Barranquilla, Jueves, 2 sep 2010 10:12:29 PM

  

La leyenda continúa


Por Juan José Castillejo Mz

Las sirenas son monstruos malolientes de películas gore. Mentiras: son anfibios hermosos que se enamoran de Tom Hanks, manatíes confundidos por conquistadores europeos, mezzosopranos antropófagas de altamar, estatuas con senos operados, ruidosos dispositivos de ambulancias, ballenatos en un viaje de ácido, una niña malcriada que desobedeció a su mamá en Semana Santa y se bañó en el río Guatapurí o peces gordos con cuerpo de niño y cabeza de niño que intentan agradar metiéndose en el agua.

El agua del río Guatapurí siempre está fría y la mayoría de las veces, tan cristalina, que deja ver a los pescados famélicos y desesperados que se comen las sobras de un mango que la gente les tira; quizá alguna vez ellos también fueron a pasear al río en sus dos patas y el agua cumplió su leyenda.

Los vendedores de cerveza, butifarra, mango y cigarrillos, los ladrones, los clavadistas y los cuidadores de carros circulan mirando a los soldados que pululan asimétricamente. Ante la particular agitación, los visitantes habituales del balneario presienten que el Presidente los visitará de nuevo.

Varias camionetas y un bus se detienen a unos metros de la entrada de la Universidad Popular del Cesar. Silencio. La puerta del bus se abre muy despacio. Todo se mueve en cámara lenta y una atmósfera ceremonial parece despertar un coro de sirenas amplificadas que emergen desde el fondo del río.

Álvaro Uribe Vélez aparece detrás de la puerta y baja sonriente, con una camiseta blanca de cuello redondo estirado que esta vez no se quitará, y una pantaloneta negra sintética que deja ver sus gruesas rodillas. Luce mucho más bajo que en televisión. Su piel demasiado pálida llama la atención de los mulatos, quienes han suspendido sus vidas cotidianas para verlo llegar.

Mientras camina los pocos metros del empinado sendero que separa la calzada de la orilla del río, el tiempo empieza a estirarse. Rostros humildes y sorprendidos se fijan en él. Uribe le sonríe a la señora de las empanadas; ella se lo contará a sus nietos.


Uribe se cuida de no cortarse los pies con los restos de botellas, le dice buenos días al muchacho que vende cervezas. Se acerca a la orilla. La señora que vende cigarrillos y chicles le da un leve empujón a su hijo y el niño, del golpe, salta dos pasos más cerca del Presidente.

Uribe lo saluda con diminutivos y lo acaricia con ternura; su mamá se lo contará a las vecinas por la noche. El Presidente se deja mojar, siente que el calor cede y se relaja. Uribe Vélez no le teme a nada, se sabe inmune a esas aguas que bajan de la Sierra Nevada y que una vez convirtieron a una niña desobediente en sirena.

Sus guardaespaldas, vestidos de negro en este calor húmedo y con gestos imperturbables tras las gafas oscuras, se quitan los zapatos de cuero, se doblan los pantalones hasta las rodillas y se quedan, con sus blancas y transparentes piernas sumergidas en el Guatapurí, vigilando el perímetro.

Los sonidos de sus radios se mezclan con el suspiro de la gente. Hay tantos escoltas sudorosos alrededor de Uribe Vélez que apenas se puede ver. La multitud se mira y comenta lo sencillo y buena gente que es el Presidente. Cerca a los escoltas, los periodistas y camarógrafos, huyendo de los 35 grados, bajo la escasa sombra de los árboles que se acercan a la orilla, apuntan las cámaras al Presidente, tienen un compromiso con el país.

Mientras el agua lo acaricia y todos lo miran hacer nada, Uribe se adentra en la suave corriente e intenta nadar en un río tan seco que apenas moja su pantaloneta negra. El niño que había sido bendecido minutos antes por el saludo del Presidente de Colombia agarra la falda de su mamá y le dice, sin separar los ojos del cuerpecito blanco que chapotea en el agua:

–¡Mamá! ¡Ese cachaco no sabe nadar!

La cámara lenta se acelera, los coros atmosféricos se rayan como un acetato viejo, los parlantes desaparecen, un murmullo se apodera de todo, los guardaespaldas comienzan a cansarse, el vendedor de butifarras golpea de nuevo y con fuerza su olla de aluminio, los vendedores de cerveza, mango, cigarrillos, los ladrones, los clavadistas y los cuidadores de carros recuerdan que tienen hambre. La señora mira a su hijo y una risa burlona se filtra por los labios de todos.

Carros, voces, ruidos, indiferencia y bostezos se escuchan por todas partes.

Cuando el Presidente se siente satisfecho de su acostumbrado baño en el Guatapurí, sus guardaespaldas, con los pantalones remangados y un poco mojados en las puntas, lo ayudan a salir para que no se resbale sobre las piedras.

Uribe emerge del agua, pero ya nadie lo ve de la misma manera. Después del baño en el río y el comentario del niño, Uribe ha mutado. La leyenda de la sirena resultó ser cierta. Uribe ya no es el mismo. Salió del río como un cachaco pálido que no sabe nadar, como un ser humano. La leyenda del Guatapurí continúa.





 
 


COPYRIGHT © 2007 EL HERALDO LTDA. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

Prohibida su reproducción total o parcial, asi como su traducción a cualquier idioma sin autorización escrita de EL HERALDO.COM.CO