Radiografía de una locura ordinaria: Charles Bukowski, revisitado.
Por CARLOS POLO Poesía cuidadosa y gente cuidadosa duran lo suficiente para morir seguras. Buk
9 DE MARZO DE 1994
Posiblemente era otoño, y algunas hojas volaron cerca de la ventana moviéndose en silencio, como danzando en el aire en un contoneo triste y bello que anunciaba despedidas y para siempre.
Quizás fue en invierno y una leve llovizna se desató por las calles de Los Ángeles, y botellas de vodka cayeron del azul cielo, se escuchó la risa de las montañas, los peces chapotearon en el agua de sus lágrimas y la tristeza cantó en un reloj.
Poco importó el humo de los cigarrillos escalando en las chimeneas, tampoco el maullido de sus gatos y la soledad de su ordenador de palabras, el llanto de su esposa Linda Lee, la risa de Jane, su viejo amor que llevaba demasiado tiempo esperándolo desde el más allá, la sorpresa de su hija Marina atrapada en la línea telefónica, la comprensión de Frances, la madre de su única hija, la inquietud de sus fanáticos.
Ahora la promesa que fui mengua, mengua Ahora, enciendo otros cigarrillos me sirvo otras copas, ha sido una hermosa pelea y aún lo es.
El más divertido de los pesimistas abandonó este paraje de lamentos y desdichas peleando hasta el último round. Pulp, su última novela, conoció la luz en 1994, el mismo año de su partida.
Charles Bukowski no se dejó atrapar por la cirrosis, o por un carro distraído emboscándolo en medio de una etílica caminata, mucho menos por un detractor furioso que le disparara a quemarropa; a Buk no lo asesinó aquella úlcera vieja y venenosa que quiso llevárselo cuando joven, en 1955, y esta vez no era carne de cañón de hospitales de mala muerte, no terminó en una acera destruido por el delirium tremens, o en una solitaria pensión para desesperados como muchos aseguran que le correspondía.
Charles Bukowski moriría en un buen hospital en San Pedro, California, a la edad de 73 años, con todos los cuidados, en una habitación limpia y todos los aparatos disponibles.
Sin embargo, su atrasada cita con el Gorrión rojo no daba espera y el ave de la muerte se mezcló en sus venas: una leucemia se llevó al más batallador nihilista de su época. Lo había logrado todo: fortuna, una mansión en la parte más exclusiva de L.A., un BMW, una linda esposa veinte años menor, fama, gloria literaria, respeto. Bukowski dejaría un legado de más de cuarenta libros y una reputación de indomable que lo convertiría en el referente absoluto de todas las nuevas generaciones y en máximo santón de la literatura independiente.
Su agudeza, su simplicidad, su humor y la sencillez acertada de su propuesta lo convertirían en una especie de dios ebrio que ríe a carcajadas desde su olimpo.
Satisfecho con el final del combate, en su lápida reposa jactancioso y divertido el cínico epitafio que grita a los cuatro vientos “No lo intentes”.
MARGINACIÓN ES CREACIÓN
Palabras sueltas como telúrico, iracundo, procaz, o tal vez: resistencia, vagabundos, prostitutas, caballos, apuestas, alcohol, soledad, individualismo. Lo único cierto es que Charles Bukowski se movía a su antojo como un animal enfurecido por el universo de las letras. Reconocido poeta subterráneo, novelista, narrador, corresponsal de ínfimas revistas y fanzines sub, borracho consumado, bebía para escribir o escribía para poder beber.
A punta de un tesón envidiable logró convertirse en una leyenda de proporciones ya míticas a pesar de sí mismo y su autodestructiva personalidad. A Buk lo acompañaba una extraña pulsión epiléptica, un escozor en el alma que le impulsaba, como una especie de motor poderoso, a enfrentarse contra todos los parámetros de lo estético, lo formal y tradicional; chocaba como una tractomula descomunal a toda velocidad con lo establecido: sociedad, consumismo, ideales.
