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Barranquilla, Jueves, 2 sep 2010 9:37:26 PM
 

  

Una noche de bohemia barranquillera


Por RICARDO RODRÍGUEZ VIVES
Fotos Tatiana Blanco


Una casa blanca, de una planta, en la Cra. 49 No 66-32, podría ser una vivienda más del barrio El Prado si no fuera por el cartel del garaje que reza ‘Caza de Poesía’ en letras que lanzan destellos opacos. Adentro, el ambiente es doméstico, más que cualquier cosa: la sensación de estar en una casa acogedora, escuchando música con amigos, bebiendo una cerveza. Diferente a estar en un bar.

Son las 10 P.M. y la noche se tiñe de colores con el vapor de diversos alcoholes. Al menos, así lo describe ‘Beto’, un individuo delgado, con sandalias y mochila, estudiante de teatro en Bellas Artes. Saca un cigarrillo ‘Piel Roja’ –ícono kitsch, que reverencia la juventud del momento— y lo aspira pausadamente.

Jueves en la noche. Empieza la jornada nocturna para la escena bohemia en Barranquilla.

Inicia una conversación no apta para muchos escuchas: “¿Sabías que fumar un ‘Piel Roja’ es mezclar los cuatro elementos de la naturaleza? Enciendes el cigarrillo con fuego, primer elemento. Aspiras aire... y humo también —sonríe—, que es el segundo. Mojas el extremo del cigarro con saliva, que es agua, tercero. Y el tabaco del ‘Piel Roja’ es liado de forma tan artesanal... que viene acompañado a veces de tierra, el cuarto”, asegura. Un argumento para cerebros ‘rayados’. La voz satinada de Norah Jones llena el ambiente con ‘Don’t know why’.

Como ‘Beto’, una generación de artistas, intelectuales y librepensadores busca cada fin de semana un lugar que les ofrezca opciones musicales diferentes (trova, rock, bossa nova, latin jazz, salsa de ‘avanzada’), poesía y diversión ‘postmodernista’, alternativa que proponen los bares bohemios.

Desde hace año y medio, Caza de poesía se ha convertido en uno de los refugios de la bohemia barranquillera, un punto de encuentro para un público determinado.

El dueño es Aníbal Tobón, dramaturgo veterano de la escena cultural local, recordado por su irreverencia a la sociedad artística de la élite de Barranquilla, en los años setenta.

Aferrándose al cigarrillo y expulsando el humo que no da tregua, Tobón explica:



“Básicamente, la gente que llega acá viene a charlar, a mantener relaciones, pero de una manera muy diferente de los bares ‘rumberos’: la música se coloca para mantener una cortina al público, una ambientación.

Además, como la gran mayoría del público es de artistas e pensadores, hasta las conversaciones son diferentes a las que se escuchan en otros lugares”.

El poeta Leonardo Castillo, caminante incansable de las calles de la ciudad, relata que uno de los bares que iniciaría un acercamiento a la bohemia en Barranquilla sería ‘El Chicote’, en la calle 41 con carrera 43. Eran los años sesenta, pleno furor de los ritmos cubanos y puertorriqueños, como el mambo, el bolero y los inicios de la salsa. Sin embargo, no era un lugar para ir a bailar sino a conversar y escuchar música ‘adulta’.

Su público estaba compuesto por magistrados, jueces y médicos.

Aníbal Tobón, dueño de Caza de Poesía, reflexiona sobre la movida cultural en la ciudad. Su bar de corte bohemio es uno de los pocos que subsisten en la ciudad.

También es recordado ‘El rico vacilón’, que dirigía Rafael Bassi en los años ochenta, espacio salsero por excelencia. Un lugar para departir y rumbear; uno de los más famosos bares bohemios que se recuerde, acogía a literatos, músicos y todo tipo de intelectualidad. En esa década, a finales, el ex secretario de Cultura Gilberto Marenco abriría un lugar que marcaría historia en la rumba bohemia: El rincón del Babalao, en la Cra. 52 entre calles 72 y 74. “Era increíble. Tenía como cuatro ambientes distintos: para conversar, música en vivo… básicamente era salsero, pero también colocaban música de otros géneros, de muy alto nivel”, recuerda el periodista Adlai Stevenson.

Zoila Sotomayor, editora de Ediciones Uninorte, abrió en 1996, con su esposo Manuel Sánchez, un lugar que combinaba teatro y música en un gran patio: Luneta 50, en la carrera 61 con 68. “En unos años fue una gran zona de encuentro de la bohemia barranquillera. Luneta 50 organizó festivales de danza, de teatro, toques de bandas de jazz, rock, rap. Fue una gran época. Ahora, Luneta 50 sigue viva, pero como fundación”, precisa Sotomayor.

Por aquellos años, ‘Sueños de pan’ también abriría sus puertas, en la calle 76 con 44. Mostraba dos ambientes: en la primera planta, musical, y en el segundo piso, cojines en el piso y la intimidad que ofrece la penumbra.

La expedición sigue en Caza de Poesía. Es curioso el curso de la música: una versión de ‘Hotel California’ en ritmo flamenco da paso a las guitarras heavy de Thunderstruck, de AC/DC; luego, jazz de Glenn Miller.
La poetisa Patricia Iriarte inicia su recital, homenaje al poeta Juan Lizcano. El público queda absorto ante la arremetida lírica de la poetisa. Están allí, casi los mismos que se ven en eventos como El Caribe cuenta, el Carnaval de las artes, Barranquijazz o el Festival Internacional de Danza Contemporánea: el actor Darío Moreu, la poetisa Fadir Delgado, el periodista Adlai Stevenson, la artista Inés Ospino Fernández, Zoila Sotomayor y su esposo Manuel Sánchez.

“Creo que estos lugares, a la final, no son rentables. Los precios son demasiado humanos, algo que pueda pagar casi cualquier persona. Esto no se acaba por falta de público, porque siempre ha estado allí. Simplemente no hay una verdadera ganancia para sostenerlos”, dice Tobón.

En la 49C con 70, se encuentra otro bar donde manda la bohemia: Luna abril. Cada fin de semana, el público puede encontrar un recital de poesía, un performance visual, un video experimental. La música va desde trova, boleros y flamenco hasta pop. Es otro de los pocos lugares bohemios que pueden encontrarse en Barranquilla.

Son las 12:30 A.M., y los efectos etílicos ya son claros en varios de los clientes. Las voces suben de tono: hay alguna discusión sobre periodismo en el patio del local. Aníbal Tobón le comenta a Darío Moreu que esta Barranquilla caótica es el ‘reino de la impunidad’. Sin embargo, de ahí no pasa. Una ventaja de los bares bohemios es que casi nunca hay manifestaciones serias de violencia. Así que la noche termina bien para todos.






 
 

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