Los costeños, como en general los colombianos, no somos aún plenamente conscientes de toda la riqueza natural que tiene la geografía de nuestro territorio patrio.
Es cierto que en los últimos años hemos empezado a apreciar más los bosques, los ríos, la flora y la fauna que pueblan las selvas, montañas y llanuras de las regiones que conforman el país, pero aún nos falta mucho.
Obnubilados quizás por las luces de las ciudades y las variedades que ofrecen los grandes centros comerciales, nos olvidamos de todo lo bello que tiene la naturaleza que nos rodea.
Por estos días de lluvias intensas, por ejemplo, es posible ver desde Barranquilla y a determinadas horas del día la Sierra Nevada de Santa Marta con toda su imponencia y esplendor. Un accidente de la naturaleza único en el mundo que tenemos al alcance de la vista.
Y como esas montañas sagradas, en el Departamento también tenemos varios sitios de un gran valor ecológico que guardan un atractivo digno de visitar. Tal vez no de las magnitudes de la Sierra Nevada, pero no por ello menos hermosos y ricos en diversidad biológica.
Basta con recorrer en esta época lluviosa las riberas de la ciénaga del Guájaro, del Totumo, o de la laguna de Luruaco, para sorprenderse de la exhuberancia de su flora. O llegar a Tubará desde Juan de Acosta, para quedar extasiados con la vista del mar Caribe que se despliega en el horizonte.
Y como esos sitios hay muchos más que desconocemos, porque no les hemos dado la divulgación que merecen o porque se hallan en propiedades privadas, ocultos a la vista del ciudadano común.
Por fortuna en el Departamento se han creado varios grupos de personas que trabajan por la protección y promoción de nuestros recursos naturales; en particular, de determinadas zonas que tienen un gran valor ecológico y que, por lo mismo, requieren de un cuidado especial.
Si bien la labor que adelantan esos grupos todavía no es muy conocida y, por lo tanto, bien valorada, es nuestro deber hacerlo en el entendido de que, en últimas, están velando por un mejor futuro para las generaciones venideras.
De todos es sabido que en la mentalidad de algunos empresarios subsiste aún una mentalidad depredadora, que no tiene ningún reparo en arrasar con los recursos naturales que se les atraviesen con tal de asegurarse una jugosa ganancia en el corto plazo.
Es cierto que existen leyes que protegen los recursos naturales y su equilibrio ecológico, como también entidades encargadas de velar por su cumplimiento, pero nada asegura más el desarrollo sostenible de una sociedad que la educación de sus ciudadanos en el valor de la naturaleza.
Quien no conoce algo y no lo valora, no está presto a defenderlo cuando esté en riesgo de sufrir algún daño. Mientras no conocimos el valor, la belleza y la funcionalidad de los manglares de la isla de Salamanca, los talamos sin misericordia para construir la carretera a Santa Marta. Hoy apenas empezamos a protegerlos como se debe.
Y como ese caso, podríamos citar muchos otros en los que el desconocimiento del valor ecológico de algún lugar, área o zona del Departamento, nos llevó a infringirles daños que hoy pudieran ser irreversibles.
Ojalá que en los colegios y universidades, como también en los medios de comunicación, la pedagogía sobre el valor y belleza de nuestra geografía no sea una tarea esporádica, sino un verdadero propósito institucional.