Ya desde hace un largo tiempo los distribuidores legales de gasolina en La Guajira vienen alertando sobre las peligrosas prácticas que se están dando en ese departamento con motivo del contrabando de combustible de Venezuela hacia Colombia.
Mientras el gobierno nacional logra organizar un esquema de mercadeo que legaliza a los comerciantes tradicionales a través de la cooperativa Ayatawacoop, el contrabando continúa sin ningún control. Se estima que a Colombia vienen ingresando 500.000 galones diarios de gasolina de contrabando, y que el comercio anual asciende a los 270 millones de dólares.
Remotos pueblos de la frontera como “La Majayura”, corregimiento de Maicao, se han convertido en centro de transbordo de los vehículos que llegan de tierras venezolanas y entregan el combustible a sus similares colombianos.
De allí los colombianos emprenden la ruta país adentro en una caravana cuyos tripulantes van dispuestos a todo, incluso a encender en llamas sus vehículos si la autoridad se les atraviesa.
El lamentable accidente ocurrido ayer en carreteras de La Guajira, precisamente en la ruta del combustible, no es más que una consecuencia de la indiferencia oficial ante lo que evidentemente constituye un gran peligro en la vía pública. Ya el mismo presidente Álvaro Uribe lo había advertido en dos consejos comunales.
El combustible de contrabando no es solamente un problema comercial al generar una competencia desigual contra la producción nacional. También —como una vez más lo palpamos— constituye un gravísimo problema de seguridad. Enormes buses, provistos de caletas, surcan a diario las carreteras y trochas del Caribe, dejando la duda de por qué las autoridades simplemente no los controlan. Hay además poblaciones enteras que viven de esa gasolina y en las cuales el combustible se expende en la vía pública sin ningún control.
Como suele ocurrir, será ahora cuando aparecerán las medidas. Demasiado tarde, luego de que otras seis personas han muerto trágicamente.
El análisis de Rubén
Se fue Rubén Blades de Barranquilla y dejó a la ciudad deslumbrada con su inteligencia y su talento. Dieciséis años después de su última visita, el astro panameño llegó con ideas frescas y un repertorio que incluía sus temas clásicos, además de sus nuevas propuestas musicales.
Sobra cualquier elogio hacia Blades en su faceta artística. Sus crónicas musicales no son más que brillantes relatos de la esquina de América Latina, casi todos ellos aplicados en la función de narrar una gran macro-historia de marginación, colonialismo, opresión y despotismo. Es su faceta como lúcido observador de la realidad continental la que que quisiéramos traer a colación.
Blades fue lo suficientemente prudente como para no entrar en críticas a las dos figuras emblemáticas de la realidad latinoamericana, Hugo Chávez Frías y Álvaro Uribe Vélez. Es decir, optó por no caer en la trampa del extremismo político en que se debate el solitario traspatio, con el argumento demoledor de que cada pueblo elige lo que necesita.
Blades destacó más bien procesos como el que lidera Luis Ignacio Lula Da Silva en Brasil, mostrándose aún más entusiasta con el caso de El Salvador, luego de que el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional eligiera a su candidato Mauricio Funes en la presidencia. Recordemos que ese frente nació de los grupos de izquierda que en la guerra intestina salvadoreña eligieron las vías de hecho para luchar por las reivindicaciones populares. Para Blades el Fmln no es más que el paradigma de cómo la lucha armada puede encontrar espacios políticos que le permitan una confrontación civilizada, sin el empleo de la violencia. Un buen mensaje a las Farc justo cuando miembros de ese grupo acaban de cometer otro hecho abominable al asesinar a cinco escoltas de la comitiva del candidato a la Gobernación del Guaviare José Alberto Pérez Restrepo.