Barranquilla, Viernes, 12 mar 2010 5:41:24 AM

  
Escribir me lleva a otra realidad: Evelio Rosero


Rosero retrata en su novela un fresco de la condición humana en medio del conflicto colombiano.


Por LUIS CERMEÑO Y ANDRÉS FELIPE ESCOVAR

Entramos al café del planetario confiados en que sólo habían pasado tres minutos más de la hora acordada para nuestro encuentro con Evelio Rosero Diago (Bogotá, 1958), escritor que se hizo al segundo premio Tusquets de novela (2006) por su obra Los Ejércitos. Convencidos de que seguramente llegaría un poco después, nos sorprendimos al ver que ya nos esperaba sentado en una de las sillas que estaban al aire libre, con una taza de café terminada. La tarde estival del sábado y el silencio que se quedaba a medias concordaban con su presencia tranquila.

Aunque debido al galardón obtenido en 2006 por esta obra que transcurre en un pueblo imaginario del país en el que se desarrolla el conflicto armado (Rosero decide abordar no la situación de los diferentes ejércitos, sino la cuestión humana) el autor se ha visto obligado a conceder numerosas entrevistas —gajes del oficio que no le parecen del todo cómodos—, y a pesar de encontrarse en medio de la escritura de su próxima novela, el autor tuvo la disposición de charlar sobre su última novela publicada e interesantes detalles de su proceso creativo.

¿Qué piensa de los concursos literarios?
Es una cuestión de azar. Yo no escribo para concursos, siempre hice hincapié en eso; descreo de un escritor que escriba una obra con el fin de ganarse un premio literario; los premios son un criterio de selección que puede ser erróneo o atinado, pero no señalan directamente la calidad de una obra. Los premios sirven para que el escritor pueda desentenderse de otros oficios con la bolsa que recibe —si hay bolsa, y si la recibe—, pero un premio literario no señala la calidad de una obra. Juan Carlos Onetti participó en un concurso que para él era vital porque estaba muy mal económicamente y quedó de segundo y ganó Ciro Alegría y creo que la obra de Juan Carlos Onetti es mucho más importante que la de Alegría.

En esta novela subyace una crítica hacia el lenguaje que usan algunos medios de comunicación para tratar el conflicto. En contraposición, ¿cómo ve usted ese compromiso de la literatura con la realidad?
Creo que la literatura da fe de la condición humana, muestra los problemas más íntimos de la sociedad. Y, por supuesto, la literatura en nuestro país no podría ser la excepción; arroja luces más humanas, más directas. Creo que mediante la literatura se puede remecer al lector sobre su realidad. Eso fue lo que me propuse; hacer una obra literaria, una novela, no esgrimir argumentos políticos ni sociológicos. No pretendía sentar mi posición frente a este problema sino describir esa realidad de manera descarnada. Que el lector se cuestione a partir de lo leído.

El deseo atraviesa de principio a fin Los ejércitos, ¿cómo se inscribe el Eros y el Thanatos en medio del conflicto?
El Eros es la vida misma, la alegría, el deseo. Yo creo que un hombre empieza a morirse cuando pierde el erotismo, cuando pierde la admiración por la belleza. El profesor Ismael (el anciano jubilado que junto a su mujer Otilia son dos de los personajes principales de la novela), a sus 70 años, está más vivo que otros porque desea, porque admira la belleza de su vecina, no solamente la vecina en sí sino lo que ella representa: el símbolo de la mujer. Me parece que esa es una de las esperanzas que tenemos: la alegría del sexo, y además el humor. Nuestro pueblo se caracteriza por el humor, y eso ya es una respuesta del espíritu. En mi novela hay humor, y el erotismo también es representativo de mis obras. Juliana los mira, que fue la primera novela que publiqué en España, es plenamente erótica; es una novela de amor entre dos niñas: Juliana y Camila. A lo largo de mi historia literaria mis novelas no ignoran el erotismo, lo viven, lo comparten.

Tomando distancia del discurso literario actual que trabaja el tema urbano. ¿Por qué la necesidad de escribir sobre un pueblo como San José? Más teniendo en cuenta que actualmente si se trata de escribir sobre un pueblo de una vez el trabajo se etiqueta como realismo mágico, exotismo, tropicalismo o se lo afilia a lo bucólico.
En Bogotá y en las grandes ciudades colombianas no vivimos la guerra de cerca como sí la están viviendo en nuestros pueblos. Uno va a un pueblo retirado y allí se está padeciendo la guerra visceralmente. La llegada de los guerrilleros, un día; a la semana siguiente la llegada de los paramilitares o la misma llegada de los militares que se apartan de la Ley y permiten masacres, o las ocasionan. Ya no importa saber de qué ejército se trata. La conclusión es la misma: la muerte.

Como autor ya había trabajado el tema de la ciudad en Plutón, una novela urbana, extensa, y en mis cuentos: Las esquinas más largas. Cuando me acerqué al tema del secuestro y la violencia pensé que lo mejor era un pueblo, San José, que puede ser cualquier pueblo de Colombia…hay, además, varios San José de verdad en diferentes regiones del país, un pueblo que padece en carne propia la guerra. Por eso mi elección.


