Antes de salir había que nutrirse con sancocho de costilla.
Por EDUARDO AHUMADA N. Foto José Torres Tal vez fue el potente sancocho de costilla que se tomó a las 11 de la mañana antes de salir de su casa, tal vez fue el derroche de alegría que le corre en cada célula de su cuerpo.
Solo la Divina Providencia lo sabe, porque por lo menos en el mundo de los mortales nadie entendía ayer cómo Angie De la Cruz seguía moviendo las caderas después de 4 horas de desfile y de haber soportado el sol canicular que hacía derretir las suelas de los zapatos en plena Vía 40.
“Esa es ella”, resumía Pilar Yepes, su madre, ubicada a pocos metros de la carroza que transportaba a la flamante Reina del Carnaval.
Sus primos y amigos más cercanos la rodeaban y cuando podían le mandaban un beso a la hermosa mujer de contextura delgada que seguía bailando y enamorando a un pueblo que coreaba su nombre.
Angie no estaba cansada, ni siquiera hizo un gesto de flojera a las 10 de la mañana, cuando le tocó despertarse después de una noche de bailes y homenajes.
Bajó de su habitación maquillada y radiante, con un vestidito morado que facilitaba su baile. El traje que luciría en el desfile de la Batalla de Flores parecía un pavo real de plumas multicolores dentro de la camioneta oficial.
A las doce del mediodía salió para la Vía 40 con el corazón acelerado y diez mil mariposas en las entrañas. “Estoy ansiosa”, decía.
El automóvil que la transportaba hizo mil piruetas para llegar. Angie seguía atenta al panorámico como si estuviera viendo una película de acción, y cuando se detuvo en el colegio Inedissa de la Vía 40 para cambiarse, se dio cuenta que un río de gente ya estaba postrado a sus pies.
“Angie, una foto; Angie, te ves hermosa; Angie, una entrevista; Angie, Angie…”, escuchaba en medio del alboroto.
Salió del colegio, la subieron a una máquina ‘montacarga’ para embarcarla en su carroza azul y la pusieron a esperar 40 minutos bajo la inclemencia del ‘astro de fuego’.
Angie estaba preparada para todo. A medida que el desfile avanzaba, aumentaba su dinamismo, lanzaba flores a sus costados, aplaudía. El público sacaba cámaras fotográficas y celulares para llevarse un recuerdo de la Reina.
En el puente La María terminó el desfile de Batalla de Flores. Angie se bajaría, la retocarían y se comería alguna merienda para continuar con el desfile de la calle 17, pero, ¡qué va! Ella no se bajó. “Se me apagan los muchachos y yo quiero seguir bailando, carajo”, ordenó.
Paralizó el mercado público y su maquillador se tuvo que subir a la carroza para retocarla.
A las 4 y treinta de la tarde empezó el desfile. El calor humano de esa zona de Barranquilla en la que no había cordones policiales ni palcos contagió a la Reina.
Movía las caderas, se agachaba, lanzaba rosas y, sin pedirlo, el público cantó su nombre a todo pulmón. Sus padres sintieron una descarga eléctrica en el alma y lloraron, pero Angie seguía bailando como si cada pase lo necesitara para seguir viviendo, porque definitivamente demostró tener nervios de acero.
A las 7 de la noche en el CAI del barrio Simón Bolívar descendió de la carroza en plenitud de condiciones.
Con el mismo semblante con el que empezó uno de los mejores días de su vida.