El hermoso sueño americano le resultaba una terrible pesadilla del tedio y la aburrida simplicidad de la alienación de masas. Para el viejo indecente, el último de los escritores malditos de Norteamérica, un libro de John Fante, de Carson Mc Cullers o de William Saroyan; unos pocos poemas de amor decentes, una vieja máquina de escribir, un pedazo de culo que no costara más de de 50 dólares, un Brahms estallando en una pared blanca, unas cuantas pasadas al hipódromo para pegarle al caballo afortunado de la tarde.
Para Hank y su cielo gastado y sucio, unas pacas de cerveza Miller y una utópica libertad que solo pudo encontrar cosechando sus rosas en las frías avenidas de la muerte.
AÑOS 70, EL DESPERTAR DEL LEÓN (LA MÁQUINA DE FOLLAR) Al despuntar de esta década Hank, ya convertido en una especie de celebridad en toda la escena subterránea estadounidense gracias a la publicación paulatina de sus explosivos y mordaces poemas en diferentes revistas contraculturales, da el gran salto y abandona para siempre la oficina de correos para lanzarse de lleno a escribir y dejar de una buena vez la terrible esclavitud de los horarios.
En menos de dos meses Cartero (1970), su primera novela, estaba lista. Bukowski tenía 49 años. Poco quedaba del joven rebelde aspirante a escritor, había pasado por un amor voraz e incendiario con una alcohólica, Jane Baker, medio loca y medio puta; un matrimonio fallido con la escritora Bárbara Frye que solo duraría de 1957 a 1959. Buk había conocido el abismo de muchas mujeres, trabajado en los más singulares empleos, había rozado la boca de la muerte, abandonado la escritura por cerca de diez años para vivir y emborracharse, había publicado varios libros netamente autobiográficos, retratos de su niñez pobre, del maltrato severo y reiterativo de su padre, sus dolores, sus pequeñas tragedias e incluso sus logros más efímeros.
El sexo, la desesperación y el desencanto se constituyeron en la savia y núcleo de sus libros Crucifijo en una mano muerta (poesía, 1965) y Los días pasan como caballos salvajes sobre las colinas (1969). La sociedad americana asistía a una serie de cambios vertiginosos, la psicodelia, la revolución del Rock and Roll, el advenimiento de los derechos raciales, la revolución femenina y una serie de ideas colectivas a las que Charles miraba con desdén y desconfianza.
Mientras el resto de escritores e intelectuales se comprometían con una causa, a él, el tipo duro de los barrios bravos del sur, solo le importaba lo que sucedía con él mismo, Vietnam se podría ir al carajo tranquilamente “no tengo porque asumir responsabilidades políticas ni religiosas, no estoy preocupado por salvar el mundo”, decía, o: “si hay algo que siempre odié es el consenso, la temible unanimidad”.
Este tipo de afirmaciones hicieron crecer la hoguera que se venía encendiendo desde la publicación de sus primeros libros cuya celebración cumplió solo, ebrio, en medio de chicas nudistas bajando vertiginosamente de la barra.
Sus declaraciones atizaban el fuego y abrían la polémica. Todo tipo de académicos salían a detractarlo armando alboroto en contra de ese salvaje ignorante que no sabía escribir. Mientras su reconocimiento crecía como la espuma, las odiosas comparaciones no se hicieron esperar. La crítica lo comparaba insistentemente con Hemingway a lo que él respondía con orgullo “a nosotros nos separa un abismo”.
Él escribía sobre los grandes temas, la libertad, la voluntad, la valentía, el patriotismo. Yo escribo sobre los pobres tipos a los que el sueldo no les alcanza, sobre mujeres muriendo en hospitales públicos, sobre chicos azotados por su padre. Él escribía sobre ganadores, yo sobre perdedores”. Otro error común, era tratar de meterlo en el mismo costal de la Beat Generation.
