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Uribe se cuida de no cortarse los pies con los restos de botellas, le dice buenos días al muchacho que vende cervezas. Se acerca a la orilla. La señora que vende cigarrillos y chicles le da un leve empujón a su hijo y el niño, del golpe, salta dos pasos más cerca del Presidente.
Uribe lo saluda con diminutivos y lo acaricia con ternura; su mamá se lo contará a las vecinas por la noche. El Presidente se deja mojar, siente que el calor cede y se relaja. Uribe Vélez no le teme a nada, se sabe inmune a esas aguas que bajan de la Sierra Nevada y que una vez convirtieron a una niña desobediente en sirena.
Sus guardaespaldas, vestidos de negro en este calor húmedo y con gestos imperturbables tras las gafas oscuras, se quitan los zapatos de cuero, se doblan los pantalones hasta las rodillas y se quedan, con sus blancas y transparentes piernas sumergidas en el Guatapurí, vigilando el perímetro.
Los sonidos de sus radios se mezclan con el suspiro de la gente. Hay tantos escoltas sudorosos alrededor de Uribe Vélez que apenas se puede ver. La multitud se mira y comenta lo sencillo y buena gente que es el Presidente. Cerca a los escoltas, los periodistas y camarógrafos, huyendo de los 35 grados, bajo la escasa sombra de los árboles que se acercan a la orilla, apuntan las cámaras al Presidente, tienen un compromiso con el país.
Mientras el agua lo acaricia y todos lo miran hacer nada, Uribe se adentra en la suave corriente e intenta nadar en un río tan seco que apenas moja su pantaloneta negra. El niño que había sido bendecido minutos antes por el saludo del Presidente de Colombia agarra la falda de su mamá y le dice, sin separar los ojos del cuerpecito blanco que chapotea en el agua:
–¡Mamá! ¡Ese cachaco no sabe nadar!
La cámara lenta se acelera, los coros atmosféricos se rayan como un acetato viejo, los parlantes desaparecen, un murmullo se apodera de todo, los guardaespaldas comienzan a cansarse, el vendedor de butifarras golpea de nuevo y con fuerza su olla de aluminio, los vendedores de cerveza, mango, cigarrillos, los ladrones, los clavadistas y los cuidadores de carros recuerdan que tienen hambre. La señora mira a su hijo y una risa burlona se filtra por los labios de todos.
Carros, voces, ruidos, indiferencia y bostezos se escuchan por todas partes.
Cuando el Presidente se siente satisfecho de su acostumbrado baño en el Guatapurí, sus guardaespaldas, con los pantalones remangados y un poco mojados en las puntas, lo ayudan a salir para que no se resbale sobre las piedras.
Uribe emerge del agua, pero ya nadie lo ve de la misma manera. Después del baño en el río y el comentario del niño, Uribe ha mutado. La leyenda de la sirena resultó ser cierta. Uribe ya no es el mismo. Salió del río como un cachaco pálido que no sabe nadar, como un ser humano. La leyenda del Guatapurí continúa.
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