“El conflicto palestino-israelí no es una película del salvaje Oeste”
Por Amos Oz
En primer lugar mencionaré a mi amigo y colega, el profundo y conmovedor escritor palestino, Izzat Ghazzawi, con quien puede que discrepe en muchas cosas pero a quien considero, primero y sobre todo, una voz palestina comprometida, auténtica ventana a la dolorosa experiencia de los palestinos en el último medio siglo, un excelente escritor, un maravilloso ser humano y —si se puede decir— un querido amigo.
Habrá discrepancias, perspectivas diferentes, ideas diferentes entre nosotros. Nada más natural: hasta en la sociedad palestina es difícil que dos personas se pongan de acuerdo y en la sociedad israelí es muy difícil que dos personas se pongan de acuerdo. Pero sorprende comprobar cuántas zonas de acuerdo, de acuerdo parcial, existen entre el señor Ghazzawi y yo.
Los europeos bienintencionados, los izquierdistas europeos, los intelectuales europeos, los liberales europeos siempre necesitan saber, primero y sobre todo, quiénes son los chicos buenos y quiénes son los chicos malos de la película. En ese sentido, Vietnam era muy fácil. Se sabía perfectamente que los vietnamitas eran las víctimas y los norteamericanos el bando de los malos. El apartheid era muy claro: se podía discernir con facilidad que el apartheid era un pecado y la lucha por la liberación nacional, por la igualdad y por la dignidad humana, un derecho. Por un lado, la lucha entre colonialismo e imperialismo y, por otro, víctimas del colonialismo e imperialismo. Es relativamente simple: es fácil decir quiénes son los buenos y los malos.
Manifestantes en Siria queman una pancarta que representa una bandera nacional israelí, AFP
Cuando se trata de los fundamentos del conflicto árabe-israelí, en particular los conflictos palestino-israelíes, las cosas no son tan simples. Y mucho me temo que yo no lo pondría más fácil diciendo: estos son los ángeles y aquellos los demonios. Solo hay que apoyar a los ángeles y el bien prevalecerá sobre el mal. No es tan simple, porque el conflicto palestino-israelí no es una película del Salvaje Oeste. No es una lucha entre el bien y el mal, más bien lo considero una tragedia en el sentido más antiguo y preciso del término: un choque entre derecho y derecho, entre una reivindicación muy convincente, muy profunda, muy poderosa, y otra reivindicación muy diferente pero no menos convincente, no menos poderosa, no menos humana.
Los palestinos están en Palestina porque esta es la patria, la única patria de los palestinos. Igual que Holanda es la patria de los holandeses o Suecia la de los suecos. Los judíos israelíes están en Israel porque no hay otro país en el mundo al que, como pueblo, como nación, puedan llamar hogar. Sí como individuos, pero no como pueblo, no como nación. Los palestinos han intentado, a regañadientes, vivir en otros países. Fueron rechazados, a veces incluso humillados y perseguidos, por la supuesta “familia árabe”. Se les hizo tomar conciencia de la manera más dolorosa de su “palestinidad”; no fueron aceptados como libaneses, ni como sirios, ni como egipcios, ni como iraquíes. Tuvieron que aprender con dureza que son palestinos y que Palestina es el único país al que pueden aferrarse.
Curiosamente, los judíos han tenido una experiencia histórica un tanto paralela. Fueron expulsados a patadas de Europa. Así sucedió prácticamente con mis padres hace unos setenta años. Igual que los palestinos fueron expulsados a patadas primero de Palestina y luego de casi todos los países árabes. Cuando mi padre era niño en Polonia, las calles de Europa estaban cubiertas de pintadas como “¡Judíos, a Palestina!”, y a veces menos amables: “¡Malditos judíos, a Palestina!”. Cuando mi padre volvió a Europa cincuenta años después, las paredes estaban cubiertas de pintadas como “¡Judíos, fuera de Palestina!”.