En 2006, Los Ejércitos se llevó el Premio Tusquets Editores.


Alguna vez dijo que luego de escribir la novela Juliana los mira, la protagonista había quedado más viva y usted más muerto ¿Aún se acerca a la muerte cuando escribe?

Yo me refería, de una manera metafórica, al oficio de escritor. Cuando uno empieza a escribir una novela se abandonan muchas cosas. Abandona a los amigos o los amigos terminan abandonándolo a uno. Por lo menos en mi caso. De manera que uno se va quedando solo mientras escribe y se va alejando de lo que antes lo alimentaba a uno en su cotidianidad. Quiero decir, se mete uno en otra realidad, puede ser la realidad del país, pero está metido en una realidad diferente a la que el autor vive o vivía cuando tenía sus amigos. De allí la metáfora. Yo siento que me voy eliminando, me voy acabando a medida que escribo una novela. Entrego todo mi ser. Me siento más viejo cuando acabo una novela. Pero me siento bien porque eso es lo que quiero hacer. Ese es mi propósito. Yo no me explicaría la vida de otra manera si no fuera escribiendo. Por eso afirmé que al final de la novela me sentía más muerto y mi personaje más vivo.

En el momento de iniciar la escritura y trazar los personajes, surge esa sensación de que los personajes se tornan infinitos, inabarcables. ¿Cómo afrontar un personaje en el momento de emprender la escritura, ya sea de un relato o una novela?
Hay personajes que para uno eran importantes al comenzar a escribir y a medida que empiezan a transcurrir las páginas y los capítulos de la obra van perdiendo su fuerza. Otros que eran secundarios se van imponiendo. La novela es un descubrimiento permanente de situaciones, de personajes que se imponen, de otros que desaparecen. La novela es algo vivo. Tiene que serlo, o de lo contrario sería mejor irse al cine. Eso es, precisamente, lo que más conforta y alimenta de la obra literaria, que también está viva. Y uno vive con ella, padece con ella. En mi caso, cuando duermo, no dejo de escribir, también sigo escribiendo. Tengo pesadillas con los personajes. Y ellos dejan de cercarme sólo con el punto final.

¿La búsqueda de tema es una empresa deliberada o llega como un chispazo, fruto de una frase tal vez?
No es deliberada, es espontánea. Y el tema es algo que de pronto a uno lo invade, lo conmociona más que otros temas. Podría, por ejemplo, seguir trabajando sobre el tema del secuestro. Podría hacerlo, pero no es lo que a mí me gustaría hacer porque ya lo desarrollé a mi modo, hasta la médula, hasta lo que pude, en Los Ejércitos y En el lejero.

Aludiendo a la afirmación de Borges, ¿considera que es más civil leer que escribir?
Yo no sé si es más civil, pero sí mucho más placentero. A mí me encanta leer, como a todos los que leen. Es divertidísimo leer. No hay que hacer mayor esfuerzo, sólo el de encontrar un próximo buen libro, o releer el libro o los libros que más nos impactaron. Ya se ha hablado del placer de la lectura. Pero escribir es otra cosa. Escribir significa una elaboración, un trabajo, una disciplina muchas veces conflictiva o desesperanzada, o desesperada, porque no salen las cosas como queremos. Se apunta a la luna y no se llega ni al techo de la habitación donde escribimos. Esa es la paradoja que asumen contra viento y marea los escritores.

Vemos muchos escritores escribiendo continuamente en revistas y periódicos. Siendo usted comunicador social parece mantenerse al margen de esta tendencia, ¿obedece a una postura personal o simplemente no le interesa?
Me gusta leer columnas de periódico y crónicas, pero no escribirlas. Yo prefiero dedicar todo mi tiempo de trabajo a la novela, que es el género literario que desde hace años ocupa toda mi atención. Admiro al catedrático y periodista que también es novelista. ¿Cómo hace? La novela es una amante que requiere toda la atención. No admite otras amantes, me parece. O, por lo menos, yo le soy fiel, y soy de una fidelidad feliz. Me han pedido de algunas revistas ser colaborador, pero dije que no. Prefiero dedicarme en cuerpo y alma, y vida y sombrero a lo que más me gusta. Soy más útil, para mí, para ustedes, elaborando y reelaborando y volviendo a elaborar un capítulo de novela que engolosinando y sorprendiendo al público con un artículo periodístico, como tantos lo hacen, a diario.

Un novelista a la hora de escribir no se nutre necesariamente de novelas únicamente. En el momento de escribir ¿qué lecturas le gustan o con qué alimenta sus novelas?
Todo. Todo alimenta a un novelista. La calle, el cine, la televisión, no hacer absolutamente nada durante un día, o dos, o tres… la charla aparentemente efímera de un ama de casa con su vecina, la conversación oída al azar en una esquina, todo lo va alimentando a uno a medida que escribe una novela. Lograr entender un ensayo científico. Aprender de panadería, estudiar la flauta, leer la biografía de quien sea. Cualquier cosa que aparentemente no tenga relación con la literatura lo está alimentando a uno. Estudiar sobre la vida de las mariposas. Gritar. Bailar. Amar y ser olvidado. Matar y renacer, la vida.





 
 


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