Barranquilla, Martes, 9 feb 2010 9:50:14 AM

  

Poesía contra la muerte

Rómulo Bustos dibuja en su estudio. Foto: Mónica Llamas.

Por John J. Junieles

“En mi casa había un patio grande, y estar allí es mi primer recuerdo, aquel instante del que parte mi conciencia de las cosas. Debía tener seis o siete años. Había una zona para los juegos y los oficios, y otra que era el traspatio, había —diría yo— casi una mitología familiar sobre ese lugar, había referencias y advertencias de los mayores. Allá atrás, separado por una niebla de matas y objetos relegados estaba esa zona caótica, casi amenazante del traspatio. Mi especulación sobre lo que habitaba allí iba desde una gran víbora en la maleza, hasta las presencias, esa sensación atrás de uno de que algo observaba desde lo oscuro y que en medio del horror me hacía correr a casa”.

Así se explica Rómulo Bustos Aguirre ese tiempo epifánico que le quedó grabado por siempre. Hoy ese muchacho absorto o contemplativo ante el patio es un hombre que calza sus días en Cartagena de Indias. Atrás en la memoria queda Santa Catalina de Alejandría, el pueblo a cuarenta minutos de Cartagena, donde nació en 1954. Allí transcurrió su infancia, esa ínsula solariega a la que vuelve en muchas líneas de su obra, compuesta hasta hoy por los libros de poemas: El oscuro sello de Dios (Cartagena, 1985), La estación de la sed (Bogotá, 1988), Lunación de amor (Cartagena, 1988), En el traspatio del cielo (Bogotá, 1993), Palabra que golpea un color imaginario (Sevilla, 1996) y Sacrificiales (Madrid, 2007).

Mundo Adentro. John Junieles: Háblenos de su infancia en Santa Catalina.
Rómulo Bustos: Soy el último de una familia de ocho hijos. He tenido siempre una estrecha relación con mi madre, Blanca Aguirre, y en ese sentido me confieso edípico. La imagen de mi padre cuando niño es alejada, pero por razones obvias, gran parte del tiempo él vivía trabajando en Barranquilla.

Después de una mala racha comercial, mi padre se trajo la librería que tenía; eran cajas llenas de libros, que se acomodaron en dos estantes de madera, y luego colocó un utópico letrero en la puerta de la casa: Biblioteca Pública de Santa Catalina de Alejandría. El pueblo no tenía una tradición de lecturas y menos de bibliotecas. Mi padre se volvió un caso raro, mi casa era la única donde llegaba la prensa; es más, él distribuía personalmente un periódico campesino entre los vecinos del pueblo. Mi padre era de filiación liberal, y se mantuvo cercano a movimientos sociales, como Los Cuerpos de Paz de la Alianza para el Progreso.

J.J.: ¿Esa cercanía intelectual con su padre lo induce a leer y escribir?
R.B.: En cierta forma sí, pero en realidad, los libros estaban allí, eran presencias demasiado cercanas para obviarlas. Allí, a la biblioteca, iban a estudiar todos los muchachos, y yo era quien les indicaba la ubicación de los libros y colaboraba con sus tareas. Eso me permitió entender tempranamente el beneficio de los libros.

¿Qué lectura inicial le impresionó?
Entre los primeros libros, recuerdo a uno en especial que me llegó a través de mi madre, quien lo leyó primero. Ella leía también, más o menos, y me habló mucho de ese libro, era La casa de los siete tejados, una novela de Nathaniel Hawthorne. Me gustó su ambiente de mesmerismo, creo que aquello en mí fue fascinación. Recuerdo también muchos textos de El tesoro de la juventud, una bella colección que a más de uno le descubrió el mundo.

¿Algunos amigos de infancia le acompañaban en ese gusto por la lectura?
Había, por supuesto, amigos para los juegos, el caballo de palo, rondas de canto como el vasito con agua, el mirón mirón, vaqueros e indios, —nunca aprendí a tirar del trompo—, pero en mi inclinación a la lectura tenía pocos acompañantes, por no decir ninguno. Ese gusto me hizo, a sus ojos, muy distante y solitario. De hecho, hablando de esa época con mi madre, me ha dicho que la imagen que siempre guarda de mí es esta: yo sentado en una gran mecedora tras un libro, mostrando solo las manos y los pies, como si estuviera dentro del libro.

El transplante. Rómulo Bustos llega de nueve años a Cartagena de Indias. Una decisión familiar, pues los hermanos mayores necesitan estudiar bachillerato y en el pueblo no había la oportunidad; algunos ya se habían venido a la ciudad y estudiaban mientras vivían en casa de parientes.

