Barranquilla, Jueves, 2 sep 2010 9:27:42 PM

  

No habrá Carnaval

Morisqueta, Jairo Rendón, EL HERALDO

Por Lola Salcedo Castañeda

“Este año no hay carnaval
Porque son las elecciones
Carnaval tiene que haber
O se acaban las Naciones”


Primero fue un rumor. De esos que, a sotto voce, recorren la ciudad. Luego la radio esparció la mala nueva a todos los confines del departamento.

Y entonces, cuando ya la población amenazaba con levantarse —tanta gente se reunía en plazas, parques y esquinas—la elite no tuvo otra salida que anunciar por decreto su determinación: no habrá Carnaval.

Las razones expuestas iban desde la falta de presupuesto hasta la Seguridad democrática, pasando por la necesidad de dar una lección a los carnavaleros, tan corronchos, alzados y pretenciosos, creyéndose dueños de esta fiesta.

Una vez conocido el decreto, el dios Momo se despertó iracundo de la siesta que tomaba mientras le hacían los honores al Niño Dios y los Reyes Magos, temporada que siempre aprovecha para orear sus vestidos, afinar las gaitas y los millos, templar tambores e ir hablando en la oreja a los carnavaleros para inspirarles nuevas comedias, versos de letanías mas agudos y críticos, disfraces individuales y colectivos que saquen roncha y carcajadas, inspirar a las cumbiamberas en el diseño de su nueva pollera, hacer que la Muerte de El Garabato pierda el apetito, lograr que los Congos se pongan de acuerdo, que los animales tomen el cuerpo de los hombres, y sobre todo, que todos a una en Barranquilla comencemos a gemir de placer ante el solo advenimiento de la fiesta tradicional.

La ira del dios Momo insufló de mayor espíritu rumbero a los carnavaleros y sin que nadie les organizara desfiles y concursos, y sin recibir un centavo de operadores, Ministerio, fundaciones o empresas, salieron a la calle a vivir el Carnaval, contra decreto. Desde Rebolo, Chiquinquirá, San Roque y Las Nieves venían cumbiambas, toritos, congos y disfrazados al son de su música para encontrarse en el Paseo Bolívar con las danzas que bajaban desde Barrio Abajo, Montecristo y Boston. Y allí se armo la rueda de danza, sin vallas ni policías ni voces ordenando caminar más rápido. Todos se lucían a su ritmo.

Y en todos los barrios de la ciudad, los vecinos sacaron el picó más potente al andén, armaron su sancocho y engalanaron con palmas la cuadra. Y en los patios la rumba tronaba hasta altas horas de la noche en bailes alegóricos donde familias completas gozaban. Y en los alrededores del Romelio Martínez y el jardín del Amira estaba la feria de artesanías y disfraces.

Carnavalada abrió sus puertas en la 68 con 62; hubo Noche de Tambo en la Plaza de la Paz, La noche de la plebedad cumplió su cita en Barrio Abajo y en Mi Kioskito no paró la rumba. Y así, al cabo de cuatro días de bailar, reír, mamar gallo y comer pasteles, guandulada y arepa frita, el dios Momo se retiró tranquilo dejando a Joselito muerto en todas las esquinas de la ciudad…

(¡Páselo por inocente porque Carnaval siempre habrá, porque el Carnaval somos nosotros!)





 
 


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