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Texto y fotos Pierinna Fiorillo
En medio del llanto de los niños comienza su día, con la alegría de nuevas vidas y la satisfacción del deber cumplido.
Olga Garavito es enfermera del Hospital Nazareth desde hace veinticuatro años, consagrada a los recién nacidos, con experiencias que la han hecho reír y llorar y que se han convertido en parte de su vida.
Los rostros de las madres sufriendo por la vida de sus pequeños hacen eco en su corazón, y sin pensarlo la afectan, porque cuando se es madre se siente el dolor y es inevitable pensar en sus hijos, que un día fueron unas criaturas. En ocasiones el estrés se apodera de la sala de partos, los corazones retumban en medio de la incertidumbre, la presión sanguínea se eleva, la paciente convulsiona y el final de la madre y su infante es irremediable. El corazón de Olga se paraliza por un segundo, por esa vida que no pudo ser y por la madre que murió luchando hasta la final por su hijo.
Cuando Olga vive historias de madres que desprecian a sus hijos, eso hiere su alma, porque para ella el regalo de ser madre es lo más bello que le ha pasado; o cuando llegan al mundo pequeños con insuficiencias cardiorespiratorias, no por azar, no por el destino, no por un capricho de la naturaleza, sino por la adicción a las drogas de esa madre. Aunque la historia no termina allí, a veces ella es VIH positivo y el padre también.
A pesar de las tristes vivencias, Olga le sonríe a la vida, porque ver las caras felices de otras madres es su mayor satisfacción.
También ha presenciado historias positivas, que le han sacado más de una sonrisa; como un padre que había tenido dieciseis mujeres, su última mujer estaba a punto de tener a su hijo número veintiséis y entre risas cuenta Olga que parecía el primero; le decía a la madre de su hijo que la amaba y recorrió el hospital mostrando a su hijo.
Cada parto es un riesgo y cualquier equivocación puede ser fatal, por eso Olga se colma de paciencia y expresa: a veces esta sala parece un circo, todos hablan al tiempo, los bebés lloran, las madres se quejan.
En la sala de maternidad del hospital siempre se hace lo humanamente posible para salvar la vida de la madre y su hijo, pero a veces no es suficiente y es allí cuando médicos y enfermeras recurren a la ayuda divina y sin explicarse cómo desde el punto de vista científico, la recuperación de la paciente es satisfactoria.
Luego de tantos ires y venires en el mundo de la maternidad, Olga decidió concebir a sus queridos hijos a los treinta y un años, confiesa que sentía temor por ellos por tantas historias que había visto, pero se llenó de valor y hoy es la feliz madre de tres niños: Yaneris, Belissa y Joel Arias; todo este proceso acompañada de su esposo.
Olga es una amante de la maternidad y los recién nacidos son su debilidad, por ser tan inocentes y porque necesitan los cuidados de una madre, que por unos minutos es Olga.
Los días en maternidad transcurren, Olga continúa dando luz a los ojitos de los recién nacidos y alegría al corazón de las madres.
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