Bustos estudia su bachillerato en el Liceo Bolívar, que era para entonces un colegio ideológica y políticamente muy activo, abierto a nuevas ideas. “No fui de una militancia practicante —dice—, no me acerqué tampoco a una ideología de manera total, fue en la Universidad de Cartagena donde entré en contacto con cierto tipo de doctrinas. El hecho de comenzar a estudiar Derecho fue algo azaroso, era la facultad que más se remitía a las Humanidades. Sé que es una tendencia universal del escritor a creer que las leyes son una variante de la literatura, en las biografías de muchos se da este caso, unos los abandonan decepcionados, otros lo terminan y no lo ejercen por nada del mundo, como yo”.

¿Qué ocurre creativamente durante su estancia en la Universidad de Cartagena?
Hay un acercamiento a la literatura, lo cultural. Comienza a darse un proceso de alinderamiento, surgen amigos, intereses comunes, gustos. En esta época surge el Cine-Arte Bolívar, que comenzó a gestarse con un grupo de cinéfilos, entre los que estaban, según recuerdo, Amaury Arteaga, Gustavo Taylor, Pedro Maciá, Alfonso Múnera, Hugo de Ávila, César Ashook y Libardo Muñoz.

En esa edad las irresponsabilidades eran plato diario, uno practicaba toda clase de críticas, esa actitud crítica se disparaba en diversas direcciones. Escribí crítica de cine, por supuesto, pero también de literatura, teatro y artes plásticas. En ese momento la ciudad estaba huérfana de ese tipo de necesarias confrontaciones, y como grupo fuimos sintiendo la necesidad espiritual de hacerlo, de cuestionar lo que veíamos para conocer su valor real.

Del tránsito y la espera. Háblenos de su primer libro.
El oscuro sello de Dios apareció en 1988. Lo escribí entre 1984 y 1985. Un libro introspectivo, en el que hay un proceso interior, un desplazamiento a preocupaciones personales, generado, entre otras cosas, por un desencanto de los procesos políticos.

En ese entonces encontré a Borges, comencé a leerlo y lo encontré muy cercano. Borges no era muy amado por los izquierdistas, surgió en mí un conflicto interior, traté de conciliar, pero no pude. A partir de esa lectura Borgiana, hay una transformación de la poética, se vuelve más intimista, fue una experiencia definitiva, su tránsito le dio sentido a mi vida. Creo que siempre seré dos cosas, edípico y borgiano, siempre lo seré: es una actitud ética ante la vida, una manera de relacionarse con las cosas, con los seres, algo que podríamos llamar estoico, una búsqueda de la serenidad y la templanza del ser.

¿Cuáles son a su juicio los pelos y señales de su obra?
En ella hay una preocupación por las esencias, soy muy amigo de su búsqueda. Tiendo a la semilla y no a las ramas, por eso no soy prosista. Tiendo a aquello que perdura, que centra. Yo tengo una pésima memoria. Solo me queda una atmósfera de las cosas, de la gente, de los hechos que me pasan. Solo me queda aquello que las retrata más íntimamente. Soy malo para los pormenores, eso me pasa especialmente con la música: me atraen aquellos ritmos que tienen vibración, que yo siento religiosa, una religiosidad vívida, como la de Juan Sebastián Bach.

Pienso en toda la música de raíz afrocaribeña, la siento cercana, hay un alto manejo de sensualidad. En la música, Dios y el diablo pactan, el baile lo siento como todo un éxodo umbilical. Cuando oigo una música que me gusta, no sé quién es el timbalero, quién canta, de quién es la guitarra, a mí me interesa la música que está ahí, tóquela quien la toque, su semilla. De hecho procuro escuchar música desde temprano, ayer escuché mucho a Joe Cuba, aunque prefiero otros con más cadencias, Cachao, la orquesta Broadway, por ejemplo.

En la esencia, como le decía, está la belleza, esa que se encuentra realmente en una que otra línea aislada del texto, alrededor de ellos hay una red vacía, por eso intento eliminar distractores. La idea mía es tratar de aislar esos momentos de rebosamiento poético, a través de los que uno se pone en contacto con las presencias, esas cosas que tú descubres a través del budismo zen, en Kayham.

¿Eso hace que el lector sienta como si un monje japonés estuviera escribiendo sobre el Caribe?
Hay dos árboles que a mí me recuerdan mucho lo japonés, los veo a ellos y pienso en eso enseguida, es el caso del matarratón y el roble. Esa honrosa relación que usted hace proviene de una relación directa con el paisaje, el paisaje asumido místicamente, esas son perspectivas propias de la cultura oriental.

Llevo una relación peculiar con las plantas —no tanto con los animales—, de hecho siempre trato de rodearme de plantas y de flores, y creo que tiene que ver de alguna manera con la suavidad misma de la planta, su existencia tan generosa de silencio.

¿Qué es el silencio para usted?
Sobre el silencio se ha especulado mucho. Es uno de los mitos del quehacer poético. En cuanto al silencio constitutivo de personalidad, procuro comenzar desconfiando de las palabras y de su posibilidad real de comunicación entre los seres. Esa actitud mía, silenciosa, tiene que ver mucho con una actitud de cortesía existencial con la gente.

