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Texto y fotos ELIANA DAZA
De lunes a viernes sus días empiezan antes de que el sol se asome. Yarelis Ortega debe levantarse bien temprano para hacer el desayuno, preparar a sus dos hijos para el colegio y alistarse para llegar a su lugar de trabajo.
Sale de su casa en el barrio Costa Hermosa a las seis de la mañana a coger el bus, en el que recorre cuarenta minutos para quedarse cerca de las oficinas de R&T, Recaudos y Tributos.
Es una mujer luchadora y trabajadora incansable. A pesar de las dificultades siempre tiene ánimo para sonrierle a la vida y para ganarle la batalla a los problemas. Es alegre y extrovertida.
Creció con esta empresa, en la que inicialmente trabajaba en servicios generales y mensajería. En ese entonces la cosa era más dura: se levantaba a las tres de la madrugada para entrar a trabajar a las seis. Hacía la limpieza, organizaba las oficinas y cuando entraba el personal se encargaba de mensajería.
Al medio día, después de almorzar, limpiaba nuevamente y a las dos y media volvía con las vueltas administrativas. Por agilidad, buen desempeño y por sus capacidades, desde principios de año quedó contratada solo como mensajera.
Es mamá y papá a la vez, por eso debe trabajar fuertemente por educar a sus dos hijos: Jamipsi, de trece años, y Carlos Andrés, de ocho, además de mantener la casa de sus padres.
“Yare” recibe de su jefa inmediata el dato de las vueltas que debe realizar, los documentos, facturas y recibos que guarda cuidadosamente en su fiel compañero, el maletín negro, y en un block amarillo traza el recorido a seguir de acuerdo a las direcciones. No llega a la oficina sin antes conseguir lo encomendado.
Sus hijos quedan al cuidado de la abuela, y como no puede verlos a la hora de almuerzo, sagradamente llama para saber cómo están, cómo llegaron del colegio y darles instrucciones para adelantar las tareas.
Por la noche se encuentran los tres, madre e hijos. Yarelis llega cansada pero saca fuerzas para atenderlos, prepararles comida, hacer tareas, y alistar uniformes y libros para la jornada del día siguiente.
Su sueldo lo estira admirablemente para alimentarlos, pagar colegios, comprar los libros, las meriendas en la tienda, las medicinas si se enferman, vestirlos y festejarles los cumpleaños. Y le sobra para algún fin de semana llevarlos al parque del barrio y comprarles un helado, un perro caliente o una pizza.
Sueña con tener la posibilidad de llevarlos algún día a pasear un fin de semana a Cartagena o más lejos aún, a San Andrés.
Es cariñosa y complaciente en la medida de sus posibilidades; a Jamipsi y a Carlos Andrés les ha enseñado a conformarse con lo que les puede dar, pues no le alcanza para todo lo que ella desea proporcionarles y lo que ellos necesitan.
Quienes la conocen admiran su espíritu alegre y su tenacidad. A los treinta y un años recibió su diploma como bachiller. Ha realizado cursos de secretariado y de primeros auxilios en el Sena y entre sus planes está hacer un curso de muñequería para recibir ingresos extras.
Ver las notas escolares es la mayor recompensa a sus esfuerzos de madre, y sus mejores regalos las cartas de amor y los detalles comprados con los ahorros de las meriendas.
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