“Bueno, muchos de ellos eran homosexuales y a mí me gustan casi todas las mujeres. éramos tipos muy diferentes. A ellos les gustaba el jazz, y a mí la música clásica, a ellos les fascinaban las drogas, a mí apenas me alcanzaba para cerveza barata. Ellos se interesaban en política, yo en hipódromos. Ellos eran chicos de San Francisco y su mierdosa bahía, yo apenas un chico duro de los malos barrios de L.A.
BUK EN CELULOIDE
El gran Buk se convierte en una máquina rentable para sus editores, Black Sparrows Press. La modesta editorial de su amigo John Martín, crece a la par que lo hace la fama del viejo indecente.
Luego de varias novelas, algunos libros de relatos y otros más de poesía como Escritos de un viejo indecente (1969), Erecciones, eyaculaciones (1972), Se busca una mujer (1973), Factotum (1975), La máquina de follar, Soy la orilla de un vaso que corta, soy sangre, Mujeres (1978), Shakespeare nunca hizo esto (1979), La senda del perdedor (1982), Música de cañerías (1983), Madrigales de la pensión (1988), Poemas de la última noche de la tierra (1992) y varias traducciones a diferentes idiomas de su obra, llegan las adaptaciones a la pantalla grande.
En el primer trabajo cinematográfico de uno de sus libros de relatos trabajan actores del calibre y la trayectoria de Ornella Muti. La película, que pasa un poco desapercibida, se titula Storie do ordinaría follía, regida por el reconocido director italiano Marco Ferreri y de la que Charles dice no haber quedado muy contento con el resultado.
Luego se sumaría el filme independiente The killers, basado en uno de los tantos textos cortos de Bukowski. Su director, Patric Roth, deja muchas de sus esperanzas en la arriesgada película que tuvo en su reparto a Ben Gazzara, Susanne Read y Raymond Mayo entre otros. Con resultados idénticos al anterior intento, uno que otro fanático de la obra de Buk y algunos coleccionistas de rarezas se interesaron. Pero por fin llega la venganza en el celuloide para Hank.
El afamado director de cine alemán Barbet Schroeder, el trotamundo, genial y un poco tocado, por cierto, ganador del Oscar, se interesa en la obra de Bukowski y como si fuera poco le encomienda la tarea a el escritor la elaboración del guión, lo que da como resultado una de las experiencias más divertidas y vitales de la vida del escritor.
En esta epoca Bukowski conoce a algunas estrellas como Sean Penn y su entonces esposa Madonna. Barfly, o La mosca de bar, se convierte en una película de culto a nivel mundial, protagonizada magistralmente por Faye Dunaway y el rebelde motociclista Mickey Rourke, que encarna en el papel del borracho y pendenciero Henry Chinaski —alter ego de Bukowski—.
El viejo indecente retrata todas sus experiencias con este mundillo de lentejuelas farsantes en la novela Hollywood (1989), parodia divertida de aquellos momentos y su tufillo glamoroso.
Le seguirían un par de películas francesas de poca resonancia El amor es un perro del infierno, dirigida por Josse de Pauw, y Lune Froide, dirigida por Patrick Bouchitey. Filmes que pasaron silenciosamente por la historia cinematográfica.
Otro esfuerzo de la maquinaria hollywoodense, la reciente Factotum (2005), una adaptación de la novela con el mismo nombre protagonizada por Matt Dillon, Lilly Taylor y Marisa Tomei, dirigida y escrita por el autor independiente Bent Hamer, un noruego arriesgado que se adentró en el universo Bukowskiano.
El filme, que ha generado grandes expectativas —ya la imagen del borracho Chinasky y sus peripecias es un referente más que universal— tiene miles de fieles seguidores y la cifra continúa ‘en crescendo’.
AÑOS 40, VAGABUNDEOS (FACTOTUM) La tensa relación padre - hijo de toda una vida no soporta un tirón más y debido a su iniciante literatura contracultural, su padre lo arroja a la calle.
