Por crisis en la frontera, las trochas cobran vigencia
Por trochas clandestinas están pasando colombianos y venezolanos de lado a lado de la frontera.
Por Rafael Sarmiento Fotos Johnny Olivares Enviados especiales a la frontera con Venezuela
Yuraima Pertuz*, nacida en un pueblo polvoriento de la Costa Caribe colombiana, tenía 14 años cuando en enero de 1975 se vino con una tía para Venezuela por la entonces llamada ‘trocha verde’.
Marchaban ocho indocumentados con un indio desdentado como guía. Fueron sorprendidos por una patrulla de la Guardia Nacional, y el indio, bajo los efectos de un ron de ranchería que cargaba en un calabazo, tuvo la valentía de encarar a los uniformados. Le dieron una golpiza y lo tiraron a un matorral. Ante semejante situación, la tía de Yuraima, veterana de mil guerras sexuales, le ofreció a los soldados, en pago para que no les hicieran nada y los dejaran seguir, la virginidad en flor de Yuraima. No convencidos del todo aceptaron la oferta y los dejaron seguir.
Hoy, 34 años después, ella recuerda como si fuera ayer aquel momento de terror. Es una de las tantas fonderas que el viajero encuentra en la vía que de Guarero conduce a Maracaibo. Su especialidad es chivo asado con arepa de maíz o plátano maduro asado y chicha criolla. A Colombia no ha vuelto desde entonces. Pero muchos de sus familiares vienen a visitarla, se quedan unos días en su casa y siguen su camino hacia Maracaibo, Machiques, Caracas o cualquier otro sitio venezolano.
Gracias a los desencuentros de Chávez y Uribe, esa llamada trocha verde, por donde se vino Yuraima, ha recobrado su plena vigencia en la zona fronteriza entre Colombia y Venezuela. la trocha verde. Es una intrincada telaraña de caminos ocultos en las estribaciones de la serranía del Perijá y aquí, en las narices de las distintas alcabalas y retenes de la Guardia Nacional Venezolana y las autoridades de inmigración, en Paraguachón.
Manuel Segundo Parra es un wayuu de 31 años de edad, nacido en Maracaibo. Es un auténtico indio, buenísimo para caminar en la selva, porque se conoce todos los ramales de caminos misteriosos llenos de una vegetación exótica y raíces aéreas que es bueno saber esquivar para no hacerse daño, sobre todo si se va en un burro que camina sin detenerse para sacarle el quite a un paraco de avispas.
Manuel Segundo cobra entre 70 mil y 200 mil bolívares (entre 25 mil y 70 mil pesos colombianos) por guiar por esas trochas a un ‘caliche’ (un colombiano indocumentado) hasta alguna población venezolana, o hasta una hacienda para que trabaje de peón. Se mueve como pez en el agua en medio de la selva, el rastrojo y los cardonales de Guarero, Los Filúos, Paraguaipoa, Sinamaica y el puente ‘El Moján’ sobre el río Limón, en las inmediaciones del puente sobre el lago de Maracaibo.
Ese es su oficio. Claro, no trabaja solo. Silverio Pana es su socio. Tiene un carro Ford modelo 68 que ya no puede con su desvencijada latonería. Silverio espera a Manuel Segundo con su mercancía humana en un punto intermedio de la trocha, y de allí la lleva hasta la salida a la carretera, poco antes de Guarero. Si hay estudiantes en la vía esperando chance, mejor. Los mete en el carromato lento y pesado. Van como sardina en lata, encima de los indocumentados. Así, la Guardia no ve sospechosos. Y si los ve, se hace la de la vista gorda luego de recibir 30 mil o 40 mil bolívares.
De noche la cosa es distinta. Mucha mercancía llega en camiones y es entregada a los maleteros que la pasan por todas estas trochas clandestinas, preferiblemente entre doce de la noche y seis de la mañana, cuando la Guardia está tranquila en sus alcabalas, algunos de ellos roncando, otros jugando a las cartas o al dominó.
Por ahí entra mucha gasolina venezolana. En estos días está más cara (una pimpina de seis galones está en $16 mil colombianos, cuando en tiempos normales cuesta $12 mil). Ha subido de precio por los mayores controles y por la suspensión de los convenios que había entre los gobiernos de Venezuela y Colombia para la venta libre de cierta cantidad de combustible en estas zonas de frontera. Y también se han disparado los precios, tanto de la gasolina como de los alimentos y ropa, porque el duro invierno ha dañado las trochas. Hay sectores por donde no entran ni los burros. Hay que caminar dos y tres horas amasando barro del duro. En medio de la noche o bajo el sol canicular estos seres humanos parecen hormigas en fila india por estas trochas sin Dios ni Ley.
*Nombre cambiado para proteger su dignidad
Algunas zonas del camino se encuentran en muy mal estado, tal como lo registra la foto.
La gasolina es uno de los productos que más ha subido de precio por estos días.