Muchos europeos siguen enviándome fantásticas invitaciones para pasar un fin de semana de ensueño en un delicioso centro turístico con compañeros palestinos, colegas palestinos, amigos palestinos, para que aprendamos a conocernos, a gustarnos, a tomar una taza de café juntos, a darnos cuenta de que ninguno de nosotros tiene cuernos ni rabo, con el fin de que el problema desaparezca. Dicha actitud se basa en una idea sentimental, muy extendida en Europa, de que todo conflicto solo es en esencia un malentendido. Un poco de terapia de grupo, un toque de orientación familiar y todo el mundo a vivir feliz. Pues bien, traigo noticias tristes: algunos conflictos son muy reales, mucho peores que un mero malentendido. Y también traigo noticias sensacionales: me temo que no hay ningún malentendido esencial entre judíos israelíes y árabes palestinos. Los palestinos quieren la tierra que llaman Palestina. Tienen razones muy poderosas para quererla. Los judíos israelíes quieren exactamente la misma tierra por exactamente las mismas razones, cosa que entraña al tiempo un profundo entendimiento entre las partes y una tragedia terrible. Por muchos ríos de café que bebamos juntos no se extinguirá la tragedia de los pueblos que reivindican —creo que con razón— el mismo pequeño país como su única patria en todo el mundo. Tomar un café juntos es maravilloso y lucharé por ello, especialmente si se trata de café árabe, que es infinitamente mejor que el israelí. Pero el problema no se va a solucionar tomando café. Se requiere algo más que café y entenderse mejor. Se requiere llegar a un acuerdo, a un compromiso doloroso.
Y la expresión “llegar a un acuerdo, a un compromiso” tiene una reputación nefasta en la sociedad europea. Especialmente entre los jóvenes idealistas, que siguen considerando que llegar a un acuerdo es oportunista y algo artero y oscuro que implica falta de coraje. No en mi vocabulario. Para mí la expresión “llegar a un acuerdo” significa vida. Se requiere llegar a un acuerdo, a un compromiso, no llegar a una capitulación. Lo que significa que los palestinos jamás deberían arrodillarse. Ni tampoco los judíos.
Voy a hablar de la naturaleza del acuerdo, pero quiero decir desde el principio que va a doler de lo lindo. Porque ambos pueblos aman el país. Porque judíos israelíes y árabes palestinos tienen en él profundas —diferentes pero profundas— raíces históricas y emocionales. Uno de los componentes de esta tragedia, uno de los aspectos teñido de cierto malentendido, es que muchos judíos israelíes no se dan cuenta de lo profunda que es la conexión emocional de los palestinos con la tierra. Igual que muchos palestinos no consiguen darse cuenta de lo profunda que es la conexión judía con la misma tierra. Pero para llegar a comprenderlo, ambas naciones tienen que atravesar un doloroso proceso que pasa por prescindir de los sueños, de las ilusiones, de las esperanzas y de los viejos eslóganes del pasado en ambos bandos.
“Una de las cosas que hacen especialmente duro el conflicto palestino-israelí o árabe-israelí es que se produce entre dos víctimas del mismo opresor. La Europa que colonizó el mundo árabe —explotándolo como patio de recreo imperialista— es la misma Europa que discriminó a los judíos, los persiguió, los acechó en sueños para terminar asesinándolos en masa en un crimen genocida sin precedentes”.
Podría pensarse que dos víctimas desarrollan de inmediato entre sí un sentido de solidaridad. Es así en los poemas de Bertolt Brecht, por ejemplo. En su poesía, las víctimas se hermanan de inmediato y marchan juntas hacia las barricadas, entonando las canciones de Bertolt Brecht. Pero en la vida real, como algunos saben por experiencia propia, los peores conflictos se dan precisamente entre víctimas del mismo opresor. Dos hijos del mismo padre cruel no se quieren necesariamente. Muy a menudo, ven uno en el otro la viva imagen del padre cruel. Es justo el caso del judío y del árabe, no ya del israelí y el palestino, sino del judío y el árabe. Cada una de las partes mira y ve en la otra la imagen de sus opresores del pasado. Con frecuencia, los judíos israelíes aparecen caracterizados como prolongación de la Europa blanca del pasado, sofisticada, tirana, colonizadora, cruel; y sin corazón.