Su máquina de escribir y sus escritos volaron por la ventana para buscar refugio en el centro mismo de Los Ángeles. En medio de inmigrantes y todo tipo de perdedores comienza a forjarse su propia historia: pensiones baratas, trabajos fugaces; el joven Charles aún desconoce los verdaderos placeres de la vida: una mujer traqueando en su colchón, aceptación social, fraternidad y la calidez de unos amigos.
Por el contrario, rechazado y acomplejado por su terrible problema de acné, Buk busca refugio en los bares, en los fondos de las copas y la soledad tranquilizante de sus lecturas en la biblioteca pública de Los Ángeles.
Los ecos de una guerra se precipitan en cada rincón de las grandes ciudades. El joven Bukowski ignora el llamado de las armas e inicia un periplo por diferentes estados, adentrándose en la densa jungla asfaltada y el lado salvaje de la carretera, nutriéndose con todas sus derrotas y pequeñas satisfacciones.
En medio de sus sueños podridos, estos sufrimientos y carencias de todo tipo lo fortalecen y sientan las bases de lo que luego se volcaría como tibias arcadas en el papel: putas idealizadas, el abismo de los bares, cuartuchos letales y la rotunda negación del American dream, una pelea casada a doce asaltos sin tregua ni descanso.
Entre caminos polvorientos y resacas mortales, Bukowski regresaba a casa cuando el cansancio de tantos escarceos vitalistas lo dejaban sin sangre.
Ya su reconocida afición a los caballos era compulsiva y sus rabiosos escritos conocían el rechazo empecinado de todos los editores. A sus escasos 24 años, Story Magazín publica el relato corto Aftermath of lengthy rejection slip (1944).
Las dificultades y el muro frío y áspero con que choca el joven aspirante a escritor lo desencanta y se retira voluntariamente de la dura arena literaria. Vivía el día a día con lo mínimo para comer, pagar la pensión y el santo trago de cada noche.
No viviste Hasta que no pasaste la noche. En un hotel de los desamparados. Con nada salvo una lamparita Y 56 hombres apretados uno contra otro sobre las frazadas, todo el mundo roncando a la vez y algunos de estos ronquidos son tan profundos y graves tan increíbles, oscuros y tristes.
GÉNESIS: 16 AGOSTO, 1920. ANDERNACH, ALEMANIA
El soldado estadounidense Henri Bukowski y la bonita chica alemana Catherine Felt se abren al milagro de la vida. A lo mejor ese día relampagueaba fuertemente, o una extraña ventisca atacó a la pequeña población.
A lo mejor el parto fue largo y dispendioso, anunciado la llegada de un personaje que cambiará la forma de abordar y hacer literatura. Tal vez la naturaleza no se pronunció en lo absoluto y este par de inocentes seres comunes no presintieron en ningún momento que la criatura que contemplaban embelesados se convertiría en una colosal figura de talla mundial, sobrevalorada por unos y despreciada por otros.
Ese severo soldado que al cabo de cinco años emigraría para establecerse al sur de California, iniciaría al pequeño Charles Bukowski en los pormenores de la amargura y la marginalidad. Con su actitud militarista y autoritaria llevaría al niño a tales grados de desesperación que terminaría influyendo en su posterior personalidad escéptica, nihilista y cínica.
Su nacimiento no fue marcado por extrañas señales, ninguna constelación tubo un comportamiento inusual, ningún astrólogo le predijo enigmáticas luces en el camino, todo lo que ganaría en la vida vendría de una lucha incansable, de un pulso descomunal contra todo y al final resultaría victorioso, atribuyéndosele la invención de un género, de una nueva estética, influenciando a miles y miles en el mundo entero, contagiándolos de su ponzoña contundente y mordaz.
‘Don´t try’, puede leerse hoy en la lápida que marca su tumba.