Barranquilla, Viernes, 25 jul 2008 12:01:56 PM
  

María “La mona”Caamaño
La matrona de El Santuario



Texto y fotos LOOR NAISSIR

En una de las contadas calles destapadas del barrio El Santuario, en el suroccidente de Barranquilla, vive desde hace más de cuatro décadas María “La mona” Caamaño, líder innata, quien luchó para que los moradores del sector contaran con los servicios domiciliarios y de salud.

Era “la voz cantante y sonante” de comienzos de los años 60; la liberal “hasta las cachas”, como ella misma se define, que abanderó decenas y decenas de campañas para llamar la atención de los gobernantes de turno.

A sus 84 años, cumplidos el 7 de mayo, reconoce que valió la pena su trabajo comunitario, porque después de carecer de todo, El Santuario pasó a ser un barrio de familias amigas y de buenos vecinos.

“Las ironías de la vida”, dice con nostalgia. “Tanto pedir que pavimentaran las calles y la mía fue de las pocas que dejaron olvidadas”.

“La mona” habló con GENTE CARIBE en una de las bancas que tiene en la terraza de su acogedora casa, en medio del frescor que brinda un frondoso olivo, acompañado de trinitarias fucsias, cuyas flores caen por montones sobre el piso de baldosas.


Con su esposo Gaspar Hernández y sus hijos Gaspar, Cedric, Reynaldo, Johny y Luz Marina

Acababa de llegar de cobrar su pensión, la que obtuvo después de trabajar en la Fábrica de Licores del Atlántico. “Bellos tiempos en el que aprendí a hacer vinos de frutas”, recuerda, como también el día que le adjudicaron el terreno donde pudo hacer realidad su sueño.

Fue en 1963, convirtiéndose en una de las fundadoras del sector y en una de las que más ha durado en el barrio. Muchas se han ido al cielo y otras a diferentes lugares del planeta.

Por eso hablar del pasado no sólo le produce alegría, sino también nostalgia; y lo hace con lucidez, derramando una que otra lágrima.

“La mona” Caamaño llegó de Chinú, Córdoba, su tierra natal, a los 14 años -recién huérfana de padre-, con su mamá y sus siete hermanos, en busca de mejores horizontes.


Es devota de la Virgen de la Candelaria, a quien le tiene un altar en su patio después de haberle hecho un milagro

Como si fuera ayer recuerda que se ubicaron en la Calle Bolívar (41) con el Callejón Vesubio (Carrera 29), Chiquinquirá, donde conoció a Gaspar Hernández, el apuesto baranoero, maestro de obras, que le robó el corazón desde el mismo día que llegó a la puerta de su casa acompañando a su primo, el dueño de la vivienda que había alquilado su mamá.

“Después de casada, mi esposo le entregaba el sueldo a mi mamá para toda la familia. Fue y sigue siendo un hombre bueno”, dijo señalando con su mirada el otro extremo de la terraza, donde él está sentado, callado y en medio de las trinitarias que caían como lluvia.

Y remata reconociéndole de manera orgullosa que su casa se la construyó con el sudor de su frente, con la ayuda de sus hijos Gaspar, abogado; Cedric, licenciada en Biología y Química; Reynaldo y Luz Marina, arquitectos, y Johny, médico, quienes aprendieron a hacer mezclas y colocar ladrillos.

Detrás de esta aguerrida cordobesa, de temperamento fuerte, operada de corazón y con problemas en el ojo izquierdo, se esconde una mamá disciplinada, una abuela consentidora y sobre todo una mujer espiritual, devota de la Virgen de la Candelaria, a quien le tiene un altar en su patio después de haberle hecho el milagro de su vida: curarle la secuela de polio a su tercer hijo.

María “La mona” Caamaño sigue siendo tenaz, consejera y actualizada. Reconoce que todavía tiene “mucha tela por cortar” y de vez en cuando le jala las orejas a sus hijos, “porque soy la mamá”.





 
 


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