Son los colonizadores que llegaron a Oriente Próximo una vez más, esta vez disfrazados de sionistas. Pero llegaron para tiranizar, colonizar, explotar. Son los mismos, ya los conocemos.
Muy a menudo los árabes, incluso algunos escritores árabes sensibilizados, no consiguen vernos —a nosotros, judíos israelíes— como realmente somos: un puñado de refugiados y supervivientes medio histéricos, obsesionados por terribles pesadillas, traumatizados no solo por Europa sino también por el trato recibido en los países árabes e islámicos. La mitad de la población de Israel es gente expulsada a patadas de países árabes e islámicos. Pero no nos ven así, sino como una prolongación del pasado colonialista.
Así mismo, los judíos israelíes no ven a los árabes, especialmente a los palestinos, como lo que son: víctimas de siglos de opresión, explotación, colonialismo y humillación. Más bien los vemos como iniciadores de pogromos y nazis, que se envuelven en cofias, se dejan crecer bigote y se tuestan al sol. Pero que siguen con el mismo viejo juego de rebanar gargantas de judíos por diversión. En resumen, son nuestros opresores del pasado que vuelven a empezar.
Hay una gran ignorancia a este respecto en ambos bandos: no ignorancia política de propósitos y metas, sino de los antecedentes, de los profundos traumas de ambas víctimas.
“He sido muy crítico con el movimiento nacional palestino durante muchos años. Algunas razones son históricas, otras no. Sobre todo, he sido muy crítico con él por su incapacidad para comprender lo legítima que es la conexión judía con la tierra de Israel; es incapaz de darse cuenta de que la moderna Israel no es producto de empresa colonialista alguna. O, al menos, es incapaz de contárselo así a su pueblo. Por la misma regla de tres, debería decir de inmediato que soy igualmente crítico con generaciones de israelíes sionistas, incapaces de imaginar que hay un pueblo palestino, un pueblo real, con derechos legítimos y reales. Así que ambos liderazgos —sí, el pasado y el actual— son culpables de no entender la tragedia o al menos de no contársela a su pueblo como es debido.”
No creo en una luna de miel repentina. No soy un sentimental. No espero que, una vez encontrada alguna fórmula milagrosa, los dos antagonistas se abracen entre lágrimas como en una escena dostoievskiana de hermanos extraviados durante mucho tiempo: Tampoco una luna de miel. En caso de esperar algo, se trataría más bien de un divorcio limpio y justo entre Israel y Palestina. Y los divorcios nunca son felices. Por muy justos que sean, siguen hiriendo, son dolorosos. Especialmente este divorcio en concreto, que será rarísimo porque las dos partes en litigio se quedarán definitivamente en el mismo apartamento. Nadie se va a mudar. Y al ser un apartamento muy pequeño, será más que necesario decidir quién se queda con el dormitorio A y quién con el B y qué pasa con el cuarto de estar. Y, como el apartamento es muy pequeño, habrá que hacer alguna reforma especial en el baño y la cocina. Demasiados inconvenientes. Pero siempre será mejor que esa especie de infierno en vida que todos sufren ahora en ese país tan amado. Palestinos diariamente oprimidos, asediados, humillados, que pasan hambre y privaciones a causa del cruel gobierno militar israelí. Israelíes cotidianamente aterrorizados por despiadados ataques terroristas indiscriminados a civiles, hombres, mujeres, niños, escolares, adolescentes, clientes de un centro comercial. ¡Cualquier cosa es preferible a esto! Sí, un divorcio limpio. Y tal vez con el tiempo, tras llevar a cabo este doloroso y limpio divorcio, se creen don Estados, atendiendo aproximadamente a realidades demográficas, cuyo mapa debería asemejarse al anterior a 1967, con algunos cambios establecidos de mutuo acuerdo y disposiciones especiales para los santos lugares en disputa de Jerusalén como fórmula esencial. Una vez que se haya procedido a la partición, creo que israelíes y palestinos estarán listos para saltársela y tomar una taza de café juntos. Ese será el momento de tomar café juntos. Es más, creo que poco después estaremos en disposición de cocinar juntos en nuestra cocinita, lo que quiere decir compartir una economía.
