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Santa Lucía al Son de Negro


Por TATIANA VELÁSQUEZ A.
Fotos Tatiana Blanco

Mientras se engrasa el torso, la cara y los brazos, el sonido de un tambor se escucha de fondo y el sol cae tan fuerte sobre él que su sombra queda al descubierto en el césped donde está de pie.

“Hey, Luis Carlos, píntate bien. Te falta echarte más en la cara y en las axilas”, le grita Faiver Valencia, quien lo mira atento y se cerciora de que su piel quede completamente negra con la mezcla que preparó con una libra de polvo mineral y un litro de aceite de cocina.

Luis Carlos Pérez Ortiz es bailarín de Son de Negro, una de las danzas tradicionales a las que el Carnaval de Barranquilla le debe haber sido declarada por la Unesco Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.

Con Luis Carlos, unas 49 personas más llegaron ayer desde Santa Lucía, sur del Atlántico, para participar en la Gran Parada, el evento más importante del segundo de los cuatro días de las fiestas de esta ciudad.

Él lleva 13 de sus 22 años bailando como negro. Cuando era niño movía casi todas las noches su cuerpo al ritmo de los sonidos que sus familiares producían al golpear la tambora con sus manos. La tradición se ha mantenido con el paso de los años: todavía es común ver en las terrazas de las casas de la población a la gente haciendo su propia fiesta.

Este es su tercer año en el Carnaval, y lo que más le gusta es el contacto con la gente, porque las vivas del público lo animan a seguir en medio del sol de la tarde.

Para Ramiro Valencia, en cambio, este es su primer Carnaval. A sus 16 años ya acumula tres de experiencia en el baile de negros como miembro del grupo del colegio donde cursa bachillerato.

Estos ‘negros lucianos’ emprendieron ayer la travesía hacia el Carnaval a las 10:40 de la mañana. En un bus que la Alcaldía de la ribereña población contrató, medio centenar de mujeres y hombres —ellas en polleras y algunos de ellos sin camisa— partieron de sus casas, y durante el recorrido dejaron de ser bailarines para convertirse en cantantes e intérpretes de tambora.

Horas después, irrumpieron divididos en dos grupos en la Vía 40, escenario de la fiesta carnavalera.



Las casi tres horas que les tomó llegar se las disfrutaron rindiéndoles homenaje a sus ancestros con un coro a todo pulmón y con golpes sobre el instrumento musical.

Faiver Valencia, el coordinador artístico de uno de los grupos que estaba a bordo, no dejó de custodiar las bolsas negras en las que guardó parte del vestuario y del maquillaje que sus ‘muchachos’ necesitaron horas después para tomarse la pista de cemento.

La vestimenta la componen un sombrero campesino adornado con moñitos de papel cometa, abarcas o ‘trespuntá’, collares de cualquier material, y machetes, garabatos o ganchos que llevan en las manos para marcar su territorio durante el baile.

UN HOMENAJE A LA HERENCIA AFRICANA

En dos hileras, los negros van acechándose. Pisan fuerte como símbolo del territorio que marcan, y complementan su baile con marcados movimientos de ojos, boca, lengua y brazos. Lo que estos ‘negros’ van realizando durante el recorrido hace alusión a la manera como el campesino corta la maleza y a la burla a la que los africanos sometían a sus amos, los blancos, en la época de la esclavitud.

“‘Son de Negro’ es una herencia africana que nos dejaron los esclavos en todos los pueblos que estamos a la orilla del Canal del Dique. Los negros estaban pendientes de los gestos de los blancos para ridiculizarlos en sus cabildos, moviendo las manos, las piernas y haciendo todo tipo de morisquetas con la cara”, asegura Alexander Jordan, gestor cultural de Santa Lucía, quien lidera en su municipio una cruzada para que el ‘Son de Negro’ siga preservándose entre las generaciones venideras.

Para Faiver, el verdadero ‘Son de Negro’ es el que no baila erguido. “Siempre tienen los hombros abajo, no brincan sino que van arrastrando los pies, tienen pisadas fuertes y no se la pasan sacando la lengua”. Para él, los nuevos grupos que han surgido alrededor de esta danza distorsionan su esencia al hacer más énfasis en pintarse la lengua de rojo para sacarla continuamente.



Desde 1998, ‘Son de Negro’ comenzó a aparecer en el Carnaval de Barranquilla. Los primeros en participar fueron los grupos de Santa Lucía que desde hace años están constituidos y se han hecho presente en los diferentes municipios a la orilla del Canal del Dique. Ahora, también participan en el Carnaval de Barranquilla grupos de otros municipios, como Puerto Colombia y Soledad.

“El primer año estuvimos en el Desfile del Rey Momo en la calle 17. En 1999 ganamos Congo de Oro y después, al año siguiente, repetimos”, asegura Alexander al hacer referencia a los máximos galardones que una danza puede obtener en el Carnaval de Barranquilla.

Ese primer año, recuerdan los integrantes, lo que a la gente más le llamó la atención fue la pintura. Y es que cada vez que están pintados se convierten en el centro de las miradas.

Tan pronto Luis Carlos terminó de pintarse, otros actores, también sobre la Vía 40, se acercaron a él para tomarse fotos. A los pocos minutos, cuando sus compañeros comenzaron a transformarse de morenos y blancos a negros, el césped sobre el que esperaban su turno para comenzar a desfilar se convirtió en un improvisado estudio de la sesión de fotos que se les vino.

A la una de la tarde se inició la Gran Parada, y ellos, en el puesto 118, solo comenzaron a bailar hacia las cuatro de la tarde. “Este año sí es verdad que regresaremos al pueblo en la madrugada.

Si fue el año pasado, comenzamos a bailar a las 2:30 de la tarde y llegamos casi a la una de la mañana”, menciona Luis Carlos.

Para ellos, la música está en la sangre. “Desde que nuestras madres nos paren uno ya viene con ritmo. En Santa Lucía los médicos tienen que callar a los recién nacidos, a diferencia de los de Barranquilla, donde tienen que pegarles para que griten”, dice Alexander Jordan, el gestor cultural.



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