Barranquilla, Martes, 9 feb 2010 11:39:06 AM

  

Cartagena: Memorias de la vida nómada


Por John J. Junieles

MATINÉ. Mi foto más antigua es aquella en la que estoy montado sobre un burro disecado que está disfrazado de caballo. Yo también estoy disfrazado, pero de vaquero, con sombrero, chaleco y pistola. También parezco disecado, como una estatua, porque el fotógrafo ha dicho que si nos movemos no va a repetir la foto, y tendremos que pagarla de todos modos.

Mamá, papá, y mi hermana están a mi lado en la foto. A mi hermano menor lo hemos dejado en el pueblo. Estamos en el Camellón de los Mártires, en el Centro de Cartagena. A pocos pasos se encuentra el Parque del Centenario, donde vamos casi todos los domingos a ver los animales.

En las albercas hay tiburones pequeños, babillas y peces de colores semejantes a las pirañas que salen en la tele. En los árboles se ven guacamayas, tucanes y loros. Un alcaraván y un gavilán están atados a una piedra por una cuerda. En otras ramas hay micos, marimondas y perezosos. También hay un árbol al que no se acerca nadie porque hay un mico de pelo rojo que tira mierda a todo aquel que se le acerque. Al final de la tarde, tomábamos un pequeño bus de ventanas anchas, y regresábamos al barrio.

Nací en el pueblo de Sincé, Sucre, la tierra de mis padres. Me resulta difícil reconocer a ese extraño muchacho que llegó a Cartagena en 1977. Vivíamos en el cuarto callejón del barrio Amberes, muy cerca de la iglesia María Auxiliadora, y a solo veinte minutos del Centro en los buses de aquella época. Entonces yo me parecía mucho al mico que tiraba mierda desde su rama en el Parque del Centenario. Era esa sensación, de muchos niños, de no pertenecer del todo al mundo en el que viven, y que en mí se había acentuado al dejar la casa del pueblo.

De pronto estaba en esas calles donde podía perderme para siempre si solo daba algunos pasos. Por eso me gustaba estar solo, era escurridizo, y casi invisible, pasaba más tiempo en el techo de la casa que dentro de ella. Así pasé varios años viendo películas en la televisión o leyendo cómics de Blue Demon, Santo el enmascarado de plata, Fantomas, Kalimán o Vampirella.

Algunos domingos la familia se iba de paseo a las playas de Marbella o Bocagrande. Nos íbamos con ollas de comida para almorzar en la playa. Recuerdo la primera vez que vi el mar: daba dolor cerrar los ojos, hasta para parpadear. Miraba horas enteras el secreto ritmo de su marea, la forma en que parecía meterse dentro de uno. Y el sol sobre ese mar, que parecía un mango maduro al alcance de la mano.

Allí en Amberes mi madre abrió una tienda que llamó ‘El Milagro’. El letrero de la tienda tenía la imagen barbuda de San Judas Tadeo, el patrono de las causas perdidas, el mismo santo al que ella rezaba cuando me veía salir de casa, porque había empezado, poco a poco, a juntarme con los muchachos del barrio. Supe que si quería respuestas tenía que buscarlas allá afuera donde la vida y la muerte andan jugando. No sé dónde leí una historia que ilustra un poco ese impulso: un payaso está agachado en la calle bajo un poste de luz buscando desesperadamente algo.

Al verlo, un caminante le pregunta: ¿has perdido algo? Mis llaves, responde el payaso. ¿Y no las encuentras?, pregunta el caminante. Es que las perdí más allá, dice el payaso. Y entonces, ¿por qué las buscas ahí?, pregunta el otro. “Porque aquí es donde hay luz”, dice el payaso. A veces es necesario alejarse de esas luces confortables y protectoras para internarnos en la oscuridad, esa oscuridad desconocida que son los otros, porque muchos de los otros son la respuesta que buscamos.

Los muchachos de Amberes nos íbamos al parque del barrio Bruselas, que quedaba muy cerca. Allí tomábamos el bus y nos íbamos a vagabundear hacia el Centro y Bocagrande. Llegábamos hasta las playas frente a los grandes hoteles. Todos tumbados allí en la arena caliente, borrachos de sol, escuchábamos la música de los kioscos. También caminábamos con las manos, cabeza abajo, y hacíamos competencias de nado y buceo. Y esa sensación de la arena deshaciéndose bajo los pies, mientras las olas retroceden para luego volver.

En las playas nos topábamos con muchachos de otros barrios. Muchas veces, por los motivos más idiotas, surgían peleas donde todos terminaban peleando con todos. Entonces, lo importante era vender cara la sangre, y luego aprender a reírse con los labios rotos. Fue cuando descubrí que soy un buen corredor de cien metros con obstáculos, sobre todo si tenía un bate de béisbol zumbando detrás de mí.

El juego más inocente de ese tiempo era escalar de noche los postes de la luz, lo más alto que se pudiera. No sé cómo sobreviví a todo eso. Es cierto, el que nace para ser colgado no se ahoga.
Estar con los amigos del barrio parecía una condición para seguir vivo, por eso terminé identificándome con ellos.