El primer paso tendría que ser, debe ser —es crucial—, la creación de dos Estados. Israel debe volver a su propuesta inicial de 1948, e incluso a la anterior a esta fecha: reconocimiento, estatalidad por estatalidad, independencia por independencia, seguridad por seguridad. Buena vecindad por buena vecindad, respecto por respeto. Por su parte, la autoridad palestina debe dirigirse a su propio pueblo y decir por fin, alto y claro, algo que nunca ha proferido con éxito, concretamente que Israel no es un accidente de la historia, que Israel no es una intrusión, sino la patria de los judíos israelíes por muy doloroso que sea para los palestinos. Igual que nosotros, los judíos israelíes, debemos decir alto y claro que Palestina es la patria del pueblo palestino, por muy inconveniente que nos parezca. La peor parte del conflicto palestino-israelí o árabe-israelí no tiene lugar en nuestros días sino durante aquellas décadas, en las que un bando ni siquiera podía pronunciar el nombre del otro. Cuando los palestinos y otros árabes tenían verdadera dificultad para pronunciar la sucia palabra “Israel”. Solían llamarlo la “entidad sionista”, la “criatura artificial”, la “intrusión”, la “infección”, aldaula almazuuma (el “estado o ser artificial”). Durante largo tiempo, muchos árabes y la mayoría de los palestinos mantuvieron que Israel era una especia de exposición itinerante. Si protestaban lo bastante alto, el mundo agarraría a Israel para trasplantarlo en otra parte, tal vez en Australia o en algún otro lugar lejano.
Consideraban que Israel era una pesadilla, una keoshmar: si se frotaban los ojos lo suficiente, Israel desaparecería. Consideraban que Israel era una infección pasajera: si se rascaban una y otra vez, el picor se mitigaría un poco. Por supuesto que intentaron dos veces, tal vez tres, deshacer Israel por la fuerza de las armas. Pero fracasaron y se quedaron muy frustrados.
No obstante, los israelíes no eran mejores en aquellos años. Por su parte, eran incluso incapaces de pronunciar las palabras explícitas “pueblo palestino”. Solíamos recurrir a eufemismos como los “lugareños” o los “habitantes árabes del país”. Solíamos ser más panarabistas que el régimen egipcio de Nasser, porque si se está a favor del panarabismo, entonces no existe problema palestino. El mundo árabe es grande. Durante muchos años nos hemos negado a ver que los palestinos no podían encontrar un hogar ni siquiera en los países árabes. No queríamos verlo ni oírlo.
Aquellos tiempos terribles han terminado. Ahora los dos pueblos saben que el otro existe de verdad y la mayoría de la gente de ambos bandos sabe que el otro no se irá. ¿Les gusta la idea? En absoluto. ¿Es un momento alegre? En absoluto. Es un momento doloroso. Para las dos partes es como despertarse en un hospital tras la anestesia y descubrir que te han amputado un miembro. Y se trata de un hospital infecto donde los médicos no son una maravilla y las familias de cada una de las partes están fuera despellejándose entre sí y maldiciendo a los médicos. Este es el escenario de Oriente Próximo en la actualidad. Pero al menos todo el mundo sabe que la cirugía es inevitable, que habrá que dividir el país de alguna forma en dos patrias nacionales. Un país que será predominante pero no exclusivamente judío, porque los judíos tienen derecho a ser mayoría en una tierra pequeña que, tras la retirada israelí, probablemente será un tercio del tamaño de Baden-Wurttemberg. Pero será un lugar reconocido por los judíos israelíes, por todos, incluso por sus vecinos, como su hogar nacional. Solo a cambio de que los palestinos tengan el mismo derecho. Tendrán una tierra más pequeña incluso que Israel, pero será un hogar, su hogar.
Apartes de la conferencia “Sobre la necesidad de llegar a un compromiso y su naturaleza”, del 23 de enero de 2001. Tomado de Amos Oz, Contra el fanatismo, ediciones Siruela-2005.