis Pinedo

Periodista barranquillero, residente en Madrid, interesado en temas internacionales y en la relación que estos guardan (o no guardan) con nuestro país, con nuestra ciudad. También en temas relativos a la cultura, el medio ambiente y la ciencia.

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