Me llamaban ‘vasito de leche’, porque era el único blanco entre ellos. Todos mis amigos eran negros y mulatos en busca de un golpe de suerte, con gustos que terminaron siendo los míos. Todos queríamos conquistar alguna chica blanca y rubia, alguna turista gringa o canadiense de las que toman el sol en las playas.

Enseñarles a bailar salsa, vallenato, y convertirse en el novio de las vacaciones. Hace algunos años volví a caminar por el cuarto callejón de Amberes, no reconocí a nadie. Me sentí como Raskólnikov, el personaje de Crimen y castigo, volviendo al lugar del crimen.

VESPERTINA. Mi padre era funcionario público y trabajaba en una oficina del Centro de la ciudad. Por eso decidimos, a principio de los ochenta, cerrar la tienda de Amberes y mudarnos a una casa de segundo piso en la Calle Estanco del Tabaco. En realidad era una pensión de estudiantes a la que llegamos, provisionalmente, mientras descubríamos una casa grande de arriendo barato. En la pensión ocupábamos dos grandes habitaciones contiguas, una hacía las veces de cocina y comedor, en la otra estaban tres camas, y de noche mis padres colgaban las hamacas donde dormían. Éramos la única familia en la casa, todos eran estudiantes, oficinistas, o turistas de paso. Por muchas circunstancias vivimos en muchos sitios, por eso las calles de mi infancia y juventud son tantas, que han terminado convertidas en una sola calle larga atravesando mi memoria.

Después, a mediados de los años ochenta, nos mudamos a otra casa de pensionados en la Calle Factoría, frente a la Casa del Marqués de Valdehoyos. Una tarde de algún domingo vimos salir corriendo al guardia de la casa del Marqués, llevaba el susto en la cara, y contaba, mordiéndose la lengua, que le había hablado el retrato del Marqués que colgaba en una de las paredes. La casa de pensión se dividía en pequeños apartamentos, con un jardín interior que no daba espacio para el futbolito.


Mar Caribe en Cartagena, Luza, Flickr

Los partidos se terminaban jugando en un gran solar, frente a un gran edificio en ruinas, con maderos negros, ventanas tapiadas, hojas de cinc oxidado, y habitado por ratas, zopilotes y murciélagos; hoy allí se levanta el Hotel Santa Teresa.

En la casa vivía una pensionada que se llamaba Tibisay. Tenía diecisiete o dieciocho años. Tal vez fue el primer nombre en mi larga lista de amores imposibles. Ella había venido de Venezuela para estudiar en la universidad. Usaba blusas ajustadas, yines apretados, y faldas cortas que eran un anzuelo para los ojos. Tenía pechos medianos, cobrizos, puntiagudos, y un culo que provocaba estremecimientos. Por alguna extraña razón, lo que más recuerdo de ella eran los hoyuelos que aparecían en sus mejillas cuando reía; daban ganas de meter el dedo en ellos. Con el tiempo aprendí a amar hasta el modo en que ella me ignoraba.

Del viejo Centro cartagenero recuerdo mujeres barriendo los zaguanes de las casas, y otras echando agua en las macetas con flores de los balcones. Las peleas entre las pandillas del barrio San Diego y Getsemaní. Los populares restaurantes chinos. Las vendedoras de frutas y dulces criollos, cuyos gritos atravesaban los gruesos muros hasta los últimos rincones de las casas. Los circos y las ferias mecánicas se instalaban donde hoy queda el Parque de la Marina. En ese gran solar también se abrían las casetas bailables, cada una con su picó musical, haciendo vibrar la tierra donde se bailaba. También sobrevive mi impresión de un cuarto que vi en una casa de Getsemaní, donde había un altar con yerbas, máscaras y mil velas encendidas a las siete potencias africanas.

En invierno, la ciudad parecía temblar bajo la borrasca de lluvia y viento. El calor era sofocante, pegajoso, se cortaba el fluido eléctrico, y uno se sentía sumergido hasta el cuello en un plato de sopa. El mar se salía del Muelle de los Pegasos para inundar el Camellón de los Mártires. El agua se empozaba en las calles del Centro, se desbordaban las alcantarillas, y se formaban canales de agua sucia que solo podías atravesar en las carretas de los vendedores de plátanos y frutas, quienes llevaban a la gente de un extremo a otro de las calles por algunas monedas.

Un apartamento en el edificio Puerta del Sol fue nuestro siguiente destino de gitanos. Yo atravesaba el Parque del Centenario para llegar al Colegio Central de Getsemaní, donde estudiaba bachillerato. Cuando el mar se sale de madre en Cartagena, las olas saltan los espolones de piedra, llenando de algas, piedras y cangrejos las avenidas, a eso le llaman mar de leva. Recuerdo que durante el bachillerato yo me hacía mucho eso: la leva; así dicen en Cartagena cuando sales de casa pero no llegas al colegio, también si te escapas de allí valiéndote de un profesor miope, o una paredilla muy baja. Entonces uno se iba para algún lugar mejor.

