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Por Carlos Polo
¿Qué pensaría Bram Stoker si su Drácula pudiera caminar tranquilamente bajo sol? ¿Si en vez de hacerse cenizas entre agónicos lamentos, su piel estallara en destellos brillantes haciéndolo lucir más bello a los ojos de una niña adolescente? ¿O si este macabro hijo de la oscuridad decidiera, de un momento a otro, convertirse en vegetariano, asistir al colegio como cualquier chico del común y negar todas las raíces que lo conectan con las fuerzas del mal para convertirse en un filántropo niño bonito, más cercano a los príncipes de los cuentos de hadas que a esa criatura terrible, inspirada en el temible conde Dracul? Si este excéntrico príncipe rumano, musa de las más escalofriantes leyendas, se viera rebajado a un soso ‘Backstreet Boy’ de colmillos blandengues y súper poderes al servicio del amor, Bram Stroker se revolvería en su tumba.
Tal vez Ann Rice, la célebre literata de la estética vampiresca, autora de la exitosa saga de Crónicas vampíricas, nunca imaginó que sus vampiros —que preservaban mucho del romanticismo oscuro de las viejas historias de terror de Stoker, Poe, Varney y Lovecraft— estarían abriendo el camino para una nueva saga tan exitosa como contraria a la esencia misma del mito. Como si nos trasladáramos de la brumosa y fría Transilvania a la resplandeciente Disneylandia, aparece en escena Stephenie Meyer, una nativa de Phoenix, Arizona, madre de tres hijos y practicante de la religión Mormona que estudió literatura inglesa en la niversidad Brigham Young, en Utah. Esta ama de casa se convertiría de un momento a otro en el máximo referente de la literatura fantástica y juvenil, desbancando a la ya archimillonaria J.K. Rowling, creadora de Harry Potter. Según Meyer, la idea para escribir Crepúsculo (cuya saga fue editada en Colombia por Alfaguara) le llegó por vía onírica, como una especie de revelación mientras dormía. Esa sería la semilla de una moda, una nueva mirada a un universo que llevaba décadas consagrado a unos referentes eróticos, sensuales, nocturnos y sanguinarios.
Pero los vampiros de Meyer caminan libres de pecado, se alimentan de sangre animal, algunos leen la mente, otros corren a gran velocidad, predicen el futuro, son terriblemente bien parecidos (¿Qué sentiría Nosferatu?) y se pasean por su pueblo en un lujoso Volvo último modelo.
Crepúsculo no es más que una historia de amor adolescente entre Edward Cullen —un vampiro de aproximadamente 200 años que ha vivido lo suficiente para convertirse en una mezcla de misterioso intelectual francés, sabio oriental y musculoso deportista gringo, con un físico de semi-dios griego, según las pretensiones de Meyer— y Bella Swan, una chica corriente, tímida, de pocos atributos físicos, un tanto precoz e intuitiva, que se enamora perdidamente del vampiro galán. A partir de ahí Meyer entreteje una trama que salta del inocente y amor puritano entre los dos personajes hasta una serie de intrigas y episodios fantásticos que hacen recordar series para TV como Smallville (Warner Brothers) y otro par de enlatados televisivos como Buffy la caza vampiros y Ángel, de la cadena Fox.
Sobre el libro podemos decir que la autora conoce muy bien el segmento del mercado al que se dirige y maneja con gran inteligencia los hilos conductores de su historia. Meyer sabe cuándo detenerse, cuándo aumentar la tensión y cuándo soltar los nudos para que sus jóvenes lectores queden atrapados sin remedio en una trama cuya escena final transcurre en el marco de la ya famosa fiesta de graduación, máximo cliché del sentir adolescente norteamericano.
Sin embargo, la cantidad de niñas y adolescentes que llevan los libros de la saga en sus morrales escolares es incalculable. Páginas Web a lo largo y ancho del globo en donde los chicos leen, interactúan y comentan son señales de una verdad que se dice con los labios apretados: “Los jóvenes sí leen”. Meyer ha puesto a soñar a millones de chicas con encontrar su vampiro azul, galante, misterioso, con el poder de leer la mente, la fuerza sobrenatural y el físico de un Adonis contemporáneo “con buenos sentimientos”.
Todo este éxito rotundo e incuestionable nos concede una deducción interesante: si queremos volcar la atención de los chicos hacia la literatura, debemos saber disparar los impulsos motivacionales adecuados, conocer sus referentes y preferencias, saber con qué se sentirán identificados, hacer que la lectura se les convierta en algo cercano, fácil de digerir y, sobre todo, en una experiencia placentera.
Crepúsculo no será una obra inmortal que le pelee un puesto a cualquiera de los ya consagrados clásicos de la literatura universal, pero sin ningún asomo de duda es un libro iniciático que puede convertirse en punto de partida para adquirir el hábito de leer, lo que además debe ser el objetivo final de cualquier profesor de literatura: transferir el sueño y la pasión por la palabra, y acabar de una buena vez con los altos índices de analfabetismo funcional que tanto aquejan a la sociedad en general.
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