Sacrificiales. En su último libro, Sacrificiales, usted parece seguir indagando esa unidad que presiente en medio de la diversidad del mundo.
Intención de unidad sí, pero de unidad fragmentada. En esa medida presenta una diferencia con relación a los primeros poemarios, que son, digámoslo así, libros más construidos. Pienso que en Sacrificiales ese elemento contradictorio se da en diversos niveles de la escritura, así, junto a textos netamente líricos se apela a lo anecdótico, como tú señalas, por ejemplo, o junto a lo intimista puede aparecer lo irónico y humorístico. Hay un deliberado doble registro. La imagen de lo siamés nutre el conjunto. Dije deliberadamente, y sin embargo no fue tan así, más bien dejé que la cosa fluyera, prefiriendo que el diálogo contradictorio con mis otros ‘yo’ hablara. En ese sentido, como dice algún poema del libro, no escribí, sino que me dejé escribir... Por otra parte, acudir a la anécdota (no al anecdotismo) es otra manera de buscar la esencialidad, el despojamiento de toda bisutería retórica, por un camino inverso: no ya a través de la compactación lírica, sino de la apertura y desnudez narrativa.

¿Cómo se siente frente a la brevedad o la extensión de lo que se publica hoy en día?
No se trata de brevedad o extensión del género sino de profundidad versus superficialidad. A lo que le tiene pánico el mercado es a la profundidad. La profundidad es desalienadora. El opio del pueblo no es la religión sino el marketing. El mercado siempre apuesta a la trivialidad, deformando el gusto. Cierto aspecto del espíritu de lo postmoderno tiene su parte en el asunto: queriéndolo o no, abre las puertas a la banalización, a una estética light. Yo creo que el peligro se cierne sobre todo sobre la narrativa, no sobre la poesía que, para bien o para mal, siempre ha estado fuera del mercado.

La poesía ocurre especialmente en escenarios marginales del juego editorial: festivales de poesía y sobre todo en el encuentro secreto del poema y el lector. En la narrativa el asunto es, literalmente, a otro precio. Entonces están allí los sabidos concursos editoriales amañados y el carnaval promocional. El resultado es esa especie de seudo-canon light de la nueva novela colombiana: Rosario Tijeras, Satanás, Al Diablo la maldita primavera, etc., etc. Creo que buena parte de la mejor literatura colombiana se está haciendo en la poesía; pienso, por solo mencionar tres nombres, en tres excelentes poetas, desconocidos desde luego por los medios y las casas editoriales, como Gustavo Ibarra Merlano, Jorge Cadavid y Jorge García Usta.

¿De qué se habla cuando los periodistas culturales hablan de globalización en literatura?
Se me ocurre que el término globalización es un término poco pertinente en relación con la literatura. Hablar de literatura globalizada encierra una contradicción insalvable. Es un término que funciona para la economía, la tecnología en los medios masivos de comunicación. La literatura, en rigor, siempre ha aspirado a la universalidad, algo bien distinto de la globalización, es decir, a ahondar en la compresión intemporal del alma humana. Globalización, en literatura, finalmente es banalización, homogenización, y eso es por principio, negación del arte.

Al escritor auténtico, del Caribe o de cualquier otra latitud, lo que le corresponde, en un momento de trivialización de la cultura en general, es potenciar el ánimo vigilante en la profundización de la condición humana. Por otra parte, esto es lo que siempre ha hecho la literatura, pues en toda época ha habido trivialidad, solo que ahora estamos ante una forma espectacularmente virulenta, patológica de la trivialidad, y este es, realmente, un aspecto perverso de los mass media.

Puede ser hasta paradójico, como en el caso de Giovanni Quessep, que se podría considerar el más costeño de los poetas costeños, precisamente por ausencia de costeñidad. Acaso la melodía, el ritmo —dirán algunos reduccionistamente—, pero esto no es privativo de los costeños... ahí tenemos al muy cachaco y muy melódico Silva. Por otro lado, la existencia y sobre todo la conciencia de una tradición literaria regional caribeña es algo relativamente nuevo. Hasta hace muy poco los manuales de literatura para enseñanza media (que además, por supuesto, no se hacen en la Costa) excluían al Tuerto López, o a nuestras cifras más altas como Héctor Rojas Herazo.

¿Qué significa la poesía, o lo poético, para usted?
Cuando me indagan por eso siempre recuerdo el mito de Orfeo, quien busca por medio del canto a Eurídice que ha caído en el averno. Para mí, la poesía es un propósito ético para contrarrestar la muerte. Estoy más cerca de la idea de que Orfeo no debe cambiar la vista para no ver a Eurídice desvanecerse en el infierno, tiene que mantener la mirada y ver su pérdida, el acto de desaparecer. Esta es la esencia del asunto.

John Jairo Junieles: Sincé, Sucre, 1970. Periodista y escritor. Su libro más reciente es Con la luz que me queda basta (Cuentos, Panamericana Editorial, 2007). En 2002 obtuvo el Premio Nacional de Literatura Ciudad de Bogotá.





 
 


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