Los viejos cinemas de la ciudad: Calamarí, Bucanero, Colón y Cartagena eran vecinos del Puerta del Sol. A un par de calles también quedaban los cines de la Calle Larga de Getsemaní: los teatros Padilla y Rialto. La gente se colaba por debajo del torniquete y pagaba la mitad de la taquilla. Los muchachos se comían las uñas y se peinaban las cejas, esperando en los escalones aquellas muchachas que olían a champú Palmolive. Largas filas para ver las patadas de Bruce Lee en El camino del Dragón, las piernas de Kim Catrall en Maniquí, y la mirada orillera de Al Pacino en Caracortada.


Vendedoras de fruta, Luza, Flickr

NOCHE. Nuestra caravana volvió a levantar el polvo a principios de los años noventa. Esta vez nos mudamos al barrio Lo Amador. Alguna vez le pregunté a mi padre por qué nos mudábamos tanto, parecíamos nómadas, creo que ni él mismo lo sabía porque no respondió nada. Un profesor de la universidad, Juan Dáger Nieto, aficionado a las genealogías, me dijo que Junieles era un apellido judío sefardita. En un libro encontré que el pueblo sefardita era nómada, no por incapacidad de mantener un territorio, sino por su naturaleza: los hábitos de lejanos muertos perviven. Aparte de eso, la única referencia cierta que tengo de familiares lejanos es la de un tal Warren Juniels mencionado en un archivo de cartas de la Guerra Civil Norteamericana en 1908.

Al escritor Jorge García Usta le gustaba recordar dos largas paredes que alguna vez vio en una calle de Lo Amador. En una había un letrero de varios colores y escrito con esmero: “Multa de $50 mil pesos a quien tire basura en este lugar. Inspector de Policía”. Al pie podían verse perros y gallinas entre bolsas y cajas con desperdicios y sobras. En cambio, el corredor de la pared de enfrente extrañaba por el contraste de su excesiva limpieza; no había ni un papel en ese lado de la calle, porque había también un letrero, escrito a mano, y sin mucha estética, pero disuasorio, como el ultimátum de un mafioso: “Su madre a quien tire aquí la basura”.

En Lo Amador practiqué boxeo por un par de meses en el gimnasio ‘Chico de hierro’, con el legendario entrenador Fortunato Grey, quien entrenó muchos campeones mundiales, en cuya lista evidentemente nunca estaré yo. Allí, en el Callejón Meza de Lo Amador, mi familia vivió casi una década. Era el barrio donde más escuchaba las sirenas de los buques en los muelles. Había talleres de mecánica y salones de belleza en cada calle, y conocí varios trabajadores de los puertos. Los fines de semana las puertas de las casas se abrían, subían el volumen de los equipos de sonido, y las voces de Joe Arroyo, Bob Marley y Héctor Lavoe se tomaban las calles poniendo a bailar la gente hasta con su sombra.

Fueron los años de estudio en la universidad, de los amores a medio camino, de los primeros trabajos formales como periodista, aprendiz de abogado y funcionario en juzgados criminales. En realidad pasaba poco tiempo en Lo Amador. Mi vida eran las callejuelas estrechas del Centro, las empanadas chinas del Portal de los Dulces, cervezas de tienda y cafés ambulantes del Parque Bolívar y San Diego, los kioscos del Muelle de los Pegasos. Y por supuesto, las legendarias cafeterías cerca de la Universidad de Cartagena, donde me encontraba con tantos amigos.

Si los fantasmas regresan para recoger sus pasos, yo tendría que vivir otra vida en la Biblioteca Bartolomé Calvo, donde pasé días y meses sin cuenta leyendo las vidas ajenas de los libros. Con la curiosidad de saber si algún día yo sería capaz de imitar la vida con las palabras. Ponerle nombre a las cosas que no tenían, o recordar aquellas cosas cotidianas amenazadas por el olvido, aquellos rostros, aquellas palabras, aquellos gestos imborrables. Recuerdo a Roberto Rossellini, diciendo: “El hombre ha perdido todo sentimiento heroico de la vida. Es preciso devolvérselo, porque el hombre es un héroe. Cada hombre es un héroe. La lucha cotidiana es una lucha heroica”.

Los artistas existen porque la vida no es perfecta. Nuestra mirada sobre el mundo es más bella o cruel que el mismo mundo. Buena parte de lo que he escrito en realidad es una imitación pobre de la vida. Un intento por recuperar y recrear esa ciudad de mi infancia y juventud.

Esa ciudad que al recordarla hoy me parece de mentiras, así como el muchacho que vivió tantas cosas en ella. Deseo darle vida a esa ciudad, hacerla encarnar, ponerla de nuevo en movimiento ante mis ojos, quiero que sea esa ciudad a donde siempre me lleven las palabras.





 
 


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