El escritor colombiano y el cantautor panameño en Nueva York, en el invierno de 1997.
David Sánchez Juliao Especial para EL HERALDO
1. El “barrio” de Lorica
El periodista y creativo Juan Carlos Rueda me dio la noticia un día en el Aeropuerto de Medellín: “En los comentarios de contra-carátula de su último disco –me dijo— Rubén Blades habla de ti y de tu personaje El Flecha. Sostiene que le ha cautivado el antihéroe que El Flecha es, pero cometió un error: habla de que el personaje vive en el barrio colombiano de Lorica.
No existía el Internet ni el correo electrónico. Entonces, encontré a través de un escritor amigo en los Estados Unidos –Rafael Vega Jácome— la dirección de Discos Fania y le envié una nota escrita: “Gracias, querido Rubén, por el homenaje que me rindes en la leyenda de tu disco Buscando a América, pero no te perdono que hayas remitido a la metrópoli de Lorica a la calidad de barrio”.
A los cinco días me llamó por teléfono. Conversamos una hora. A los diez días había cumplido la promesa hecha durante la llamada: me contactaron de la agencia de viajes para decirme que me habían situado un boleto aéreo para viajar a Nueva York. Y que Rubén me esperaba en su casa.
2. La limosina
Muchos años después, en otro de los viajes a Nueva York, marqué su número telefónico. David, mi hijo, había terminado la secundaria y decidí regalarle un viaje a la Gran Manzana, con papá abordo. Haríamos el tour de rigor: El Radio City Music Hall para ver a Las Rockettes, el Rockefeller Center, las compras en la Quinta Avenida, la subida al top-floor del Empire State, un show musical en Broadway, el viaje a la Estatua de la Libertad desde el muelle de Battery Park, el Yankee Stadium, la visita a Gimbels y a Macy’s, en fin…
Rubén nos invitó a almorzar en un restaurante cerca del Central Park. Era invierno. Crudo. No pudo venir a recogernos, de modo que envió al chofer cubano en una larga y extensa limosina negra. David, desde luego, se entusiasmó. Pero no pude acompañarlo en su entusiasmo, pues le pedí que entrara y viajara en el amplio espacio interior, que hiciera uso del bar –si quería— que probara la televisión y que, por media hora, disfrutara de aquella vida de millonario y de cojines de cuero abullonado.
--¿Y tú? –preguntó.
--¿Yo? Me voy adelante de compañero del conductor. Me apasiona mucho más conversar durante media hora con el chofer de Blades. Pobre de ti, muchacho, con este excéntrico padre escritor.
3. El restaurantico
David volvió a decepcionarse. Le había comentado, desde el puesto de adelante y a través del intercomunicador de la limosina, que según el conductor Rubén había reservado mesa para almorzar en un restaurante cercano al Central Park, a dos cuadras de donde –a la salida de su apartamento— había sido asesinado John Lennon.
Pero se trataba de un modesto restaurantito cubano, en donde Rubén almorzaba con frecuencia algo que no nos era extraño: arroz con fríjol blanco cabecita negra –“moros y cristianos”--, carne mechada revuelta con ají dulce y huevo –“ropa-vieja”— y patacones de plátano maduro –“puñetazos” o “tostones”--.
Delicia total. Mayor delicia aún… la conversación. Hablamos de todo. Me contó de sus procesos creativos. De su larga etapa en Los Ángeles y de su incursión en el cine de Hollywood y de los deliciosos frijolitos refritos que preparaba su esposa mexicana. Yo canté sus canciones –nada extraño, pues todos las sabemos— pero me sorprendió: recitó, de memoria y sin errar una expresión, la obra que menos pensé encajaba en sus gustos: Abraham Al Humor.
Hoy, Ernesto McCausland, el Editor General, quien lo ha entrevistado para EL HERALDO, me ha llamado para decirme que a él también, en la entrevista, le ha recitado apartes. Claro, las alegrías y las tristezas de los inmigrantes sirio-libaneses son las mismas en Lorica que en Panamá, en Costa Rica que en Cuba, cuya comida disfrutábamos a pocas cuadras de la casa de Lennon, en aquella Nueva York universal.
