Una de las ideas más brillantes que se le ha ocurrido al gobierno español para reducir las escandalosas cifras de desempleo es decirles a los inmigrantes que se han quedado sin trabajo que mejor se vayan a casa. Apaguemos las luces, ya se acabó la fiesta, and go home.
El gobernante Partido Socialista Obrero Español, PSOE, (un buen ejemplo de esa izquierda que en Europa no pasa de ser una derecha moderada) les ofrece el tiquete aéreo de vuelta pero, eso sí, financiado con el producto de la cotización acumulada mientras trabajaron legalmente en este país, y en dos partidas.
La primera parte para que hagas tus motetes y te subas al avión, y la otra para, como dice cierta canción, “cuando ya te hayas ido” .
Además tendrán que firmar un documento en el que se comprometen a no intentar volver a España durante los próximos tres años, una demostración de astucia que contrasta con la ingenua posición que mantuvo el gobierno frente a las infladas y dementes proyecciones económicas de los últimos años.
Los inmigrantes pagan así los platos que se han roto por culpa de esta falta de previsión, entre cuyos restos quedaron los añicos de más de quince mil empresas españolas en bancarrota y casi 300 mil puestos de trabajo directos desaparecidos hasta ahora.
Todavía no es posible calcular la cifra de los que se perderán de manera indirecta durante los próximos meses, pero se anticipa que las cifras negativas crezcan, no que disminuyan.
La crisis global actual empeora las cosas, sin duda, pero la crisis económica en España está íntimamente emparentada con la especulación urbanística rampante que floreció durante la última década, ante la cual tanto los gobiernos de izquierda como los de derecha se hicieron los de la vista gorda por igual.
El presupuesto destinado a financiar la graciosa idea del gobierno para salir de los inmigrantes indeseables ya se ha agotado por este año, y las listas de quienes hacen espera por su tiquete de vuelta a casa crecen día a día. No resulta muy probable que antes de subir al avión les den las gracias por el empujón que imprimieron a la economía española, generando un repunte no visto durante décadas.
Según un estudio de la fundación catalana La Caixa publicado a finales de 2006, el cacareado PIB hubiera caído en más de un punto, en vez del ascenso de dos puntos que experimentó ese año, si España no hubiera contado con la fuerza trabajadora inmigrante.
El hecho de que el plan de evacuación urgente de la patria que los colombianos ingenuamente aprenden a llamar madre en el colegio sea financiado a través de la cotización social convierte a esta medida en un recurso de alivio muy parcial, ya que una cuarta parte de los inmigrantes trabaja en este país sin seguridad social, sumergidos en esa clandestina no existencia de los ilegales, los sin papeles.
Además, por cada uno de los trabajadores han venido también, en muchos casos, algunos de sus familiares, amparados por las ventajas migratorias ofrecidas por el mecanismo legal de la Reunificación Familiar.
Nadie les tenderá un salvavidas económico a estos Robinson Crusoe del naufragio de la economía española.
Nadie les garantiza nada tampoco en sus países de origen a los que se marchan o planean marcharse de España, dejando atrás sus proyectos de tomar ese atajo ascendente en la calidad de vida que suele asociarse con la migración del tercero hacia el primer mundo; a esos compatriotas que ahora enfrentan la peliaguda situación de estar como entre el fuego y la sartén.
Y todavía algún colega periodista de la radio me escribía desde Barranquilla el otro día para preguntarme que cómo estan las cosas para venirse a España de turista y quedarse a trabajar ilegalmente.
¿Y como están las cosas? Pues no pasan por su mejor momento, ni siquiera para los nacidos en España.
Foto: Inmigrantes colombianos en Madrid estudian las listas de inscripción de cédulas publicadas frente a la Embajada de su país, durante la votación que le otorgó a Álvaro Uribe la reelección. Carlos Sourdis
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Periodista barranquillero, residente en Madrid, interesado en temas internacionales y en la relación que estos guardan (o no guardan) con nuestro país, con nuestra ciudad.