“Absurdo”. Esta es una palabra que viene a la mente con facilidad cuando se leen o se ven las noticias sobre las actividades propias de esa cosa surrealista llamada “la guerra contra las drogas”.
Aviones, helicópteros, submarinos, barcos, radares, unidades especializadas de policía, sistemas de espionaje, el más sofisticado despliegue de alta tecnología, y millones de vidas destruidas o irreparablemente afectadas.
Y armas. Muchas armas, y muchas balas durante muchos años. ¿Y para qué?
La producción, distribución y exportación de narcóticos se mantienen tan sanas y vigorosas como siempre. Lo mismo sucede con el consumo.
¿No es hora de admitir que esta guerra no sirve para nada?, ¿de admitir que por cada persona que supuestamente se salva de una potencial drogadicción se destruyen tal vez decenas de vidas?
No, claro que no. Porque puede que sea una guerra inútil, pero deja colosales utilidades.
Y no se trata tan sólo de las ganancias que produce el narcotráfico. Eso es apenas un valor agregado en el jugoso negocio que hay detrás de la venta de armas y de tecnología puestas al servicio de la llamada guerra contra las drogas.
Aunque tampoco hay que despreciar la codicia de quiénes siempre han comprendido que constituye un gran negocio prohibir cualquiera de la sustancias que el ser humano ha empleado, emplea y empleará toda la vida para embriagarse, desde el incestuoso patriarca Noé hasta el último de los borrachines.
Toda prohibición de estas sustancias genera inevitablemente precios exorbitantes, y, por lo tanto, el surgimiento de violentas mafias con un gran poder de corrupción, dispuestas a aprovechar estos precios mediante el control de la producción y la distribución, dedicadas a satisfacer a través de un mercado negro (y por lo tanto sin ningún control de calidad) los vicios que siempre serán parte de la naturaleza humana.
¿Cuándo tendremos gobernantes que llamen pan al pan y vino al vino, que reconozcan la farsa que se esconde detrás de la prohibición, que admitan que el peor golpe que se le puede dar al narcotráfico es legalizar el consumo?
El pilar conceptual de la prohibición es el supuesto interés del gobierno en preservar la salud pública, lo cual se convierte en un confuso ejemplo de contradicción para los ciudadanos que pagan sus impuestos con el fin de mantener a un estado cantina: un estado que obtiene dividendos por el hecho de tasar vicios, en algunos casos mucho más dañinos que aquellos proscritos por los legisladores de turno.
¿O es que no se necesita una gran dosis de hipocresía para prohibir la venta, la distribución y el consumo de marihuana por parte de un gobierno que obtiene una porción de sus ingresos a través de la venta legal de alcohol y tabaco, dos de los principales causantes de muerte en todo el mundo, sobre todo si se tiene en cuenta que hasta la fecha no se ha expedido el primer certificado de defunción que acredite como causa de muerte al consumo de esta hierba?
Esto, por poner sólo un ejemplo.
Y mientras en Colombia permitimos que se envenenen nuestras tierras, nuestros niños, con paraquad, glifosato (los terribles tóxicos de la Monsanto y la Round Up), cada semilla de cannabis se vende legalmente a cinco euros (quince mil pesos) en los weed shops de Amsterdam o Madrid.
Tal vez en el futuro los historiadores se referirán a este oscuro pedazo de nuestra historia como el de La patria boba, Segunda Parte.
Por favor mantenga su opinión relacionada con el tema, no usar insultos, agresiones, faltas de respeto al autor y otros participantes de la discusión; no hacer publicidad. En caso de no hacerlo su comentario o registro pueden ser borrados. Términos y Condiciones
Periodista barranquillero, residente en Madrid, interesado en temas internacionales y en la relación que estos guardan (o no guardan) con nuestro país, con nuestra ciudad. También en temas de ciencia, cultura y medio ambiente.