“My name is Sánchez”
Nos había traído dos entradas para su show de la noche en el Marquis Theatre de Broadway. Eran de primera fila. Hacía varios meses adelantaba una temporada de presentaciones de la obra The Capeman, escrita por Paul Simon –de Simon and Garfunkel-- y Derek Walcott, y con la actuación estelar de él y la compañía en escena de Mark Anthony, Ednita Nazario y Sara Ramírez.
David-hijo y yo nos acomodamos y esperamos impacientes la alzada del telón. Empezó la música. Rubén salió a escena y el teatro estalló en aplausos, con un público que se puso de pie. Cosa insólita… haberlo hecho al comienzo. La obra narra la vida de Salvador Agrón, un adolescente portorriqueño miembro de las pandillas juveniles de Nueva York, quien apuñaló a dos contrarios en un parque de la ciudad. En un aparte de la obra, el personaje que Blades interpretaba, debía mentir y fingir un nombre y un lugar de procedencia. Rubén aprovechaba aquella circunstancia para convertir la mentira señalada en el libreto en un saludo a sus amigos invitados; a quienes, claro, quería homenajear. Y entonces, cuál no sería nuestra sorpresa cuando resonó en pleno Broadway aquella referencia a nosotros:
--My name is Sanchez, from Lorica, and I come from Canada. (Mi nombre es Sánchez, de Lorica, y vengo de Canadá)
Desde luego, muchos Sánchez habrán sido nombrados en Broadway, pero pocas Loricas. Una sola, creo.
Por ello, nada extraño resultó el que, eso de la medianoche, entrara a mi teléfono una llamada del amigo Alex Cruz Quintero, desde el lugar del concierto de Blades en Barraquilla: “Rubén acaba de dedicarte una canción”, me dijo. Mi reacción fue:
“¿Y habló de Lorica?”. Alex respondió: “Sí, dijo tu nombre y mandó saludos a tu pueblo”. Pude dormir tranquilo: sé que Rubén sigue amando al ‘barrio’ de Lorica.
¡Qué largo es el Quijote!
No fue fácil para Rubén Blades, el abogado de la prestigiosa universidad norteamericana, incursionar e imponerse en aquel mundillo de la música salsa de Nueva York. Y mucho menos fácil le resultó cambiar el rumbo y en ocasiones el sentido y el espíritu de letras y melodías relacionadas con el género.
En uno de aquellos almuerzos en el restaurantito cubano de Nueva York –el de la ropa-vieja, los moros y cristianos y las tajaditas de plátano--, le comenté que la grabación de El Pachanga, El Flecha y Abraham Al Humor, esas obras que tanto le gustan y que se sabe casi de memoria, fue posible gracias a que el Secretario General de Sonolux en Medellín en 1975 era un Caribe de Sahagún: Eugenio Quintero Regino. No hubo mucho que explicarle a Eugenio, siendo de Sahagún. Pero, en su caso, le pregunté:
--Laopé –como nos llamamos: ‘pelao’ en alrevesino--: ¿Cuál fue el más grande escollo que encontraste cuando presentaste Plástico y Pedro Navaja a consideración de la casa disquera?
--Que eran muy largas –respondió a quemarropa.
--¿Y cómo reaccionaste?
--Con algo que, pienso, los convenció. Les dije: Coño, ustedes están perdíos, pelaos. ¡Qué tal que cuando Cervantes presentó El Quijote a los editores le hubieran dicho: No, coño, Miguel, chico, esa vaina está muy larga, luego es mala, no pega, man, no pega, por largo y extenso, viejo-man. Las vainas así largotototas no pegan, convéncete. Escríbete una vaina más cortica pa’que se venda, coño, Miguel, escribe corto… que más o menos tienes talento, brother.
Los tres, Rubén, David-hijo y yo soltamos la carcajada.
--¿Seguro, Rubén, que eso los convenció?
Y él:
--Digo yo acá, comiendo ropa-vieja en Nueva York y mamando gallo.
A Blades le gustaba almorzar en un modesto restaurante cubano, cerca del Central Park.